LOS ANDALUCES EN LA EUROCOPA

Cuatro chicos del sur

  • Carlos Marchena, Juanito, Sergio Ramos y Dani Güiza son los cuatro andaluces del equipo de Luis Aragonés que hoy se juega su pase a semifinales contra Italia. Gente de su entorno en Las Cabezas de San Juan, Cádiz, Camas y Jerez cuentan cómo eran las futuras estrellas cuando eran unos chavales

Esos niños que ven correteando como locos detrás de una pelota  con camisetas que les llegan a las rodillas son los mismos que hoy tendrán delante a De Rosi, a Luca Toni, al gran Buffon. Sí, son esos niños. Situénse hace veinte años en la playa de La Victoria, o en una barriada humilde de Jerez, o en ese campo de tierra de Camas o en esa plazoleta de Las Cabezas de San Juan. Estamos en la frontera entre los años 80 y 90 y Carlitos, Juanito, Sergio y Dani no se diferencian de los demás niños en otra cosa que no  sea que no se separan de la pelota, que el mundo gira en torno a la pelota. Es su juguete. No, no es su  juguete. Es el juguete.

Y sus madres empiezan a estar cansadas de tanta y tanta pelota y les llaman para cenar y ellos llegan sudando como pollos al salón de casa, jadeando tras la última carrera, sin excusarse siquiera porque tienen en la cabeza el último dribling y el último trallazo contra la puerta del garaje de abajo y GOOOOL, mientras tiembla durante unos segundos con un ensordecedor ruido la estructura metálica. Goool. Y lo celebran como han visto en la tele que lo celebran los grandes jugadores del momento, como Butragueño, Guardiola o Futre.

Claro, hasta que Carlos Marchena (Las Cabezas de San Juan, 1979) vio una jugada de Beckenbauer en el Mundial de Alemania del 74. Faltaban cinco años para que Carlos naciera y ese alemán que hizo del fútbol un signo de distinción durmió el balón en su pie y no, no le arreó un patadón, sino que con la serenidad de los hombres duros fintó con la cadera avanzó hasta el medio campo y, entre dos contrarios, metió un balón en profundidad pongamos por caso que a Torpedo Müller. Bien, Hierro era bueno, pensaría Carlos, pero este alemán es sublime. Y desde entonces Marchena lleva el apodo del kaiser por su gusto, poco dado en los centrales, de salir con el balón jugado. Pero su madre nunca entendería muy bien eso. Ella lo que recuerda es que, desde los once años, todos los domingos Carlos estaba en la carretera de aquí para allá. Y también recuerda que a los quince el Sevilla lo fichó y, desde entonces, dejó de dormir en casa. Había entrado en la rueda del fútbol de elite. “Yo, la verdad, no quería, pero mi marido sí”. El padre de Carlos, Andrés, es la definición de un antibético. No va al Ruiz de Lopera ni aunque juegue su hijo. Todo lo que tiene ser un anti  se revela en su contrario. Es decir, es un pro sevillista y su máxima ilusión era que su hijo jugara en el equipo de sus amores. Lo consiguió. “Carlos siempre nos dice que nos agradece a los dos el esfuerzo que hemos hecho por él, pero fue su padre el que insistió. Yo le veía jugar  con cientos de niños en los benjamines del Sevilla y me decía a mí misma que por qué le iban a escoger a él, ni que fuera la bonoloto, pero le tocó a él”.  Luego matiza que si algo valora en él es la constancia, el trabajo y el tener los pies en el suelo. De suerte, nada; Kaiser fuera y dentro del campo. Y ya se corta y zanja con mucha simpatía la conversación con un “bueno, ya no le cuento más que a mi hijo no le gusta que hable con periodistas y usted me está liando”.

Juan Luis Ángulo es el presidente del Camas, el pueblo de Paco Camino, de Capi, y Curro Romero, el faraón de Camas. Y Camas podía tener un faraón, pero le faltaba un tarzán, que siempre es importante en un pueblo. Juan Luis se quedó boquiabierto al descubrir a Tarzán en “un chiquitajo” con la melena rubia con querencia por las bandas. “Le llamábamos Schuster porque tenía el pelo como él, pero no jugaba como él, lo suyo era la banda”. El enanillo, el más pequeño de todos, porque siendo benjamín jugaba con los alevines, parecía tener, en cuanto se calzaba las botas, un mal de hiperactividad consistente en ir de una punta a otra del campo que estaba junto a la casa de sus abuelos. Siempre rozando la línea de cal. Angulo sonríe al recordarlo porque dice que ni ha perdido esa costumbre ni muchas otras. “Cuando le veo en la televisión enfurruñarse, mover los brazos como los mueve, enfadarse, todo pundonor, estoy viendo al mismo chaval de nueve años  que no paraba de gritar en el campo, de jalear, de mandar a todo el mundo. Que era un crack se le veía desde chico. A los cinco años ya decíamos que había que ver cómo le pegaba ese chico a la pelota. A los cinco años, eh”. Ese niño de melena rubia, Tarzán de Camas, es hoy la locura de las niñas de Madrid, tiene tantas entradas en Internet por su forma de jugar como por sus clubes de fans y, como habrán adivinado, se llama Sergio Ramos.

De los cuatro internacionales andaluces, es el único que tiene a casi toda su gente en Austria. Ramos tiene muy cerca a su familia y cuando dio el salto al Sevilla la familia trasladó su domicilio de Camas a Tomares. En Camas quedan los abuelos, gente humilde. Él se dedicaba al taxi y siempre estaba pendiente de sus nietos. “Sergio todavía viene por aquí, aunque ya muy poco. Se escapa de vez en cuando a ver a los abuelos, pero siempre tiene algún detalle de camisetas o balones para el equipo de Camas. Habrá gente que diga que ha cambiado por ser una estrella del fútbol, pero yo cuando le veo por aquí me sigue pareciendo el mismo”.

Ay Manuela el disgusto que se llevó cuando Juanito le dijo que no aceptaba una oferta del Cádiz y se iba al Betis. Porque en casa de Juanito no habrá mucha pasión por el carnaval, pero por Cádiz y el Cádiz... ay el Cádiz. Pero Juanito dijo no. Juanito era ese chiquillo al que le cogían de muchacho para todo. Y él decía que sí a todo a cambio de que los mayores le dejaran jugar al balón con ellos. Juanito, cuenta Manuela, era muy útil a los mayores porque, como era finito, se metía debajo de los coches a sacar la pelota y, cuando se embarcaba en un árbol, allí estaba Juanito como un gato. Si queréis la pelota, tengo que jugar con vosotros. Incontestable. ¿Resultado? Manuela le vestía como un pincel, tan limpio Juanito a las seis de la tarde... ale, a jugar, y llegaba a las nueve de la noche negro como el tizón. Los padres de Juanito siguen viviendo en el barrio de La Laguna, muy cerca del Ramón de Carranza tan querido. Por allí va a menudo Juanito “a comer la comida de su madre, la que le gusta, su puchero y su paella, que son sus platos favoritos”, dice Manuela ganándose, claro que sí, el rango de hablar de sí misma en tercera persona. Tan serio como se le ve en el campo, porque eso ella no lo puede negar, Manuela defiende que Juanito es el que le ha salido con más sentido del humor de sus hijos, incluso, si nos ponemos, el más carnavalero en una familia tan poco carnavalera pero tan del Cádiz . “Es, de verdad, muy buena gente. Y no porque yo sea su madre, claro, que qué voy a decir, sino porque lo demuestra. Sigue teniendo sus mismos amigos de los Salesianos, de cuando jugaba en el equipo del Tiempo Libre al futbito. A todos los sigue viendo, con todos ellos sigue quedando, aunque a él lo que le gusta es moverse por su barrio. Y su playa, claro, la playa de Cádiz”. La pregunta es si va a ir a Austria si España llega a la final. Manuela es gaditana, no lo puede negar. Primero, tiene un resfriado y no sabe el viento éste que hay por Austria, lo que tiene guasa conociendo el viento que hay por Cádiz; y segundo, lo de llegar a la final... “Ojalá, pero a la final...”, dice con un optimismo escéptico, que es una forma de optimismo y de escepticismo, ambos, muy a la gaditana.

Por cierto, no vean la que se montó el pasado miércoles en la barriada de Cerrofruto, en Jerez, en la casa de los Güiza. Uno entra en la casa del delantero jerezano a saludar a Pepi, su madre, y a los dos perros malencarados que custodian el porche y se encuentra de frente con Gonzalo Miró con un botellín en la mano. Los de Cuatro querían grabar el debut del jerezano en la Eurocopa y allí se juntaron la familia, los amigos, los vecinos y alrededores. Todos comiendo caracoles, aunque Gonzalo Miró no comió caracoles. Güiza es asunto aparte. Al delantero del Mallorca y pichichi de Primera te lo puedes encontrar un día cualquiera comiendo pipas con los colegas en la casapuerta. Ni que decir tiene que en sus espinilleras está presente el Cristo de la Expiración, ni que decir tiene que cada vez que marque un gol hará el arquero porque lo hacía su gran ídolo, Kiko, de la barriada de La Granja, que está unos cuantos cientos o miles de metros más allá.

Pepi dibuja a Güiza con el cariño de una madre. A ella le da igual que el propio Güiza haya dicho varias veces en entrevistas que en el cole era de los malos. “¿De los malos? No. Muy buen estudiante no era, la verdad, pero allí estaba siempre, en el colegio. Qué va, Dani es más bueno...” Eso sí, salía del colegio y ya estaba con la pelota, con su juguete, con el juguete. Y eso que en la familia el fútbol, antes, ni fú ni fa. Güiza les ha metido el gusanillo en el cuerpo. Pepi ya es futbolera. Acude a casa Dani y prueba la berza de mamá o de los vecinos porque en Cerrofruto la vida es en comunidad, como ha podido comprobar Gonzalo Miró. “Yo no entiendo nada de fútbol”, dice Pepi, pero algo se le revuelve dentro cuando ve a Dani emocionado escuchando el himno. Y algo que no sabe lo que es se le revuelve dentro cuando Dani, su Dani, se zafa de un central, brinca con un paso adelante y cabecea, impecable, a la portería griega. Güiza se emociona y Pepi al que ve es a ese niño que no paraba de pegarle a la pelota. Ese niño de Cerrofruto está ahí, en la tele. Ahora todo el mundo le ve. Lo que hace un juguete, el juguete.

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