Sin presupuesto para salvar el Monasterio de Santa María

  • El Ayuntamiento de Cádiz mantiene el acuerdo suscrito por el anterior equipo de gobierno pero reconoce que no tiene fondos La Junta les sigue adeudando 270.450 euros

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Hace más de diez años que las monjas del Monasterio de Santa María del Arrabal dejaron su casa cuando un depósito de agua venció sobre una de las celdas donde dormían. Ahora, "todo luce mucho peor, y cada día va a más", con estancias en estado casi ruinoso, en la cola de esos proyectos que nunca ven la luz en esta ciudad, a los que todas las administraciones prometieron sin cumplir, y para el que la Asociación de Amigos del Monasterio -fundada para la salvaguarda de este enclave del siglo XVI- claman la implicación de todo Cádiz.

Según cuentan lo último es que se han reunido con el concejal de Urbanismo, Martín Vila, "quien nos ha dicho que mantiene el convenio suscrito por el anterior equipo de gobierno, pues considera que es importante para el patrimonio de la ciudad, pero reconoce que el Ayuntamiento no tiene ahora dinero". Los alrededor de 450.000 euros anunciados por sus antecesores en un acuerdo plenario en abril de 2015, antes del cambio de gobierno, pero para el que ya se comprometieron con las concepcionistas en octubre de 2012.

Tampoco cumplió la Junta de Andalucía, que adeudan 270.450 euros a la monjas, a tenor del convenio que firmó la Junta y el Obispado en septiembre de 2005 por el que se iba a rehabilitar el Monasterio del barrio de Santa María a cambio de ceder a la administración unas viviendas que tenían en herencia para realojo.

Pero no se resiste a ello Antonio Ramos, vicepresidente de esta asociación, "por lo que significa para la historia, la cultura y el patrimonio de nuestra ciudad". De su mano, Diario de Cádiz se adentra en los pasillos, claustros, celdas y demás dependencias de este mágico enclave donde se cobijan las viviendas más antiguas de la urbe actual, datadas de 1534. "Las monjas las usaron, aunque ahora está casi en ruinas". Estas habitaciones se distribuyen alrededor del denominado Patio del Olivo, con un bonito jardín, un banco de piedra ya vencido y un olivo centenario que le da nombre. Tras pasar una sala de distribución se llega a la sacristía interna, donde luce una hilera de arcos con bellos capitales genoveses y afloran los primeros vestigios de la particular y austera vida monacal contenida, eso sí, en los alrededor de 4.000 metros que ocupa el Monasterio. Demasiados, quizás, para las cuatro monjas y dos novicias -sus legímitas propietarias-que permanecen de forma provisional en la calle Feduchy, y que volverían en primera instancia a la zona del claustro menor denominada Casa del Capellán. Pero cuya rehabilitación integral devolvería a Cádiz una parte crucial de su historia en el siglo XVI y XVII, pues fue fundado en 1527 pero reconstruido tras el ataque anglo-holandés. Debe ser importante cuando en su día se intentó incoar el expediente para convertirse en BIC, aunque esto no llegó a ocurrir.

En esta sacristía también se encuentra intacto el cajón por donde pasaban los ornamentos sagrados de culto religioso a la sacristía externa, con la solería original procedente del Monasterio de la Merced, además de un servicio de agua y la campanilla con la que se avisaba de que ya estaba todo listo para la ceremonia.

Son algunas de las curiosidades de un edificio adaptado a la forma aterrazada del terreno, sobrevolado por palomas, apuntalado y con redes de protección y desconchones a cada paso. Así luce el pulmón del Monasterio, el claustro mayor, donde la belleza de las propias carpinterías originales, los dos aljibes de su patio y arcos que lo abrazan contrasta con su estado ruinoso. "Aquí se aprecia los restos de las celosías que las mismas monjas quitaron porque decían que les restaban luminosidad".

Alrededor de este espacio abierto se disponían las celdas en la planta superior, zonas de almacenes , biblioteca o el refectorio, explica Manuel de la Rosa, otro de los miembros de la Asociación de Amigos del Monasterio. El comedor, completamente apuntalado, conserva el pasaplatos, las mesas originales y el púlpito "hecho con madera de caoba del siglo XVII y desde donde la lectora les amenizaba a la hora de comer".

Y desde este claustro se accede a la zona que pretenden restaurar para reubicar a las monjas convirtiéndolo en un pequeño convento. Una zona en la que se ha empezado a actuar gracias a la aportación de la propia Asociación, que donó 8.500 euros de la Noche en Blanco para destruir los desniveles de esta construcción y donde apareció un mosaico romano. No es la única actuación que se ha llevado a cabo en los últimos años en el conjunto, pues han actuado en la impermebealización de cubiertas y otras actuaciones puntuales de urgencia.

En este espacio se encuentra el locutorio, "donde recibían las visitas de familiares", con el torno de bienvenida y una imponente e intacta reja que les separaba, así como la campana "con la que llamaban a cada una según los toques que daban", comenta Manuel de la Rosa. "Un lugar que usaron hasta que se fueron".

Y desemboca en el claustro menor, en cuyas dependencias se ha proyectado las diez celdas para las monjas con todas las comodidades propias del siglo XXI como la climatización, "ya que en un futuro se convertirá en hospedería, una vez que se consiga la rehabilitación del resto del Monasterio, volviendo las monjas a su sitio".

Es la primera de las actuaciones que contempla la Asociación de Amigos del Monasterio para este enclave, para el que también se ha propuesto un espacio abierto a la ciudad para usos sociales -que podría determinar el Ayuntamiento-, así como un centro de interpretación o museo del Monasterio y la restauración integral del resto del claustro y de antiguas dependencias.

Como curiosidad han descubierto en las catas realizadas que este pequeño patio estaba totalmente rodeado de arcos, "pero los cegaron con un muro tras el famoso maremoto de 1755 porque se movió la estructura". Un patio que también alberga un aljibe "que dotaba de agua al barrio cuando había sequía".

Y sumando en detalles sin desperdicio narran que tras ser casa del capellán, lo fue de los guardeses que se encargaban de la relación de las monjas con el exterior, y cuya puerta sólo atravesaba el padre de familia. "Las hijas -ahora señoras mayores- nos han contado que hasta ahora no han recorrido todo".

Porque la Asociación de Amigos también hacen visitas guiadas y concertadas en las que a cambio de un pequeño donativo destinado a su recuperación abren la puerta de los secretos y la historia de este centro de clausura.

Precisamente es el acceso a las celdas de las concepcionistas lo que más llama la atención de los visitantes. Los peldaños de la escalera regia asciende así hasta sus habitaciones, distribuidas una tras otras en un muro salpicado de puertas de muy poca altura, en la que despunta una de tamaño estandar tras la que dormía la madre abadesa. "Tras la explosión de 1947 llegaron las ayudas de las Regiones Devastadas y se hicieron reformas con muy poco dinero para gastar en materiales. Por eso la madera es de muy poca calidad".

La austeridad es más que notable es este área donde la intimidad de las religiosas se desvela por un instante entre restos del pobre mobiliario que vestían sus dormitorios. Algunos escritorios, libros -de autores como Einstein-, crucifijos, flexos y etampas con oraciones.

Junto a estas habitaciones se reunían en la sala capitular, donde distribuían sus funciones diarias. La sala donde propablemente un día hablaron de su marcha provisional a otro centro a la espera de regresar algún día con su Monasterio en orden.

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