Viernes Santo isleño

  • lNo hay cofrade que no haya sentido un pellizco al contemplar la imagen de la Virgen sola

Viernes Santo, día que comienza en la oscuridad de la noche. Mientras el bullicio de la gente se agolpa en las inmediaciones de la plaza de la Iglesia, los cofrades corren a decir el último adiós a Nuestra Madre de la Esperanza, que cubrió de verde silencio las calles isleñas.

Nuestro Regidor Perpetuo realiza su salida, dando alivio a tantas almas penitentes que lo esperan un año más, para que bendiga cada rincón, cada salina, cada estero, cada hombre y mujer que necesitan de Su Divina mirada. Caminar cadencioso y cañaílla, para entregarse en la Isla. Tras Él Su Madre de los Dolores, nuestra "Lola", con mil amores, porque no hay en la Isla quien no haya contemplado tu dulce rostro de niña. 250 años de hermandad Nazarena, que se ha abierto a San Fernando dando caridad a manos llenas.

El amor, he ahí el secreto de la tragedia que contemplamos el Viernes Santo

El incienso envuelve nuestras mentes y nuestros cuerpos, manteniendo nuestros ojos abiertos, y aunque algunos hace pocas horas hayamos realizado nuestra estación de penitencia, el cansancio no se apodera de nosotros, no mientras los sones de alguna banda resuenen con sus acordes en el aire de mi Isla. Sólo descansaremos cuando Nuestro Padre Jesús Nazareno y Su Bendita Madre vuelvan a su templo. Y la luz de la mañana nos recuerde, que todavía queda mucho Viernes Santo, que la vida cofrade transcurre aún como si fuera un sueño.

Madrugada de Viernes Santo no se concibe sin reunión en el 44, churros matutinos que darán fuerza para seguir el camino, esperando que llegue la tarde. Y con el atardecer nuevamente tras Cristo y María irá la Isla y sus gentes.

A las 18.00 horas de la tarde, una hermandad de negro comenzará su salida, la Plaza de San José contemplará una de las más bellas tallas de Jesús Crucificado, que realizara nuestro querido y añorado Alfonso Berraquero, el Santísimo Cristo de la Sangre muestra el sufrimiento y la donación de Dios a su pueblo. No hay mayor amor que dar la vida por otro. "Por la facilidad con que me olvido de cuánto me amas, Señor, cuanto me has dado, cuanto te costaron mis pecados. Por la poca importancia que doy a tu Pasión y Muerte que nos ha redimido y por no darme cuenta de la necesidad que tengo de ser perdonado. No me desampares, Señor, no me desampares". Y María, tras su Hijo, no pudo Berraquero plasmar mejor el dolor en el rostro de una Madre, cuyos ojos miran fijos a la Cruz, a la inmensidad de Su Hijo. María Santísima de los Desamparados, dolor hecho mujer por la gubia de un artesano.

La Hermandad de Santo Entierro, solemne con su extenso y vistoso cortejo, llenará a la Isla de carmelitano silencio. Cristo Yacente al que acompañan las voces de la escolanía, que a coro de ángeles suenan, y María Santísima del Mayor Dolor en su Soledad acompañará a Su Hijo en el recorrido. Hermosísima imagen de Nuestra Madre, Madre que se sintió sola, con una soledad terrible, comparable a la que momentos antes había sentido Jesús al exclamar en la cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?".

Referente en el Viernes Santo es la Hermandad de la Soledad, no hay cofrade que no haya sentido un pellizco al contemplar la imagen de Nuestra Madre sola, pálida ante la Cruz, contenida, viendo como su hijo es trasladado ya al sepulcro.

Parece como si el "Stabat Mater", del devoto franciscano Jacapone de Todi, estuviese resonando en el corazón de los fieles. "¡Ea! Madre, fuente de amor, hazme sentir la fuerza de tu dolor, para que llore contigo". Y es que se necesita que la gracia Divina levante el corazón humano para que pueda siquiera rastrear la intensidad de los sufrimientos de Cristo y María.

Rezo y penitencia, "Sin cruz no hay Gloria", espíritu de esta Hermandad de Nuestra Madre del Santo Rosario en sus Misterios Dolorosos. En humilde parihuela portan a Nuestra Madre cuyas manos abiertas al cielo, lo entregan todo a Dios y esperan en el sufrimiento. Ella cerrará el Viernes Santo y verá los albores del Sábado, dejándonos un mensaje de oración. María, que había dado el "sí" a la Encarnación, que al pie de la cruz aceptó el ser nuestra Corredentora, se unió a la entrega de su Hijo y le ofreció al Padre como la única Hostia propiciatoria por nuestros pecados.

Que la Virgen Dolorosa nos infunda horror al pecado y marque nuestras almas con el imborrable sello del amor. El Amor, he ahí el secreto de la íntima tragedia que acabamos de contemplar en este Viernes Santo Isleño.

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