Sobre la gente que simplemente está

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Fotógrafo y pintor, Quiñones Grimaldi, utiliza en esta ocasión la fotografía como procedimiento auxiliar para plasmar escenas cotidianas. Captadas las imágenes un poco al azar, luego las traslada al lienzo, valiéndose del medio acrílico, que resuelve con delgadas capas de color transparente y luminoso. Una suerte de costumbrismo actual cuyos escenarios, casi siempre exteriores urbanos, se ubican en Nueva York, Roma, Sevilla, Boston o Cádiz. Gente que deambula, pasea o simplemente está, sin ser consciente de que es percibida por una mirada, la del artista, que descubre en lo trivial y fugaz de esos momentos historias o situaciones que su ojo observador sugiere y delimita. El artista es entonces el que mira, escruta, anota, o recuerda, sin que nadie se percate de su existencia. Mirador silencioso, sin llegar a implicarse en lo que ve y nos ofrece, ordena un escenario en continuo movimiento. Bañistas, jóvenes reunidos bajo la blanquecina luz de un medio día estival y romano, gente (no personas individualizadas) que fluye por grandes avenidas, otro joven que duerme al sol. Cuadros sonoros en los que se escuchan voces y tráfico. Vidas y voces anónimas. Fragmentos de existencia colectiva rescatados de la vida de una ciudad, sin prestar atención a lo no-amable que tantas veces comporta la vida en un enjambre humano. El artista ve discurrir la vida ante sí, y la retrata, con cierta indulgencia y buen humor.

Este registro cambia y se hace más profundo en los dos cuadros que ofrecen escenas en un interior. Las dos tienen lugar en sendos Museos. Se trata de Boston y MOMA (N.Y.). Aquí los personajes no discurren hacia el exterior del cuadro, sino que vueltos centran su atención sobre algo que ocurre dentro de la pintura. En Boston (tela que es un estupendo recuerdo de Hooper), un hombre solitario, de traje gris azulado, mira absorto un jarrón expuesto en una vitrina. Todo lo aleatorio y fugaz de las escenas exteriores, aquí se troca en orden, calma, seguridad y contundencia gracias a la sólida arquitectura del escenario y a la propia composición de la obra, simple y eficiente, que ha situado la vertical del personaje coincidiendo con el tercio vertical correspondiente. Desaparece el ruido exterior y en esta tela casi monocroma se palpa el silencio, sin que ningún elemento secundario distraiga su intensidad. Aquí vemos al que ve sin ser visto. Viendo, además, el espectador el objeto al que dirige su mirada del solitario de traje gris. Podemos, entonces, sospechar, merced a estos sutiles intercambios ópticos que el pintor, tal vez inconscientemente, haya querido en esta tela realizar una "Alegoría de la vista", ciertamente de un modo asaz paradójico, puesto que no muestra los ojos del protagonista (recordemos que nos da la espalda), evitando pintar el órgano de la visión, que es simplemente sugerida por la posición de su cabeza. Todo ello da pie, como en los cuadros de Hooper, a múltiples elucubraciones sobre la personalidad y circunstancias de sus personajes; ciertamente meta-pictóricas y sí bastante literarias, porque ¿Cuál sería el sentido de esta obra si alguien planteara que el solitario del traje gris es ciego?...

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