El hospital de San Carlos dice adiós a sus monjas

  • Después de casi 140 años prestando servicio en el Hospital General de Defensa, la congregación trasladará a estas religiosas a otros centros de asistencia en septiembre

Han pasado de trabajar en un hospital de Defensa a hacerlo en uno que se está abriendo progresivamente al uso civil. De sus manos han recibido cuidados cientos de enfermos, quizás miles. Y han aprendido especialidades médicas a base de años y años de experiencias; algunas incluso tuvieron que matricularse en la universidad para obtener un título y poder trabajar. En su época de apogeo fueron más de una veintena pero ahora, reducida la comunidad de San Fernando a nueve, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, las monjas que prestan asistencia en el Hospital General de Defensa -antes San Carlos-, se marchan de este centro. No lo hacen por voluntad propia sino acatando una orden de sus superiores. Pero se llevarán el corazón repleto del afecto y respeto de compañeros y enfermos.

Nada menos que casi 140 años hace que llegaron al único hospital de la ciudad, alrededor del año 1870. Fue el primer hospital militar en el que desembarcaron de toda España y, curiosamente, el último que abandonarán. De hecho, en San Carlos -frente a la capilla de la segunda planta- hay una placa conmemorativa del aniversario de su llegada fechada en el año 1991.

Pese a los esfuerzos de la dirección del hospital e incluso del propio alcalde isleño para que permanezcan en estas instalaciones, la decisión de la congregación sobre su traslado es a estas alturas irrevocable. Pero su labor en el albergue para transeúntes Federico Ozanam y en el comedor de San Vicente de Paul sí que continuará; precisamente su marcha se debe a la idea de que sus cuidados son más necesarios en la actualidad en residencias de ancianos, de transeúntes o incluso de enfermos de sida, aunque su destino definitivo todavía no lo conocen ni siquiera ellas mismas.

Durante estos 138 años de esfuerzos y sacrificios constantes por los enfermos que estaban ingresados en el hospital -como dictan sus votos religiosos-, no todo ha sido un camino de rosas. Como destaca uno de los médicos que trabaja codo a codo con ellas, el pediatra Juan Manuel García-Cubillana, en sus comienzos como enfermeras hubo sinsabores e incluso riesgos para su integridad física, como cuando el hospital fue bombardeado desde el arsenal de la Carraca y las monjas, junto a la dotación y los enfermos, tuvieron que alojarse en la casa de una condesa, el actual convento de las Madres Capuchinas.

Pero las actuales religiosas se remontan a vivencias mucho más cercanas, como la de sor Rosario Payán, que recuerda hace siete u ocho años cuando se cerró maternidad en el hospital Puerta del Mar de Cádiz y tuvo que trasladarse a San Carlos. La memoria de sor María del Carmen Virués, por su parte, la hace rememorar los tiempos en que ellas llevaban casi todo el peso asistencial en el hospital, ya que no había tantos auxiliares ni enfermeros.

En sus mentes está impreso el mes de septiembre como un mes triste, el de la inevitable despedida. Con el fin de rendirles un homenaje y de alegrarles un poco su partida, todo el equipo del hospital les prepara ya una celebración y barajan instalar una placa conmemorativa en su honor.

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