Tres formatos de Julio de la Rosa

  • El artista jerezano, candidato al Goya a la mejor música por 'Grupo 7', publicará a final de mes, casi simultáneamente, su quinto disco, 'Pequeños trastornos sin importancia', y su primera novela, 'Peaje'

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No fue el último en enterarse, pero casi. Al menos en su círculo de familiares y amigos, todos supieron antes que Julio de la Rosa que él era uno de los candidatos a conseguir el próximo 17 de febrero el Goya a la mejor banda sonora por su composición para Grupo 7, tercera colaboración -después de 7 vírgenes y After- con el director sevillano Alberto Rodríguez, con quien se adentró profesionalmente por primera vez en esta senda paralela al camino en solitario que inició hace casi una década, cuando se disolvió El Hombre Burbuja, una de las aventuras -semiocultas- más personales e interesantes del rock underground nacional de los años 90.

"No me lo esperaba, la verdad, entre otras cosas porque ni me acordaba de qué día se anunciaban las candidaturas y además prefería no saberlo porque no quería ponerme nervioso. El caso es que de repente empezaron a llamarme y a escribirme para darme la enhorabuena y yo tuve que preguntarme muchas veces por qué me estaban felicitando", dice entre risas este jerezano nacido en 1972, afincado durante años en Sevilla, donde actuó el jueves rodeado de amigos, y desde hace casi diez en Madrid. Sin hacer mucho ruido, pero ampliando su público disco a disco desde su fantástico debut en solitario, M.O.S., De la Rosa ha ido sumando también quehaceres, y el de la música escrita para el cine es sólo uno de ellos, aunque de los más visibles.

"Fue una alegría enorme. Aunque sé perfectamente que no me lo van a dar", dice sobre su reacción la mañana del pasado martes, cuando se anunciaron los candidatos a los premios anuales de la industria del cine español. "Y la alegría ha sido mayor aún por estar nominado prácticamente todo el equipo de la película [que competirá en 16 categorías]. Ya sólo el hecho de que nos podamos reencontrar para tomar una cerveza en un lugar como ése tiene mucha gracia", añade el músico, que da como claro favorito para hacerse con el premio a Alfonso de Vilallonga, autor de la partitura de Blancanieves, y que, cansado de la inercia sinfónica de tantos scores, admira el trabajo de compositores que apuestan por otros espectros sonoros como Jon Brion y Gustavo Santaolalla.

"Trabajamos despacio, con Alberto siempre es así. Fuimos quitándole capas a la música, reduciéndola a tres notas, y nos dedicamos a jugar con eso. Queríamos que tuviera un rollo callejero, de ahí las percusiones, pero al mismo tiempo la música debía tener también tensión y cierto poso de tristeza", explica sobre lo que se propuso en su aportación a Grupo 7. Un proyecto que también, en cierto modo y al igual que los demás que ha realizado para la gran pantalla, le ha servido también como laboratorio para sus discos en modo cantautor rock. "Experimento más en las bandas sonoras. En cada película siempre quiero dar con una música que se pegue como un guante a ella y que en la medida de lo posible no se haya escuchado nunca antes", dice De la Rosa, que recientemente compuso la banda sonora de Ali de Paco Baños, trabaja ya en la de El amor no es lo que era -debut en el largometraje del realizador valenciano Gabi Ochoa cuyo rodaje terminó a finales del año pasado- y tiene en cartera al menos un par de proyectos más que está a punto de cerrar definitivamente.

En cualquier caso, con esa combibación de hiperactividad y distante y sereno escepticismo -"todo el mundo piensa que crece más verde el jardín del vecino", es prácticamente todo lo que llega a decir acerca lo que entiende que es el éxito, y sobre cuánto considera que se ha acercado al mismo-, Julio de la Rosa tiene siempre presente sus propias canciones, se diría que entre ceja y ceja porque, como ha dicho alguna vez, sencillamente siente la necesidad de escribirlas más allá de lo que luego haga con ellas. Las nuevas que conforman Pequeños trastornos sin importancia, el que será su quinto álbum, que verá la luz el próximo día 29 en el sello Ernie Records, recuperan una crudeza más asociada a su primera etapa en solitario y casi totalmente ausente en La herida universal, su último trabajo publicado hasta la fecha, en septiembre de 2010.

"Supongo que el anterior era más pop y éste es más rock, sí... Juega un poco con la crudeza, pero por otro lado también con las armonías, vocales sobre todo, y el ritmo", dice sobre su nuevo disco, en el que sigue entregado a esa exploración de los bordes tóxicos del amor, expuesto en sus canciones en forma de inagotables variaciones de una misma obsesión. "Empecé a investigar un poco sobre los trastornos de personalidad, que me resultaba un tema interesante, entre otros tantos, y me di cuenta de que los síntomas característicos o principales de muchos de ellos se podían relacionar con muchas de las canciones más famosas de la historia del pop", afirma el músico, al que le "hizo gracia" esa asociación, y decidió crear una nueva galería de turbulencias, en cada cuadro una pareja arrastrando un trastorno mental/afectivo distinto, pero con un sentido del humor y la ironía, incluso de la ligereza, que no tenían sus obras más tempranas. "He procurado decir cada vez más con menos, crear emociones con palabras cada vez más simples. Con el tiempo he ido abandonando los juegos de palabras, el ingenio, las metáforas grandilocuentes. Al fin y al cabo, supongo que lo que desea la gente al escuchar música es emocionarse, y escribir canciones, para mí, va de eso", dice al respecto.

A De la Rosa se le ve con ganas de tener el disco ya en la calle, igual que su primera novela, que saldrá muy poco después, en febrero y dentro del catálogo de la editorial Tropo. Es su primera novela, pero no el primer libro publicado por este lector entusiasta de Truman Capote en particular y de la narrativa estadounidense del siglo XX en general, "Carver, Cheever, toda esa pandilla", dice el creador jerezano, que también ha leído con especial atención a Cortázar y a "los modernitos", entre ellos Chuck Palahniuk, pero a estos últimos, un tanto "formales, demasiado esteticistas" para su gusto, no con tanto entusiasmo.

Tras publicar antes Tanto rojo bajo los párpados y Diez años foca en un circo, dos libros de textos breves y vocación miscelánea, y el poemario Vacaciones, firmado a medias con Adriana Schlittler Kausch, De la Rosa se adentra ahora en Peaje, que así se titula la novela, en la conciencia de un hombre que trabaja en una cabina en la autopista, donde se dedica, en los ratos libres, a divagar sobre el amor, la vida y la muerte, a despotricar contra el mundo, un lugar muy raro, mientras charla fugazmente con gente que va y viene y se enamora salvaje y platónicamente de una chica maravillosa -que él imagina maravillosa- que pasa por ahí todos los días camino del trabajo, mientras sistemáticamente hace caso omiso de una compañera, la coordinadora del peaje, que se dedica a comprenderlo y a sacarle siempre las castañas del fuego, que existe, aunque él no se dé cuenta.

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