Rafael Manzano vuelve a su casa

  • El prestigioso arquitecto fue nombrado ayer académico de honor en la Academia de Bellas Artes

  • Habló de su único y anhelado proyecto en Cádiz

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Rafael Manzano vuelve a su casa

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Superada la barrera de los ochenta años, el prestigioso arquitecto gaditano Rafael Manzano confesaba ayer que sentía más que nunca "la urgencia de volver a mi ciudad natal, a impregnarme de su aliento marino y a reencontrarme con ella en esta hora en que conviene que todas las cosas vuelvan a su origen".

Y regresó entre amables palabras a la ciudad que lo vio nacer, que lo hizo hijo predilecto, con rigurosos guiños a su rica historia y grandes elogios a su belleza y carácter "único e irrepetible". El conocido arquitecto afincado en Sevilla, poseedor nada menos que del Premio Driehaus de Arquitectura, el máximo galardón otorgado a los guardianes de las arquitecturas vernáculas, regresó con su maleta colmada de recuerdos, de la mano de la Real Academia Provincial de Bellas Artes de Cádiz, que le regaló, dijo, el ascenso "en el escalafón a la máxima de académico de honor". Y volvió a su casa, al Cádiz "de mi primera luz", con un discurso precisamente centrado en el proyecto que por fin ha realizado en una casa gaditana que ha afrontado junto a su hija Julia, en el número 14 de la Alameda.

Nunca trabajé en el caserío de mi añorada y vista desde la nostalgia ciudad natal"

El reencuentro tuvo lugar en el salón regio de la Diputación Provincial, rodeado de amigos, familia -su hija Julia y su hermano Luis-, numerosos académicos de esta institución y colegas de profesión, entre los que se encontraban José María Esteban, que le dedicó un bello laudatio, Javier Navascués y Manuel Fernández-Pujol.

Fue precisamente Esteban quien asumió "el difícil reto" de divulgar los enormes méritos de Rafael Manzano -con imágenes de su obra-, a quien se refirió como "querido profesor, el colega, el amigo", y de quien ensalzó "con ese semblante de eterno niño" su talante humano , que lógicamente "ha traducido siempre en sus obras", por delante de sus reconocidísimas virtudes profesionales. Por lo que, aseveró, "ha creado una escuela, en cuya fuente siempre vamos a beber".

Y de su amor por el "lenguaje clásico", dio una clase magistral el propio Rafael Manzano, no sin antes citar a su maestro Fernando Chueca, con su discurso Una casa en Cádiz. Se trata del anhelado proyecto que hace muy pocos años, en un momento tan experimentado de su carrera, ha caído por fin en sus manos, "pues nunca trabajé en el caserío de mi siempre añorada y vista desde la nostalgia ciudad natal", y que ha proyectado "desde mis raíces", aseguró.

Pero poco antes de entrar por las puertas de este proyecto que desgranó en palabras, planos e imágenes, Manzano ofreció una lección sobre la historia de esta ciudad trimilenaria "¡a quien debo todo en esta vida!. Abarcó desde sus orígenes hasta su mágica Edad de Oro, que la hizo "renacer de sus cenizas". En ella se deleitó con jugosas expresiones, insistiendo en un Cádiz que en el XVII, XVIII y XIX se convirtió en "una ciudad compacta, homogénea pero diversa, con un caserío que, como en un caleidoscopio, se repite unos prototipos de edificios residenciales muy similares de una rica variedad de formas". Una ciudad, la más antigua y, al mismo tiempo, añadió, "la más moderna de nuestras ciudades históricas", que se convirtió en un gran emporio. Recorrió su papel en la Guerra de la Independencia, en el liberalismo español y la política decimonónica en España, "que determinó su belleza tardobarroca, neoclásica e isabelina que hace que cualquier operación de cirugía arquitectónica, la pura sustitución de una célula urbana, de un edificio, sea siempre intervención de alto riesgo".

Fue así como asumió el encargo de "¿restaurar? ¿reconstruir? ¿reinventar?, no sé, una casa nada menos que en la Alameda de Cádiz" que, desde un primer momento planteó como "un ejercicio escolar, como obra de arte y ensayo, con sentido pedagógico, que en mi caso constituye exigencia de rigor". Y siempre, aseveró, "bajo el eterno lema goyesco del todavía aprendo". Continuó su discurso hilando los elementos arquitectónicos que ha transformado esta casa "cuyo interior era de pésima calidad arquitectónica", en un unifamiliar de lujo. Para ello la ha reorganizado en su conjunto conservando sus muros maestros y la ha dotado de elementos como grandes cierros a la fachada de inspiración gaditana. Destacó el casetonado tragaluz pisable en su azotea, "en lugar de una montera decimonónica", convirtiendo en diáfana su terraza, y el resultado de un conjunto rematado por dos "torrecillas poligonales, con cúpulas cerámicas".

Un ejercicio que el gaditano defendió como "un homenaje a la arquitectura neoclásica que la rodea", en un texto hilvanado con imágenes del antes y el después, y que concluyó entre el caluroso aplauso del público y la imposición de la medalla que lo convertía en académico de honor.

En nombre del Colegio de Arquitectos habló su secretario, Alfonso Montes, quien alabó la labor docente de Manzano, "como maestro irrepetible" que supo inculcar a sus generaciones de alumnos su "amor por la historia y la arquitectura".

Cerró el acto que también presidió Benito Valdés -presidente del Instituto de Academias de Andalucía- la presidenta de la Real Academia de Bellas Artes, Rosario Martínez, que valoró "el mayor tesoro de las academias, que son sus académicos". Defendió el papel de la institución como integradora de trayectorias tan brillantes como la de Manzano, del que aplaudió la "fe en sus convicciones y principios". Porque, tal y como subrayó su amigo José María Esteban, "en todas sus obras ha puesto de manifiesto su fidelidad al lenguaje clásico". El que le ha valido este nuevo reconocimiento con el que Rafael Manzano regresó ayer a su casa.

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