Hojas fugitivas

En octubre de 2006 a J (ames) G (raham) Ballard (Shanghai, 1930) le detectaron un cáncer de próstata que se había extendido a los huesos. A diferencia de Philip Roth, cuyos últimas novelas suelen estar narradas por viejos obsesionados por esta enfermedad (o por esta glándula), Ballard apenas si dedica dos páginas, las finales, de este libro a su mal. Y lo hace para dar sucinta cuenta del mismo y agradecer los cuidados y el estímulo del doctor que lo trata. Porque, alentado por este médico, se decidió a escribir, se imagina que entre tratamientos y dolores pues nada dice al respecto, las breves pero sustanciosas hojas de este libro de memorias.

Resumir casi ochenta años de vida en poco más de doscientas páginas parece imposible. La sensación que deja este Milagros de vida es extraña: uno sabe que deben de haber quedado tantas cosas en el tintero y, sin embargo, se termina la lectura con la impresión de que la sustancia, el hilo argumental de la vida de Ballard nos ha sido contado, mostrado sin velos. Su infancia en la cosmopolita Shanghai, donde su padre se dedicaba al negocio de tejidos. Los años de la Segunda Guerra Mundial vividos en un campo de concentración asiático, luego novelado en El imperio del sol, que Spielberg adaptó al cine. Los tanteos de su vocación literaria, cómo va descubriendo su lugar en el ámbito de la ciencia-ficción. Las incursiones en el mundo del cine. Y por encima de todo su breve e intenso matrimonio, que acabó en Alicante cuando su esposa murió prematuramente a los 33, dejándolo con tres hijos de entre cuatro y siete años. Ballard cuenta cómo los crió, cómo adaptó su vida a ellos, y lo hace sin quejarse, sin pedir cuentas a nadie, antes bien satisfecho de haberlos disfrutado y de que esos "milagros de vida" que, según él, son los hijos sean ahora adultos de los que se enorgullece. Interesante Ballard, en este libro iceberg que va al grano porque las horas ya se le escapan.

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