Más cerca de Rocky que de Jack

Drama, EEUU, 2010, 115 min. Dirección: David O. Russell. Guión: Paul Tamasy, Scott Silver, Eric Johnson. Fotografía: Hoyte Van Hoytema. Música: Michael Brook. Intérpretes: Mark Wahlberg, Christian Bale, Amy Adams, Melissa Leo, Mickey O'Keefe, Jack McGee, Melissa McMeekin. Cines: Bahía de Cádiz, Bahía Mar, Yelmo, Ciné Cité.

Venga, ánimo, vamos a rodar unos planos sinceros, dramáticos, desgarradores, pura vida sorprendida por la cámara, Dostoievski en los suburbios, humillados y ofendidos, actores llevados al límite, dejándose la piel... Y meten a dos despojos suburbiales en un coche tras una escena dura -él se ha tirado por una ventana, ella no puede más- para hacer que él empiece a cantar con una voz rota y entrecortada una canción a la que ella se va uniendo, como contra su voluntad, llorando... "¡De punta, mira, de punta!", debieron decirse unos a otros tras el rodaje, mientras se mostraban los antebrazos erizados. Porque esto, supongo, es lo que hoy debe entenderse como interpretaciones al límite y naturalismo extremo. A mí, qué quieren que les diga, la escena me sonó a impostura melodramática disfrazada de naturalismo hiperrealista. Lo mismo me sucedió con gran parte de esta película que pretende mostrarse desde el principio -el ya cargante "Basado en una historia real"- hasta el final -las imágenes de los verdaderos protagonistas- como una recreación fidelísima de la desestructurada y desestructuradora vida de un boxeador, su hermanastro adicto al crack y un entorno de náufragos que van a la deriva por la más sórdida América suburbial para, al final, hallar la redención. Porque en la historia real la hubo. Y porque conviene.

El estilo de hiperrealismo televisivo, que rompe desde el principio los límites ficcionales del relato al insertar la realización de un documental sobre los hermanastros, es desmentido, en primer lugar, por las opciones musicales insertadas con criterio videoclipero. Esta banal espectacularización -ninguna retórica melodramática más cargante que la que se disfraza de realismo para no parecerlo- contradice la voluntad realista y la pretendida intensidad dramática. Y lleva la película más, mucho más, del lado del Rocky Balboa de Stallone que del Jack La Motta de Scorsese, añadiendo poca gloria al glorioso subgénero mixto -deportivo, social y negro- del cine de boxeo; y a la desigual carrera de David O. Russell, autor de la fallida Extrañas coincidencias y de la hábil Tres reyes.

La aplaudida y oscarizable interpretación de Christian Bale incurre en constantes sobreactuaciones que, como la propia película, atufan a insinceridad e impostura; cuando no incurren en un delirio egocéntrico lindante con lo grotesco. Se les hará insoportablemente cargante o les entusiasmará, sin término medio. Mark Whalberg está en plan chico bueno, demasiado bueno: casi ni se le nota. Lo mejor, sin duda, son los secundarios que interpretan la dantesca galería de white trash (basura blanca) que compone el desestabilizador entorno familiar del boxeador: con la matriarca Melissa Leo al frente de un pavoroso elenco de arpías con laca y sobrepeso. Caricaturesco, pero convincente. ¿Lo mejor, además de estas interpretaciones? Que Mark Whalberg se quede frito cuando su chica lo lleva a un cine a ver Belle epoque.

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