Carril de Servicio

El olor del dinero

UN personaje de Sin perdón, de Clint Eastwood, dice de otro al que van a matar cuando salga relajado del retrete: “Retiene su mierda como si fuera dinero”. De algunos hay que decir que retienen el dinero como si fueran sus heces, en una suerte de egoísmo pueril, pura regresión freudiana a la infancia más avara que les impide deshacerse de todo lo que consideran suyo y sólo suyo, aunque sea necesario y hasta obligatorio, una mera cuestión fisiológica que cae por su propio peso.

Ojo, hay que tener cuidado a la hora de bromear con esto de la escatología –no lo estoy haciendo, que conste–, puede parecer una blasfemia y herir sensibilidades, que no en vano la Moneda Madre lleva inscrito el lema En Dios confiamos. Todos los credos esperan que así sea, que no decaiga. Y aguardan también, como siempre, donaciones, aunque sean de billetes retocados, como hacen los antisistema, los aburridos o los cachondos: tachan la palabra God que corona el dólar y la cambian por cualquier otra, cumpliendo no tanto con un tributo al ateísmo dinerario como proclamando el auténtico panteísmo de nuestra era, a qué deidad adoran de verdad los hombres: la Santa Panoja.

Porque ocurre en esta época –sí, de crisis– que nadie quiere mostrar desgana por gastar dinero. Es el temido síntoma de un mal que requiere una medicación costosa, de tal manera que echarse a la calle con las manos vacías y regresar al hogar cargado de bolsas y paquetes resulta más barato, y cunde más: el goce del despilfarro es brutal, casi orgásmico, mientras que la satisfacción del ahorro apenas hace cosquillas, es una experiencia aburrida. Y la gente lo sabe. Pues por mucho que se esquilme la cuenta en las rebajas de inutilidades, por ejemplo, nunca hará tanta mella como el pago de la receta (sin descuento) de ese poderoso antidepresivo que nadie quiere llegar a tomar porque, encima, carcome el deseo carnal, para colmo el único placer gratuito que también podemos terminar pagando en las horas más bajas. Y vuelta a gastar. Esta vez, sí, innecesariamente.

Y es que la única actividad económica que se le da bien a la inmensa mayoría es comprar, no vender. Vender, venden muy pocos ¿O es que no nos habíamos dado cuenta? Los demás gastamos. Y disfrutamos haciéndolo, como si dejar de consumir fuera el anuncio de que algo se nos empieza a romper en algún rincón de nuestro cuerpo. No queremos que el dinero se nos pudra, como al vaquero de Sin perdón que, en efecto, muere después de haber hecho su ingreso en la sentina.

Ah, había pagado por sexo. Le salió caro.

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