Desde las genialidades de Morante hasta la vergüenza torera de Morilla

  • El abono de verano en la plaza de toros de El Puerto ha quedado marcado por las actuaciones de las dos primeras figuras más cotizadas, y del matador de toros de El Puerto, el más modesto del elenco

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Es una paradoja que haya sido una corrida de toros el espectáculo de más masiva asistencia de todo el verano en la Bahía -y el de más cara entrada- , el mano a mano de Morante y Manzanares con los cuvillos en el que se agotaron las localidades; y sin embargo el abono de verano salvo en dos tardes -sumamos la goyesca- ha tenido peor entrada que nunca.

La crisis, los precios, la oferta, el número de festejos... la empresa -que este año prescindió de los locales anunciando a los triunfadores de Sevilla y Madrid- tiene el largo invierno por delante para la reflexión.

Y en ese espectáculo de llenazo, en ese mano a mano con figuras estelares y la mejor ganadería, estuvo la cima artística del verano: Morante de la Puebla, Manzanares y Núñez del Cuvillo porque el ganado propició las genialidades de ambos matadores. La partida la ganó Morante, con sus arrebatos y virtuosismo con el percal, la franela, las banderillas y una humilde silla que desde los tiempos de Rafael el Gallo ha sido trono de toreros artistas.

Curiosamente Manzanares fue quien tiró del pelotón aquella tarde pero Morante en el quinto embriagó al público y se hizo con el mano a mano. Ambos mecieron las embestidas, que no faltaron.

Una tarde completa: el lento y perezoso toreo de Morante, un Manzanares sobrado de afición y torería que busca la perfección en todos los tercios, las cuadrillas al máximo nivel y una banda de música que puso en los metales los sonidos negros del duende.

Pero el otro polo del verano portuense estuvo protagonizado por el más modesto del elenco de matadores, el de menos contratos, el de menos opciones y, a la vista de la frialdad con la que acogió el público sus titánicos esfuerzos, el de menos partidarios.

Y eso que toreaba en su pueblo. Alejandro Morilla dio la lección de vergüenza torera. Increíble que después de jugarse el físico poniéndose al natural con mucha verdad ante su complicado y peligroso primero, que pagó su osadía mandando al torero a la enfermería, el público remoloneara para arrancarse en la justa ovación que recogió su banderillero.

Con eso bastaba para que El Puerto viera hasta donde podía llegar Morilla, pero es que volvió de la camilla, lesionado, dolorido y mermado, y se puso a porta gayola y luego a fajarse ante las ásperas y enrabietadas embestidas de su segundo. El Puerto tiene un torero pero el torero no tiene a El Puerto: eso debe cambiar.

Hubo mucho más en el verano portuense pero nada más rotundo. Para el público este verano pasará a la historia de la Plaza Real como el de la silla de Morante, pero no se olvide la camilla de Alejandro: el trono del modesto.

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