La bomba atómica

Compañía: Caldo con Enjundia Teatro. · Texto, dramaturgia y dirección: Vicente Lareñas Añasco. · Intérpretes: Valeria Soto, Marcos Arraya, Felipe Jaroba, Francisca Maldonado, Francisco Campos y Vicente Laneras. · Maquillaje: Katia Araya. · Música: Francisco Campos. · Día: 18 de octubre.· Lugar: Teatro Cómico de Títeres La Tía Norica.

Ya sabemos lo que les pasa a los camarones que se duermen, pero esta compañía de tan apetitoso nombre presenta la manera de Cómo dormirse en el río sin ser un camarón que sigue la corriente, subtítulo del espectáculo Población Arenera. Se trata de la segunda parte de una trilogía que pretende relatar historias del sur, norte y centro de Chile y que comenzó con Bar Ensueño o Cómo tomarse unos tintos, dar la batalla y morir con las botas puestas. Así, en la línea de la mejor tradición de la farsa y los cómicos ambulantes, la compañía llega con su carro de Tespis, colorido a la par que floreado, para montar su tenderete y presentar a una serie de curiosos personajes. Son los habitantes de una población callampa -o asentamiento informal- que existió junto al río Mapocho en los años cuarenta del siglo pasado. Pero, a pesar de la concreción geográfica y temporal, podría ser cualquier entorno popular, pues esta propuesta nos hace pensar tanto en Amarcord como Macondo o hasta en el Cádiz profundo.

Aunque la trama esté impregnada de una loable intención de crítica social, pues de manera lapidaria, y hasta descorazonadora, demuestra una vez más que el poder aplasta al pueblo como aniquiladora bomba atómica, en realidad, es una excusa para mostrar un extenso repertorio de tipos populares. En este desfile de caracteres -resultado de una ardua investigación en la cultura huachaca- que entronca con la tradición del sainete tanto castizo como criollo, los intérpretes hacen gala de su buen hacer actoral con un notable trabajo de máscara y caracterización, de tal manera que parecen cientos en lugar de unos pocos, destacando la interpretación de temas musicales de raíz profunda. El ritmo es trepidante y las palabras brotan a velocidad tal que a veces, unido al uso del vocabulario propio de la zona, el texto se hace ininteligible. Pero conforme avanza el espectáculo se produce el milagro -el teatro es magia- y los oídos se abren de par en par para apreciar las pepitas de oro que conforman nuestra lengua, como bien nos explicó Neruda.

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