Parábola antiracial

Arizona es teatro directo, teatro que apunta al corazón del espectador sin remilgos ni miramientos. Sus dardos están emponzoñados de una sustancia negra, resinosa y amarga, extraordinariamente tóxica, que envenena e inmoviliza a sus presas como el curare de los pueblos indígenas.

El autor montillano Juan Carlos Rubio se quitó elípticamente las puñetas y con la camisa arremangada escribió esta obra de denuncia social contra el rechazo secular a la inmigración, el racismo y la falta de humanidad hacia lo diferente, sin en apariencia levantar la pluma del blanco papel. Lo sorprendente de esta visión dramática es que miserablemente estará condenada a la vigencia por los siglos de los siglos si Obama y el G-20 no lo remedia.

Dos turistas de los más típicos acampan en una solitaria franja del desierto de Arizona. Sin embargo, George y Margaret no son simples campistas, son dos norteamericanos pertenecientes a la organización Minutemen, formada en el año 2005 con voluntarios armados que pretendían proteger las fronteras de Estados Unidos de la entrada de inmigrantes ilegales.

A telón abierto, como viene siendo cada vez más habitual en los montajes actuales, y con una puesta en escena estrictamente funcional -un paisaje del desierto que cubre el forillo por donde arriban y se mueven los personajes, un aparato de radio transistor y las tripas del escenario en los laterales- el director y dramaturgo cordobés es capaz de desplegar en poco más de una hora un tema de enorme complejidad, un compendio del pensamiento de quienes cultivan el odio como una escapatoria, una remembranza de la torpeza de algunos de no aceptar otra vía de entendimiento que no sea el recurso de las armas.

Es la sevillana Aurora Sánchez, que consiguió el galardón como mejor actriz en la Feria de Teatro en el Sur de Palma del Río el pasado año, en su papel de esposa resignada quien subyuga al espectador, salpicando de ingenuidad un personaje dificultoso que podría haber resultado monótono en extremo haciendo alarde de un dominio de la escena impresionante.

Por su parte, el experimentado actor Alberto Delgado consigue dar la credibilidad necesaria al integrista norteamericano de mano en pecho y escopeta preparada para liquidar al primero que se le ponga por delante llevándole la contraria.

El público, que en esta ocasión no llenó el teatro, supo premiar el esfuerzo de los actores con repetidos aplausos, llevándose para su casa la reflexión sobre lo representado en las tablas.

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