Mozart acompaña a cuatro nacionalistas

Con el Adagio y fuga KV 546 de Mozart arrancó el concierto celebrado el sábado en el Gran Teatro Falla, tercero de los programados en el XXIV Festival Internacional de Música Manuel de Falla que viene celebrándose estos días en nuestra ciudad.

Si exceptuamos del programa ese adagio y fuga de Mozart, que tiene que ver con los estudios que el salzburgués hizo de esas estructuras en Bach y Haendel, el programa quedaba con cuatro músicos inscritos en el nacimiento musical de sus respectivos países: Jean Sibeluis, finlandés; Bedrich Smetana, checo; Antonín Dvorak, checo también, y Edward Grieg, noruego.

Con autoría de esos cuatro músicos subieron a los atriles unas obras que bien podían considerarse emblemáticas dentro de ese movimiento nacionalista que decíamos, el que surgió en la segunda mitad del siglo XIX en una búsqueda de reafirmar los valores de cada pueblo a través de la música popular. El canto al río Moldava, perteneciente al ciclo de los seis poemas sinfónicos Mi patria, de Bedrich Smetana, podría ejemplarizar perfectamente ese afán por dar a conocer a través de la música el pálpito vital y entrañable de cada país, como lo podría haber hecho Sibeluis con su Finlandia, o Grieg con su popular Peer Gynt.

La actuación del grupo Praga Camerata fue, dicho sea en términos taurinos, una actuación aseada, sin más. La obra de Mozart careció de aliento, haciéndose de ella una lectura superficial, como de ensayo, de esas en la que se repasan las obras sin sentirlas, sin que duelan. Se suponía que en la fuga, dadas sus propias características técnicas, en donde el intercambio de voces invita a lo expansivo, la cosa cambiaría, pero el vuelo siguió bajo, sin remontar. No sacarle partido a la Suite Holberg, siendo como es pura filigrana sus cinco números, resultó un tanto desolador.

Hubo, en cambio, un joven triunfador, Martin Sedlak, cello, que se hizo cargo como solista de la obra Silencio del bosque Op. 68 de Dvorak. Sedlak hizo bueno con su actuación sus premios en el Concurso Kocia, ganados en dos ocasiones, así como el de la Radio Checa. Precioso sonido el suyo, inteligentemente regulado en cualquiera de las intensidades y rico en medios técnicos, brillando la expresividad por encima de cualquiera otra cualidad.

Merecidísimo éxito que el respetable quiso potenciar sacándolo a escena una y otra vez para que recibiera sus aplausos. Luego se incorporó al grupo para seguir tocando. Como uno más entre sus compañeros.

Si faltaba acentuar aún más el espíritu nacionalista, se logró con una propina de Leos Janacek, checo. El remate definitivo del concierto lo puso un segunda propina, la archiconocida Polka pizzicato de Johann Strauss.

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