Flamenco

María del Mar Fernández, una cantaora sin miedo

  • Alejada durante mucho tiempo de Cádiz por sus compromisos profesionales, se presentó el pasado viernes en La Sala Central Lechera con un espectáculo propio

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Uno no sabe si llamarlo determinación o hablar sencillamente de un sano y envidiable desparpajo. Pero, desde luego, hay que subrayar la tremenda capacidad de resolución que muestra ante el arte y la vida esta artista, que se hizo cantaora -¡Quién dijo miedo!- debido principalmente a las virtudes señaladas. Porque, sin ellas, María del Mar Fernández (Cádiz, 1978) se habría quedado en su barrio de Loreto y estaría probablemente cantando en fiestas, todo lo más en alguna peña, en vez de girar permanentemente con compañías principales por todo el mundo.

Que las facultades las llevaba dentro, parece estar bastante claro. Cantó desde pequeña hasta en el coro de la Iglesia, y muy joven también acompañó a grupos de baile como los de Mª del Mar Gutiérrez o Inma Salazar. Pero la suerte le cambió un día cuando, estando con su novio, a la sazón guitarrista, le preguntaron si estaba dispuesta a irse al Japón. "No sabía nada de cante", reconoce, pero no lo dudó un instante y, con los veinte recién cumplidos, para allá se fue. Ni siquiera su madre la acompañó al tren: "Estaba segura de que me iba a arrepentir y que me volvería, porque era la primera vez que salía de casa". Pero no se arrepintió y, de la mano de El Toleo y La Tolea, completó su primera gira internacional. Debió de aprender rápido porque en 2001 ya estaba formando parte de un espectáculo de la compañía de Manuel Morao y Gitanos de Jerez, que no es cualquier cosa.

Tras superar el examen del exigente maestro se integró en un elenco en el que en la parte cantaora estaban la también gaditana La Pitu, y los jerezanos Diego de los Santos Rubichi y José Vargas El Mono, dos artistas desgraciadamente desaparecidos de los que María del Mar guarda un entrañable recuerdo. "De El Mono recuerda su permanente humor y lo que sabía". De Rubichi, su discreción, caballerosidad y el sentimiento con el que cantaba. El elenco se completaba con la bailaora María del Mar Moreno y los guitarristas Diego Rubichi, Manuel Valencia y Pepe del Morao. El espectáculo, que contó con la dramaturgia de Juan Sánchez de La Zaranda, se llamó Tierra Cantaora y, además de representarse durante varias noches en la Plaza de la Asunción de Jerez, proyectó a nuestra cantaora en la producción televisiva del mismo nombre que se realizó sobre la obra.

Desde aquel mes de septiembre de 2001, del que también recuerda el impacto de los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York, justo en uno de los días de la representación, a María del Mar sólo se le ha visto por Cádiz de paso, obligada como ha estado a viajar permanentemente, llamada por sucesivos compromisos profesionales. Entre ellos hay que contabilizar una primera estancia de bastantes meses en el tablao El Cordobés de Las Ramblas barcelonesas, de donde saltaría a la Compañía de Joaquín Cortés. La forma en que accedió a ella dice mucho de su carácter de mujer echá p'alante, como ella misma define. Enterada de que en esa compañía, que en aquellas fechas actuaba en la ciudad condal, había causado baja una cantaora, se presentó ante Juan Parrilla, director musical de la obra, y le dijo que ella podía ser la sustituta que necesitaban. El flautista flamenco le hizo una prueba y a los pocos días hubo de despedirse del tablao. No habría de ser la primera vez porque, tras cuatro o cinco giras junto a Cortés, y contratada de nuevo en el Cordobés, vino a llamarla Paco Peña justo en el día en que empezaba a trabajar allí. Otra vez tuvo que disculparse (reconoce que no ha quedado bien con ellos) y, de nuevo, comenzó una serie de giras internacionales que le ocuparían por más de cuatro años. Entre una y otra, también le dio tiempo de trabajar con Carmen Cortés -en la obra Mujeres de Lorca- o con Antonio Canales en De los grandes. En los últimos años se encuentra adscrita al Nuevo Ballet Español (N.B.E.) de Rojas y Rodríguez, actividad que combina con las llamadas del trío Los Losada.

Se suman de esta manera casi ocho años de mucho ir y venir, porque a Cádiz nunca lo ha abandonado del todo. "Ahora está la cosa un poquito peor, pero la verdad es que me he llevado una época de no parar", cuenta. A la vez, reconoce que este trabajo y la actividad le satisfacen y constituyen su casi única y verdadera escuela: "Siempre se aprende, cada día, en cada gala, y quien diga que los sabe todo va muy mal en la vida". Pero también admite que se encuentra algo cansada y que le gustaría hacer algo distinto, "sobre todo, cosas mías, aunque sé que es difícil", añade. Por eso dice que no quiere correr más de la cuenta, pero sin dejar de reivindicarse cantaora y profesional.

Como le ocurre a todos los artistas gaditanos que aceptan la oportunidad del ciclo Flamencos del siglo XXI de La Central Lechera, a la cantaora le cuesta el dinero presentarse ante su público. Pero lo hace con la ilusión de actuar en su tierra y de configurar un espectáculo de su gusto.

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