Inextricable maraña de obra y vida

  • La Fundación Mapfre, en Madrid, muestra hasta el 13 de enero la exposición 'Camille Claudel (1864-1943)', que incluye las obras más conocidas de la escultora francesa

La de Camille Claudel es una de esas figuras de límites difusos. Difícil ha sido separar su nombre y su producción artística de la de August Rodin. Difícil fue, en algún momento de su biografía, distinguir su voz racional entre el delirio en el que la sumieron. Incluso su obra parece imposible de desgajar de su biografía -pues uno es incapaz de contemplar cualquiera de sus piezas sin pensar en su atormentada existencia-. Cloto, una de sus últimas esculturas, parece encarnar precisamente esta malsana cualidad que caracterizó sus días: la parca encargada de hilar la vida humana hunde sus manos entre el ovillo de sus cabellos, hechos pegajosa maraña.

La Fundación Mapfre expone, hasta el próximo 13 de enero, un monográfico dedicado a la artista francesa. Una colección que repasa, no sólo la producción escultórica de Claudel sino además una variada muestra de bocetos y cartas, tanto de ella como de su amante y maestro. Y en la que, en apenas una vuelta, uno es capaz de averiguar cuál fue el mal que terminó con los huesos de Camille en el manicomio. Al igual que sus figuras, Camille Claudel rebosaba pulsión. Y si a sus criaturas las encerraba su piel de piedra, Camille vivía asfixiada por los corsés ajenos. El de su familia, que no entendía su forma de vida ni su unión con Rodin; el del propio escultor, que nunca le prestó un apoyo definitivo; y el de la sociedad, ansiosa de ver un castigo divino en cualquier comportamiento fuera de lo establecido.

"Mi hermana Camille tenía una gran belleza exterior y además poseía una energía, una voluntad y una imaginación excepcionales". La frase la dice Paul Claudel. Ese hermano pequeño, joven legionario de bronce y mármol, que ignoraría sistemáticamente las cartas de Camille durante sus treinta años de encierro.

"Álbum de confesiones -apunta la artista en alguna de las notas manuscritas-. No tengo virtudes, todas son aburridas. Virtudes en un hombre: obedecer a su mujer. En una mujer: hacer callar a su marido. Idea de desgracia: ser madre de muchos hijos. Alimento favorito: Amor y agua fresca".

Antes de ser amante de Rodin, Camille fue su alumna. Gracias a sus esculturas, sabemos cómo veía al maestro: como un titán. En una de las cartas de Rodin, fechada en el 86, llega a mostrarse dispuesto casarse con ella. "Si usted fuera tan amable de mantener su promesa, conoceríamos el Paraíso", le dice ella. Pero Rodin seguiría alimentando tanto su relación dependiente con su vieja amante, Rose Beuret -Camille los caricaturiza en Le Systeme Céllulaire y Le Collage- como el parasitismo que alentaba la cercanía de Claudel: dado que ambos trabajaban juntos, los expertos han tardado años en distinguir la producción de uno y otro. Las Puertas del Infierno y Los Burgueses de Calais fueron obras conjuntas. El número de autorías equivocadas entre uno y otro es considerable. Y los trabajos de ambos son, a menudo, espejo unos de otros: Sakountala frente a El eterno ídolo, El abandono frente a El besoý Según ella misma confiesa, Camille llegaba a echar jornadas de doce horas al día. Doce horas en una actividad tan exigente físicamente como la escultura.

La exposición de Mapfre cuenta con las que, para muchos, son las dos mejores obras de la artista. Sakountala -de la que hay varios estudios y pruebas- fue recuperada hace poco del olvido y de los almacenes del museo de Châteauroux. Claudel recrea en ella el encuentro reconciliatorio entre dos enamorados. Unos temas -rendición, redención, sensualidad y pasión- que volverán a darse en El abandono, también presente en la muestra.

Frente a ellas, L´âge mur sella su ruptura con el gran maestro. Para su familia y hermanos, el trío representado -una anciana exigente, una joven de rodillas y un hombre dubitativo- representa al trío protagonista de la historia de Camille. Para casi todos los expertos, L´âge mur no es más que una representación del triunfo de la muerte: el hombre es finalmente arrastrado al osario, por mucho que la juventud intente retenerlo.

Nadie, sin embargo, intentaría retener a Camille. Ni siquiera Rodin la reclamaría. Su familia la internó, tras varias crisis de ansiedad, en el sanatorio de Montdeverges y nunca se volvió a saber de ella.

Murió allí, tras décadas de reclusión, sin que hubiera causa clara para su confinamiento.

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