Javier Gomá. Filósofo

"Si fuéramos más cervantinos, éste sería un país mucho más civilizado"

  • Breve repaso con uno de nuestros pensadores más heterodoxos a nuestros problemas con la vulgaridad y la felicidad Idealismo, sentido del humor y cortesía, "la fórmula secreta"

Entre tanta idea fotocopiada, Javier Gomá (Bilbao, 1955) es uno de nuestros pensadores más originales. Sus reflexiones sobre la felicidad y la vulgaridad ofrecen un nuevo prisma con el que observar nuestras ansiedades. Charlamos con él en el vestíbulo del hotel Atlántico, algo atropelladamente, ante las hojas de la conferencia sobre Cervantes que ofreció el pasado miércoles en la Casa Pemán dentro del ciclo que la Universidad de Cádiz ha dedicado al autor de El Quijote en el cuarto centenario de su muerte. Llegaremos a ello, pero empezamos por otras cosas. Por ejemplo, ya digo, la vulgaridad.

-Un hombre tan elegante y educado como usted es el gran defensor de la vulgaridad.

-No, vamos a ver. Lo que yo pido es respeto para la vulgaridad. La vulgaridad es la hija fea que nació en el siglo XX del matrimonio entre la libertad y la igualdad, que son dos bellas palabras. La vulgaridad tiene que ver con la democratización de la dignidad, que durante mucho tiempo fue un concepto exclusivamente aristocrático. Propongo un respeto a la vulgaridad para, a partir de ahí, tener la pretensión de transformarla.

-Bueno, pero mientras lo vulgar es vulgar, nos pongamos como nos pongamos.

-Desconfío del desprecio a la vulgaridad, del desprecio a esa población que se sienta a ver los programas de telerealidad del mismo modo que de quien dice que cómo es posible que un voto de un premio Nobel valga lo mismo que el de un campesino. Denota nostalgia del aristocratismo cultural.

-Habla de aristocracia, pero ese desprecio hacias las clases llamémosles menos cultivadas lo ejercen muy a menudo las clases medias.

-Porque esas clases medias lo que hacen es un ejercicio de mimetismo. La cultura ha sido tradicionalmente aristocrática. Venimos de una civilización en la que sólo una pequeñísima parte de la población estaba alfabetizada. Y sólo una pequeña parte de esa población creaba mensajes extraordinariamente codificados y reservados a unos pocos. Eso es el origen de nuestra cultura. Cuando se habla de una vuelta a los clásicos, en la inmensa mayoría de los casos, existe detrás esa nostalgia aristocrática de la que le hablaba.

-¿Y de cuándo data esa transformación, esa universalización de la cultura?

-No podría decirle de cuándo data exactamente, pero sí le llamo la atención sobre un momento definitivo, que es cuando Warhol pinta y enmarca una lata de sopa de tomate Campbell. El arte plástico durante siglos había sido un lienzo encargado por nobles a un noble artista. El lienzo era enmarcado con destino a un lugar selecto. Warhol enmarca una mercancía seriada que se puede encontrar en cualquier supermercado. Lo convierte en digno. Se está produciendo una disolución de la alta cultura en la cultura popular.

-Si damos una vuelta de tuerca, es lo que pasa cuando alguien se puede escandalizar por la comparación de Juego de Tronos con Shakespeare. Porque Juego de Tronos tiene algo de shakesperiano, eso es indudable.

-Pero cómo se va a comparar. Con Shakespeare estamos sentando las primeras bases de una cultura completamente igualitaria. No se puede comparar, pero no en términos de mejor o peor, que, claro, no tiene sentido, sino por la distancia entre el público al que iban destinados.

-Permítame un giro brusco. Llevemos lo que está hablando a la política actual española. No sé si podríamos hablar de la vieja política aristocratizada y la nueva política vulgarizada.

-Lo que me plantea es trasladar fenómenos de larguísimo plazo, de velocidad geológica, con los fenómenos políticos, que viajan a la velocidad de la luz. Lo que sí existe en política son momentos de gran euforia fundacional, como nos pudo pasar a nosotros con la Transición, y que derivan necesariamente en una rutinización de las instituciones. Si a esto le sumamos el dolor causado con una gravísima crisis económica nos encontramos con un desencanto que se proyecta contra las instituciones. El odio sobre elementos abstractos es poco satisfactorio. El odio necesita ojos y boca. Y el odio se ha proyectado sobre los políticos, lo personalizas.

-Pero es que las instituciones nos han fallado.

-Sin duda. Pero también creer que las instituciones te pueden ofrecer felicidad es un pensamiento infantil. El pensamiento maduro es saber que la felicidad se la tiene que buscar uno por su cuenta y que incluso la felicidad no es un objetivo obligatorio, que hay cosas que la vida no te da, como poder volar. Por querer ganar ocho Roland Garros no vas a ganar ocho Roland Garros.

-Sí, usted con lo de la felicidad es escéptico.

-Está en Kant que la felicidad es algo secundario. Lo importante sería ser digno de ser feliz. La felicidad es un término relacionado con la perfección y debería transformarse por la individualidad y la dignidad. Si a cualquier persona le ofrecen una droga que garantizara una felicidad robótica, mecanizada y uniformada, ¿cree que la gente la querría?La gente necesita un compromiso con su vida individual.

-Ciérreme el círculo. Ha venido aquí a hablar de Cervantes. ¿Me lo relaciona con todo esto que hemos estado hablando?

-Veamos. De nuestros cuatro grandes artistas universales, aquellos que cualquier persona cultivada en cualquier parte del mundo podría mencionar, es decir, Cervantes, Velázquez, Goya y Picasso, Cervantes es el más amable. Tiene la fórmula de la Coca Cola. Por un lado, está el idealismo; por otro, la superación del sentido del humor más allá de la mofa que empequeñece. Él agranda la figura con humor y ternura...

-Lo que no vemos en el mayoritario humor feroz y airado de las redes sociales.

-Exacto. Y la tercera, la cortesía. Urbanidad, comedimiento, decoro... Todo ello está en Cervantes. Si los españoles fuéramos más cervantinos, seríamos un país mucho mejor, más civilizados. Idealismo, humor, cortesía.

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