Vistiendo el talento con desnudos

Dice el programa de mano de El burlador de Sevilla que "la propuesta de Emilio Hernández ambienta la escena en una España de decadencia política de los Austrias menores". Añado yo, que podía ambientarse en cualquier otra época o incluso en otro planeta, pues ya me dirán ustedes qué puede situar en el tiempo o en el espacio, el escenario dividido en dos: una parte de grava oscura, y otra de madera, con dos mesas y cuatro sillas de anea, y tres calles de luces sin aforar, esto es, a la vista de todo el público, en la parte izquierda del escenario, con el fondo negro de la caja escénica sin un mal paño, ni un telón, ni nada de nada.

Eso por no hablar de la introducción, con las cuatro actrices que irrumpen en el escenario (no hay telón) vestidas de negro con unos modelitos iguales que los que visten a los maniquíes de Zara, oigan. Un despropósito.

En lo actoral, que algunas cosas buenas tuvo este don Juan, nos encontramos con la gratísima sorpresa de un Fran Perea fantástico, canalla, y vanidoso, pero a la vez seductor, sinvergüenza y ardiente. Un descubrimiento que, seguro, copará las mejores críticas en el futuro artístico que tiene por delante. Fran Perea dio muestras de su capacidad como actor, se le entendió lo que decía (lo cual no es tan fácil de encontrar en actores jóvenes), se supo mover y por momentos pareció un experto del trabajo en vivo y en directo, como si su paso por la televisión, donde se puede amañar casi todo, fuera ya sólo un recuerdo.

En cuanto al resto, magnífico Manuel Tejada, veterano actor metido en los papeles del rey de Castilla y el rey de Nápoles. Gracioso y divertido Jorge Roelas como Catalinón. El resto, bien, aunque no me convenció demasiado la vena dramática de Lluvia Rojo en la escena posterior a su encuentro con don Juan. El enfado y la indignación de la afrenta no llegó a calar interpretativamente hablando. Tal vez el timbre de voz de la madrileña no encaje para semejante drama.

La puesta en escena, de la que ya hemos hablado, se completó con algo cada vez más usual en los teatros junto al lenguaje soez de los textos de nuevo cuño: el desnudo integral. Emilio Hernández ha pensado, parece, que los maravillosos versos de fray Gabriel Téllez, Tirso, podían enriquecerse en el escenario con don Juan y las otras seducidas completamente desnudos, pero bueno. Imagino que, viendo el nefasto concepto de la dichosa puesta en escena, había que distraer la atención de alguna manera. En fin, a estas alturas de la vida uno no va a rasgarse las vestiduras.

De hecho, como decíamos antes, no es ninguna novedad. Revisiones de óperas llevadas a lugares tan importantes como Alemania o Austria están salpicadas de escenas casi explícitas de sexo (para bochorno de conservadores y también de renovadores), y aquí, sin ir más lejos, Las manzanas del viernes de Antonio Gala, como algunas otras obras, también propuso en su momento, con Concha Velasco como protagonista, sacar al personaje masculino como Dios lo trajo al mundo. Y es lo que hay. Pero me acuerdo de Compañía Nacional de Teatro Clásico y sus vestuarios de película, y se echa en falta. Ahora se quiere innovar a base de tacos, desnudos y cosas que desvían la atención. Mala señal y peor cosa. Yo me quedo con los versos de Tirso, que son buena forma de olvidar estos inventos que no le hacen ningún bien al teatro. Al menos al teatro clásico, se entiende.

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