Los excesos de la sublevación

Como en la mayoría de las revoluciones, la sublevación contra el invasor francés condujo a excesos, algunos de ellos muy macabros. No sólo fueron perseguidos los llamados afrancesados o aquellos que pudieran considerarse como tales, sino que también las envidias y rencillas personales motivaron muchos asesinatos. Esto no es óbice para que en las juntas que se formaron en todas las ciudades andaluzas no hubiera ilustrados o reformistas, más proclives a las nuevas ideas que venían de Francia que a la tendencia al absolutismo de la realeza española. El propio conde de Tilly, vocal de la junta de Sevilla en 1808, colaboró con José Bonaparte cuando éste se asentó en España ayudado por la furibunda reacción de Napoleón ante la derrota de Bailén. Otros, también moderados, no supieron moverse en este resbaladizo panorama, con consecuencias trágicas. Por ejemplo, el conde del Águila, procurador mayor de Sevilla cuando estalla la sublevación, será atado en un balcón de la Puerta de Triana y arcabuceado hasta morir. En Granada, el gobernador Pedro Trujillo fue arrestado en la Alhambra. Pero una multitud exaltada lo sacó de allí para llevarlo a la cárcel real. En el camino, lo van apuñalando y, tras su muerte, su cadáver es arrastrado por las calles de la ciudad. Su pecado no era ser afrancesado, sino estar casado con la hermana de Pepita Tudó, amante del odiado Godoy, valido de Carlos IV y enemigo de Fernando VII. En Cádiz, el general Solano, al mando de las fuerzas en la ciudad y destinado a ser el jefe del Ejército andaluz por tener mayor graduación que Castaños, fue también asesinado. Estaba de acuerdo con la sublevación, pero dudaba sobre el éxito militar del combate naval con Francia en Cádiz. Ante su duda, acabo siendo asesinado por una multitud exaltada.

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