CRÓNICAS CERVANTINAS (3)

Miguel de Cervantes, ¿genio o 'pringao'?

  • José Montero Reguera reflexiona en Cádiz sobre el autor de El Quijote ante la literatura de su tiempo

osotros somos de la especie Homo Sapiens Sapiens: el hombre que sabe que sabe. Por eso las cosas nunca son las cosas, sino cómo nos vemos nosotros al opinar sobre ellas. No se trata de que Miguel de Cervantes escribiera una obra maestra y fuera un genio, sino: ¿era consciente Cervantes?

Para dilucidar el asunto vino a Cádiz uno de los mayores expertos del cervantismo actual: José Montero Reguera, catedrático de Literatura Española de la Universidad de Vigo, que ofreció en Diputación la conferencia Cervantes ante la literatura de su tiempo: una reflexión entre los dos Quijotes.

Pregunta: ¿cómo se puede saber lo que pensaba Cervantes que estaba haciendo? Respuesta: leyendo lo que Cervantes escribió sobre literatura en el propio Quijote y en otros libros, que fue mucho. Y como lo hizo porque le dio la gana, se infiere que no daba puntada sin hilo.

El origen de la idea de que Cervantes era un pringaíllo al que le sonó la flauta por casualidad es un tal Tomás Tamayo y Vargas, que en 1624 lo definió como "ingenio, aunque lego, el más festivo de las Españas". Entendiendo "lego" como "falto de instrucción, ciencia o conocimientos". Es un adjetivo que Cervantes se había aplicado a sí mismo... dentro de una ficción poética (El Viaje del Parnaso). De aquí que muchos estudiosos, sobre todo en el siglo XIX, dieran en pensar que su "escritura creativa fue el resultado de cierta inspiración divina gracias a su genio inconsciente, pero en ningún caso resultado de su propio esfuerzo intelectual y crítico". Tuvieron que llegar Américo Castro, Edward Riley y Anthony Close para investigar qué había leído Miguel de Cervantes, aquel muchacho de clase media baja que no tuvo estudios universitarios pero pegó la oreja a las tertulias cultas y a los hombres graves de España, Nápoles y Argel.

Lo cierto, como expuso Montero Reguera, es que para sus contemporáneos el Quijote era un libro de caballerías burlesco, y Miguel de Cervantes, en 1605, un desconocido. Es por ello precisamente, para reivindicarse como poeta, por lo que Cervantes habla tanto de libros en el Quijote. En gran medida es una necesidad que surge de la trama: el hidalgo manchego se vuelve loco leyendo, y Cervantes nos introduce en la biblioteca de un loco, donde efectivamente hay muchos libros de caballerías pero también libros de pastores (género misceláneo de amor y cotilleo cultureta) y libros de poesía (un delicatesen). Si habló de ellos fue porque quería pasar por hombre leído, porque le gustaba citar a sus amigos y de paso autocitarse como autor de La Galatea. Eso es lo que se ve en el capítulo I, 6: el famoso escrutinio de la biblioteca de don Quijote. Más adelante, el capítulo I. 48 es todo él una conversación sobre libros: ahora Cervantes, autor de la Numancia, se reclama como entendido poeta dramático.

Por otra parte, al trufar todo este Quijote de novelitas cortas, del estilo de las Novelas ejemplares que estaba escribiendo por aquellos años, Cervantes defendía aquel nuevo género que llegaba de Italia, el de la "novella" de asunto costumbrista y apicarado. Porque en 1600 el libro de caballerías era un anacronismo, y el best-seller del momento era el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán.

En resumen: Cervantes sabía lo que se llevaba y lo que no, lo que tenía y lo que no tenía prestigio cultural, y si defiende los libros de caballerías es porque la "escritura desatada" da ocasión al escritor para lucir su buen entendimiento en todos los palos: épico, lírico, trágico y cómico.

El Quijote de 1605 tuvo un gran éxito en España y en el extranjero. Tanto que generó una continuación apócrifa: la segunda parte de Avellaneda. Es entonces cuando Cervantes termina de escribir y publica su segunda parte del Quijote, en 1615. Si antes había hablado de literatura para darse autopublicidad, ahora lo va a hacer como autorreivindicación: el verdadero autor del famoso Don Quijote es él. El hecho de que sus protagonistas (ficticios) se sepan protagonistas de un libro (real) invierte de manera asombrosa la condición del lector: ¿somos lectores reales que se asoman a un sueño? ¿o somos sombras soñadas en un mundo irreal?

Además, Cervantes aprovecha para revisar despistes, para quejarse de la desidia de los impresores y para que don Quijote a charle de poesía con el Caballero del Verde Gabán. Esto le da lugar a explicar que la poesía es ciencia de ciencias, íntima expresión de sentimientos propios que no es apta para gente sin educación (sea rica o pobre), que un poeta debe expresarse en su lengua materna aunque sin desdeñar el latín, porque cada idioma es una llave distinta al mundo... Que la bondad de la poesía no se mide por los premios (fruto del favor), y que el poeta es producto de la inspiración y del trabajo. Ideas todas que no son originales (vienen de Aristóteles y Horacio), pero sí documentadas, sensatas y coherentes. No: Cervantes no era un pringao.

José Montero Reguera estuvo a la altura de su circunstancia. Y para recibirlo con sentido común y con sentido poético, el artista gaditano José Alberto López estrenó allí mismo dos retratos cervantinos de técnica mixta: un Rocinante de estampa velazqueña con factura de encajes, y un Sancho Panza con un sombrero de textura golosa, como si fuera barquillo de canela.

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