El hijo pródigo

La comunicación no existe, sólo el malentendido continuo, explicaba el sicoanalista francés Lacan y su compatriota Lagarce lo volcó en esta pieza, cargada de la misma melancolía que se desprende de Estaba en casa y esperaba que cayera la lluvia, obras, que entre otras, han descubierto a un autor que hacía teatro "para no estar solo". En la puesta en escena, los actores se enfrentan al conflicto interno de los personajes despojados de todo accesorio, en un espacio abierto, aunque acotado por un brillante suelo negro como unos zapatos de charol y unas sillas donde se refugian cuando no intervienen, bajo la mirada inquisitorial de diversas lámparas que iluminan interrogatorios y confesiones. Como en un guiño irónico y dramático de stand-by comedy, el protagonista desvela su intención de volver a casa para anunciar su muerte, pero la catarata de reproches que va recibiendo, le impiden hasta describir su crónica. La verborrea y la incontinencia verbal, los juegos de palabras, la sinonimia o el baile de estructuras lingüísticas, son envolturas del vacío existencial, de la angustia, de la pérdida de ilusiones. La vuelta de este hijo pródigo no genera gozo, sino una dolorosa catarsis donde los personajes vomitan sus insatisfacciones en la creencia errónea de que él se fue, encontró la felicidad y los que se quedaron tuvieron que asumir responsabilidades que no les correspondían. El trabajo actoral es -en el mejor sentido del término- soberbio y sobrio a un tiempo, sin grandilocuencias ni afectación, asombrosamente naturalista, en un ámbito escénico donde constantemente -intercalando en la estructura, soliloquios y enfrentamientos- se juega con el distanciamiento. Y cuando llega el fin del mundo, personal e intransferible, en este caso, qué solos se quedan los muertos y qué desamparados los vivos.

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