OPINIÓN. AUTOPISTA 61

Un mundo feliz

Dos profesores universitarios, durante una comida de trabajo, me comentan las curiosas teorías de la Biomedicina. Como nunca he oído hablar de ellas, los profesores me explican que los biomédicos son investigadores que sólo trabajan en laboratorios, a la manera de los pedagogos que nunca han pisado una escuela aunque se pasan la vida sermoneando sobre las necesidades de la educación. Por lo que parece, los biomédicos están ganando cada vez más poder en las universidades y en los hospitales, y son ellos los que deciden las necesidades hospitalarias (lo mismo que ocurre en nuestros centros escolares). La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque los biomédicos no han visto nunca a un enfermo ni han curado jamás una angina de pecho. Pero estos teóricos, llevados por sus muchas horas de trabajo en compañía de ratones y microscopios, sostienen que cualquier enfermedad puede prevenirse por medio de la investigación genética. Y no sólo eso, sino que algunos están convencidos de que incluso la misma muerte podrá ser derrotada, el día que ellos encuentren la fórmula genética correcta. Y por eso mismo, todos los gastos sanitarios deben concentrarse en la investigación y no en la atención hospitalaria.

Es posible que los biomédicos tengan razón, al menos si lo miramos a muy largo plazo, pero su caso me parece preocupante porque demuestra una tendencia muy presente en nuestra sociedad. Y esa tendencia, o más bien obsesión, es la necesidad casi neurótica de sustituir la realidad por el deseo (los alumnos que bostezan y se pelean por bellas teorías pedagógicas, los enfermos que necesitan una cuña por complejos programas de análisis genético, las mujeres embarazas que no consiguen encontrar una canguro por las ministras de Igualdad). Es decir, que hemos dictaminado que las cosas no son como son (con frecuencia desagradables y molestas e incorregibles), sino que deben ser como nosotros dictaminamos que sean (bellas e igualitarias y solidarias). Si hace falta decir que cualquier enfermedad podrá curarse, nos atrevemos a decirlo. Si hace falta decir que cualquier alumno, por bruto o gandul que sea, logrará aprender con un plan personalizado de estudio, lo decimos. Y si hace falta decir que todas las mujeres viven en el mejor de los mundos posibles porque ya hemos decretado la “igualdadlegal entre hombres y mujeres, lo decimos. Al fin y al cabo, no vivimos en la vida real, sino en un laboratorio. Y todos tan panchos.

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