Playa Chica, un rincón de Tarifa lleno de magia

  • Ante la prometida regeneración de una playa del pueblo para el pueblo viene el chiste de "Virgencita, déjame como estoy"

Seguramente no estará declarada como el mejor arenal del mundo. Entre otras cosas porque la Playa Chica, en Tarifa, es el último trozo de Mediterráneo, antes de que la isla de Las Palomas determine la frontera con el océano Atlántico. Chica sí, pero con todo el arte y de una posibilidad de disfrute única.

En la Playa Chica no tiene uno que aguantar a los molestos del balón o a los perritos sueltos. Entre otras cosas porque tampoco caben en este especialito rincón del municipio donde cada día se congrega unos usuarios casi exclusivamente de origen local.

Cada mañana, la calle Juan Núñez se puebla de numerosas personas que con sillas y butaquitas en mano, sombrillas, neveras de corcho y una camada de chavalería, enfila el camino que les conducirá hasta su playa del Rinconcillo, como así se llama esta exclusiva playa que por tener tiene hasta su alcalde, "Añoñi" y una asociación, "Amigos de la Playa Chica" que organizan numerosas actividades por su propia cuenta.

A las diez de la mañanas las escasas 10 sombrillas de palma que la concejalía de Playas ha instalado, se quedan cortas a pesar de que uno pueda extrañarse a tenor de la gente que hay en la arena o el agua. Y es que te pones a contar..., y no te salen las cuentas. Más sombrillas ocupadas que gente hay en la playa. El pícaro está en cualquier lado y a algunas de estas sombrillas se les podría colgar un cartel donde rezara "Ahora vuelvo".

Te das tu cremita, te tumbas al sol, y cuando vuelves a incorporarte en cuestión de minuto..., tienes a una señora que no te planta la silla en lo alto de milagro, y encima esboza un fastidio cuando sacudes la toalla, no vaya a ser que se le meta un grano de arena en el ojo. Gente por doquier. A tu diestra y siniestra. Gente arriba, gente abajo, gente al lado y gente a la que puedes tocar con la punta de los dedos de los pies. La Playa Chica es así, una marabunta veraniega que se llena en un momento y que permanece en un continuo y constante flujo.

Es curioso pero la playa se llena por horas y se vacía por horas. Así, existe un usuario de mañana y otro de tarde, que sólo suele coincidir en el relevo. Por la mañana, usuarios que coincide con el perfil de tarifeños emigrantes regresados por vacaciones, funcionarios en paro estival, y una clase media ciertamente acomodada en tiempos de crisis. Por la tarde, cuando las amas de casas del populacho más clásico han dado de comer a la prole, bajan en hordas a la Playa Chica que convierten en su particular parcela y donde se dificulta el caminar entre las toallas y los cuerpos rebronceados.

Punto y a parte, merece el agua. Un remanso de paz. Sin embargo, no por ser agua del Mediterráneo, te asegura la calidez. Por el contrario, está "congelá". Pero si este rincón tiene un momento peculiar es sin duda cuando los ferrys vuelven de Tánger. Los niños acuden en masa a la orilla y los grandes se preparan. Se retiran los apeos de la orilla y todo el mundo se incorpora para asistir al evento. A medida que el barco avanza hacia el puerto la gran cantidad de agua que desplaza se convierte en improvisadas olas que humedecen media playa. Pero lo simpático del asunto está en los despistados. Es la novatada de la Playa Chica, su especial bautismo.

Pero la Playa Chica es ante todo una playa de pueblo para el pueblo. Ahora que las autoridades han anunciado "su regeneración" me echo a temblar, pensando cómo dejaran esta playa una vez acometan sus intenciones los políticos. Y yo como el del chiste: "Virgencita, virgencita, déjame como estoy". Playa Chica, ¡qué gran playa!

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