Todos moros, todos cristianos

  • Benamahoma celebra sus fiestas con olor a pólvora y refriegas entre vecinos disfrazados de Reconquista

Comentarios 4

Es sábado y algo se está cociendo en Benamahoma, una pedanía de Grazalema que, en realidad, está al lado de El Bosque, pero esto no viene a cuento para lo que les queremos contar. Decíamos que algo se está cociendo, se respira (a fuego lento, porque el calor que cae hoy sobre la Sierra es de horno) que la jornada no será pacífica. Puede uno asomarse a cualquier lugar que verá a gente malencarada preparada para el asalto. Muy disfrazados, pero muy metidos en el papel. Y es que hoy toca guerra. Y la habrá. Es sábado 3 de agosto en Benamahoma y la tradición dicta que los moros resucitarán de su derrota para volver a robar la imagen  de San Antonio de Padua. Los cristianos, en sus cuarteles, saben que los moros lo harán. Incluso saben a qué hora. Será a las doce. Perderán. Los cristianos los saben. Pero tienen la tranquilidad de que al día siguiente, domingo, ganarán y recuperarán a San Antonio y todo quedará como estaba para volver a pasar un año más en la pacífica y bella tranquilidad de esta población serrana. Eh, pero hoy no. Antes los niños saltarán a las calles y sable en mano harán las primeras escaramuzas. Luego será el turno de los mayores y es cuando empieza la gran traca.

La que es una de las fiestas más ruidosas del panorama festivo de la provincia se ha celebrado este fin de semana en Benamahoma. No hay moros y cristianos que pongan tal pundonor y tanta pólvora como ellos a la hora de organizar las refriegas en las calles. Lo hacen, en cuanto empieza la función, soltándose versos y, de paso, soltándose algún que otro ‘regalito’ de asuntos pendientes. Pero siempre riendo, aunque lo cierto es que se le pone tanto empeño que lo raro es que no salga más de uno con alguna magulladura. Porque cuando hay que pelear por el santo no se parten peras. Si tú eres moro, eres moro y si tú eres cristiano, eres cristiano. Bien es cierto que la fiesta acaba con todos juntos compartiendo vino y comida, pero hasta ese momento, cada uno a su bando.

Y a las doce estalla todo con el primer moro declarando la guerra. La cosa suele ir por familias. Hay familias que han hecho de moros toda la vida y lo llevan en la sangre. Y viceversa. Eso no quita que algún que otro año haya alguno de confesionalidad difusa que cambie de bando. Y el sábado, tras cerca de un par de horas de empellones y trabucazos, el resultado será el conocido. Porque cuando todo se resuelve es el domingo. Es entonces cuando volverá a las calles el mismo olor de pólvora y el contraataque cristiano antes de que los dos reyes, el moro y el cristiano, diriman sus diferencias sobre el santo en la última lucha, en el nacimiento del manantial que riega el pueblo. Es la hora de la verdad. Nuevos versos, muchas risas entre los asistentes y el clímax, ruidoso, siempre muy ruidoso de la gran fiesta.

Pasa un fin de semana más de agosto en Benamahoma, con vaquilla vespertina incluida, y regresa la paz. La guerra de mentira ha terminado. Todo un gran espectáculo.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios