OPINIÓN. EN EL BOLSILLO

Una cervecita con Zapatero

Un automóvil de carreras... un automóvil rugiente, que parece correr sobre una estela de metralla, es más hermoso que la Victoria de Samotracia”. Esta frase de Marinetti –amigo de Mussolini, fundador del movimiento de vanguardia denominado Futurismo y alentador de un fascismo embrionario– va a cumplir cien años. A pesar de ello, no debemos considerar la preferencia del poeta italiano del Ferrari sobre la escultura helenística muy lejana de todas las justificaciones que se han hecho del carácter cultural y tan digno como el que más de Rodolfo Chikilicuatre, esa producción con trampolín público que tanto se está ordeñando con tan copiosos réditos. ¿Por qué va a ser peor que Caruso o que Los Beatles, eh? En esa línea, he sido testigo de esta expresión de hispánico turista en la puerta de Maxim’s: “donde estén dos huevos fritos y el gazpacho de mi madre que se quite el Paul Bocusse ese…”, opinión mucho más defendible sin duda. Pero uno se queda hecho un abucharado finolis, y busca en la memoria (o sea, en Wikipedia, véase “Somerset Maugham”) otra frase de este corte, de las que suelen comparar con bravuconería lo que se defiende con el arte clásico: “¿Por qué el templo dórico de Paestum es más hermoso que un vaso de cerveza fría?” Y aquí, señores, sí hemos topado con algo importante: el elixir de la vida de calle, la rubia y alta cerveza piqueriana, la prueba de que Dios existe y quiere que seamos felices, que dijo otro. La cerveza se ha asomado con fuerza esta semana a las noticias: “Zapatero, el compañero ideal para tomar unas cañas”.

Me lo imagino, al presidente, sin acritud ninguna y con aire de haber practicado realmente poco, intentando pedir, con su cara amable encajada entre los hombros y la incipiente corcova, marcando un dos con los dedos. Invitando a un ciudadano corriente. Y, sinceramente, no da mal: hay cosas peores. Ahora bien; de ahí a ser el preferido del pueblo español para irse de cervecitas… Claro, que los que lo suceden en orden de preferencia popular tampoco es que le echen la pata a Pocholo a nivel de alterne: Rajoy, Gallardón y Esperanza Aguirre. No digo más. El Rey sale bien parado, como no podía ser menos, y también Buenafuente y Banderas. Pérez-Reverte, que nunca tiene cerveza fría en el velero, baja mucho en la lista con respecto a la edición pasada del observatorio del engorde de flotador en compañía.

Tres cosas llaman la atención en este ranking del colega de barra preferido: que dominan los políticos, que no hay apenas mujeres en la lista y que no hay un solo economista. Cada cosa merece una interpretación. Lo de los políticos, en principio inexplicable, cabe achacarlo a la lluvia fina de un telediario tras otro, de un magazine radiofónico cada mañana con ellos. Lo cual conduce a un secuestro emocional, casi a una obsesión, y acabamos queriéndolos tocar. Aunque también cabe otra interpretación de mayor calado psicológico: queremos que nos devuelvan lo mucho que nos consumen y consumen de lo común. Qué menos que un par de cañitas. Que no haya apenas mujeres tampoco es terreno firme para interpretar. Las cuadrillas y sociedades gastronómicas masculinas, tan vascas y en el fondo tan masculinas e ibéricas, pueden tener que ver. Pero que las mujeres también prefieran a los hombres...  eso se lo dejo a Bibiana Aído.

Lo de la ausencia total de economistas en la lista no es que me duela, es que no es coherente. Si estamos obsesionados con la economía, si la burbuja petrolífera nos masacra el presupuesto y nuestro patrimonio inmobiliario se descascarilla y tiembla, cuando se escucha silbar al afilador de la guadaña del paro y el director de la sucursal ya no nos da calor... ¿no sería lo lógico y natural tomarse unas cervezas con alguien que nos interprete el panorama y reduzca nuestra ansiedad? Pues no; preferimos hacer caso del consejo de Los Chanclas: a los problemas sin remedio, litro y medio. Pero sin penas ni enterados, que el mundo se va a acabar. Muy nuestro.

Cabe terminar constatando un hecho: en la cesta del IPC no pesa la cerveza lo que debiera. Su precio ha subido desde el 2000 como la espuma de una caña mal tirada. Como para compartirla con cualquiera.

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