Grandes mentiras

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Compañía: Els Joglars.· Texto, dirección y espacio escénico: Albert Boadella. Intérpretes: Ramón Fontseré, Begona Alberdi, Jesús Agelet, Enrique Sánchez Ramos, Pilar Sáenz, Minnie Marx, Dolors Tuneu, Xavi Sais, Lluísa Olivé. Escenografía: Juan Sanz y M. Ángel Coso. Iluminación: Bernat Jansá. Atrezzo: Jesús Agelet. Vestuario: Deborah Chambers. Sonido y coordinación técnica: Jordi Costa. Día: 27 de octubre. Lugar: Gran Teatro Falla.

El cristal por donde se mira y su color -ya que en este mundo traidor nada es verdad ni mentira- puede ser el del teatro. La ficción dramática y la vida se parecen mucho, pues son dos grandes embustes. Aunque eso sí, muy diferentes y puestos a elegir, más verdad puede ser la primera que la segunda. Por eso, en esta reposición de El Nacional, los juglares catalanes utilizan de nuevo el clásico recurso del teatro en el teatro para señalar con el dedo -aunque sin ahondar en la llaga- falsedades varias dentro y fuera de la escena. En la época de la primera representación de este montaje -y ahí apuntaba- se habían creado ya los centros nacionales junto con sus replicantes a nivel autonómico. En toda la geografía nacional se estaban recuperando espacios escénicos varios o se construían de nueva planta y se adaptaban edificios que nacieron con otras finalidades. Así mismo, además de una excesiva burocratización que se estaba construyendo alrededor de las disciplinas artísticas, se había organizado un sistema de subvenciones, casi clientelar, de manera que parecía imposible crear sin el apoyo del estado. Ahora, a consecuencia de la crisis, todo se está desmoronando y el arte en general asiste al desmantelamiento de las anteriores macro estructuras culturales, de la misma manera que cae el Teatro de la Ópera donde transcurre la acción.

Una de las grandes bazas del espectáculo es la escenografía, que recrea perfectamente un escenario visto desde atrás, con sus telones antiguos de fondo y recortes del revés, además de sus luces de candilejas. Estas y las velas encendidas, junto con el resto de la sugerente iluminación, recrean un aire de fantasmagoría decimonónica muy apropiada para la trama. Como siempre, el espectáculo gira en torno a Ramón Fontseré, gran "mostru" -en el sentido gaditano del término- de la interpretación, como centro de un sistema solar donde el resto de los planetas sigue su propia trayectoria. En el segundo plano de representación, por su parte, se monta una versión muy particular de Rigoletto, con un buen nivel musical y tono humorístico, lleno de recursos clásicos, que puede llevar a la curiosidad de conocer la pieza original. A lo largo de la trama, se intenta arremeter contra las políticas culturales y generales, culpables de la "gran hecatombe", como se dice en la propuesta, a modo de presagio del negro futuro que nos espera. De la mofa no se libran tampoco los gestores o programadores de teatro, los funcionarios y los banqueros ávidos de desahucios, ni tan siquiera los propios actores. Pero al final, resulta ser una sucesión de chistes tópicos o típicos sobre la profesión teatral y sus alrededores, como un monólogo del club de la comedia con figurantes y decorados. Eso sí, servido en bandeja de plata realizada con excelente fractura.

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