Música Crónica del concierto de Raimundo Amador en Cádiz

Raimundo Amador arrasa con su genio a la guitarra eléctrica

  • El sevillano presentó en la Sala Imagina de Cádiz su disco 'Medio hombre, medio guitarra', para luego lanzarse sobre su mítico repertorio con Pata Negra

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Del prolijo, extenso, exhaustivo y eléctrico concierto de Raimundo Amador en la Sala Imagina, me quedo con una escena que representa todo lo que dio de sí la presentación de Medio hombre, medio guitarra: un chaval recién arrancado de la adolescencia, con su melena bien cuidada y una camiseta negra de AC/DC, sentado a dos palmos de Raimundo con los ojos abiertos como platos por la incredulidad, siguiendo las evoluciones de los dedos del genio de Sevilla sobre el mástil de la guitarra.

Toda una clase de virtuosismo la de Raimundo haciendo escalas, punteos inagotables y homenajes al sonido de Santana y Jimi Hendrix. De hecho, se atrevió con una de las más bellas canciones que jamás se han compuesto a la guitarra, Little Wing (de Hendrix), sin despeinarse. Entregándose como un energúmeno al espíritu del de Seattle, disfrutó como un enano recreando ese mundo muerto de psicodelia y poesía como si él mismo perteneciese a esa cultura.

Raimundo Amador fue puntual y a las once y poco de la noche se personó sobre el escenario de la Sala Imagina ataviado con un gorro de ala negro adornado con unas plumas rojizas a un lado. La banda (gigante, tremenda): otra guitarra, bajo, percusión y batería.

Se presentó con un "Cai, cai… Hacía mucho que no tocaba aquí" y empezó con el repaso de su nuevo trabajo y su carrera en solitario. Blues, rock y toques de flamenco muy, muy contenidos, que (o eso me pareció a mí) sonaban más a un Santana andaluz que a un gitano con una guitarra eléctrica.

Candela, de En la esquina de Las Vegas, arrancó la primera ovación y los primeros coros de un público grueso que sabía a lo que venía y disfrutó con cada tema sin paliativos. Hoy no estoy pa nadie y Gitano de temporá, seguidas de unas bulerías, acercaron el concierto a los registros más aflamencados de Raimundo Amador, que (muy a mi pesar) no soltó la guitarra eléctrica en ningún momento.

Jessica, de los Allman Brothers, y Medio hombre, medio guitarra culminaron la primera parte del concierto, que se cerró con Hermanas Sister sobre el escenario improvisando una breve jam session.

Hasta aquí todo bien. Desde mediados de los noventa Raimundo fue aparcando poco a poco la guitarra española para afincarse en este sonido fusión que inventaron Triana, Smash, Kiko Veneno, él mismo o Ketama.

Ahora bien, la segunda parte del concierto consistió, básicamente, en el repaso de lo más destacado de la carrera de Pata Negra, y ahí he de reconocer, para mi sonrojo, que casi se me caen los lagrimones de la rabia al ver cómo han desaparecido las guitarras españolas para que la eléctrica, los pedales y el genio de Hendrix hayan terminado comiéndose cualquier vestigio de ese prodigio de la guitarra española que era (y es) Raimundo Amador.

Sé que muchos no estarán de acuerdo conmigo y dirán que "pasa la vida" y que el sevillano sigue siendo fiel al espíritu fusión que lo lanzó al estrellato; pero no sé, cuando interpretó una extensísima Pata Palo para empalmarla con Are You Gonna Go My Way de Lenny Kravitz, pensé que algo fallaba, que aquí se ha perdido algo.

El Blues de la frontera, que dedicó a su sobrino, se convirtió en un tema progresivo que rozaba de refilón el flamenco para recrearse en unos interminables solos eléctricos prodigiosos. Nunca imaginé que se le pudiesen encontrar tantos huecos a una guitarra y a sus trastes, y que fuese posible terminar el tema con un solo de batería (espléndido) que parecía arrancado del Moby Dick de Led Zeppelin.

Lunático, Camarón y El blues de los niños nos devolvieron a los ochenta, aunque Raimundo se empeñó en abandonar cualquier forma de intervención vocal para centrarse en los punteos que marcaron toda la actuación. La segunda parte del concierto se estaba convirtiendo en una revisión de sus orígenes musicales pasados por la túrmix Hendrix.

Y entonces, efectivamente, Raimundo Amador cambió de guitarra para lanzarse sobre Little Wing sin ninguna clase de complejo. Muy bien la intro, impresionante la banda, pero un poco coja la interpretación del fraseo de Hendrix (tan gitano, en realidad) con la guitarra, que a veces rozó la atmósfera de un hilo musical. El punteo central del tema, como no podía ser de otro modo, tremendo.

Mención aparte merece el trabajo de Lin Cortés, que se ocupó de las guitarras rítmicas y de la voz principal en la mayor parte de los temas de Pata Negra. Buen quejío, voz quebrada y mucha magia. Imprescindible y necesario para un Raimundo Amador que está demasiado centrado en arrancarle todos los sonidos posibles a la guitarra eléctrica.

Y entonces, para cerrar (presumiblemente) el concierto, el sevillano escuchó al fin los berridos del público para entregarse a una muy buena interpretación de Qué gustito pa mis orejas, clásico entre los clásicos que acabó convirtiéndose en un reggae.

Tras una breve despedida, Raimundo Amador volvió para cerrar el concierto con una preciosa versión de En el lago, de Triana, y Bolleré, ese genial homenaje a otros tiempos.

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