Un mundo sin sombras

  • En un lúcido ensayo, el profesor Jonathan Crary analiza el actual estado de cosas fruto del capitalismo salvaje, y el resultado, inquietante y realista, parece... una película de ciencia-ficción

La literatura y el cine de ciencia-ficción, las así llamadas narrativas distópicas, llevan imaginando ya mucho tiempo un futuro deshumanizado y controlado por las máquinas, un mundo cada vez menos habitable y solidario en el que la libertad individual y el sujeto han quedado eclipsados por las dinámicas de la masa uniforme y sumisa, dócil y productiva, hija del mito de la novedad y la tecnología, fruto del capitalismo, en definitiva, en sus formas tentaculares y siempre mutantes.

Películas memorables y heterodoxas como La Jetée (1963), de Chris Marker, o Solaris (1972), de Andrei Tarkovski, imaginaron y proyectaron un futuro no tan lejano en el que el hombre era arrebatado incluso de su intimidad más recóndita a través del intento de control de su memoria, sus sueños o sus deseos más profundos.

No es casual que estas dos películas de culto, también otras más populares como Blade Runner, Psicosis o Matrix, aparezcan citadas como ejemplos y metáforas ilustrativas en algunos pasajes de este inquietante y lúcido ensayo del profesor norteamericano Jonathan Crary, autor de referencia en el ámbito de los estudios culturales y preocupado ya en publicaciones previas (Las técnicas del observador, Suspensiones de la percepción) por las derivas e incidencias del nuevo capitalismo y la globalización neoliberal, sus formas, aparatos e imágenes, en el mundo contemporáneo.

Inquietante por lo que tiene de texto-desafío que parece más un diagnóstico (con pronóstico reservado) que un toque de alerta para incautos, un texto que documenta y analiza con rigor teórico (de fuerte raíz marxista, y por el que desfilan algunos clásicos de esta escuela como Deleuze, Guattari, Foucault, Jameson, Mumford, Sartre o Debord) y perspectiva histórica (desde los cimientos de la Revolución Industrial hasta las actuales redes sociales y aplicaciones móviles, pasando por la televisión y su desarrollo después de la Segunda Guerra Mundial, "crisol en el que se forjaron nuevos paradigmas de comunicación, información y control, y en el que se consolidaron las conexiones entre investigación científica, las empresas transnacionales y el poder militar"), este estado de las cosas que, para muchos, pareciera más un argumento propio de la ciencia-ficción que sacado de la realidad misma.

La principal tesis de este ensayo incide en señalar cómo, en la expansión imparable del capitalismo iniciada con la industrialización y la modernidad desde mediados del XIX, en su crecimiento y desarrollo multiforme de cara al control del hombre para convertirlo en productor y consumidor, el sueño era, hasta ahora, la última barrera para la consecución de un mundo 24/7 (24 horas, 7 días a la semana), a saber, el último ámbito indomable e irreductible, reducto del descanso cotidiano, depósito de utopías y proyectos comunitarios, aún a salvo de las garras de la mercantilización.

No nos sorprende descubrir así en las primeras páginas de este ensayo cómo las grandes naciones y el universo corporativo han invertido en proyectos científicos o farmacológicos destinados a iluminar los rincones del planeta las 24 horas del día vía satélite, a controlar el movimiento de nuestros ojos delante de una pantalla de ordenador, a medicarnos para nuevas enfermedades del ánimo o a reducir considerablemente nuestras horas de descanso diarias.

Se trata, en definitiva, de desvincular al hombre de los ciclos de la naturaleza, de la periodicidad que dio forma a la mayoría de las culturas durante milenios, de crear un nuevo homínido adaptado y adaptable a la duración continua y constante que determina la productividad y el consumo, sin distinción entre lo público y lo privado.

De lo que nos alerta también Crary es, precisamente, de los falsos mitos y creencias de comunidad, conexión y autosatisfacción que han generado las nuevas tecnologías, especialmente las redes sociales, para incidir, más con ánimo de defensa que con espíritu apocalíptico, que es en el regreso al mundo real, en la reapropiación del tiempo, el descanso o la espera (con el filme de Chantal Akerman D'Est como ejemplo de vestigio de un tiempo, a finales de los 80 y comienzos de los 90 tras la caída del Muro de Berlín, en el que aún podían percibirse y distinguirse los ciclos entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio), donde aún permanece ese último gran refugio que nos distingue y defiende de los macroprocesos de la producción y el consumo globales, donde "lo cotidiano aún resiste como núcleo con potencial revolucionario", donde el sueño se "vincula con el futuro, con la posibilidad de renovación y por lo tanto, de libertad".

24/7. El capitalismo al asalto del sueño

Jonathan Crary. Trad. Paola Cortés-Rocca. Ariel. Barcelona, 2015. 140 páginas. 15,90 euros

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