"Existe una gran diferencia con los que éramos hace treinta años"

  • La Biblioteca Provincial acoge hoy la presentación conjunta de dos títulos, 'Vida nueva', la última novela del autor gaditano, y la recopilación de viajes 'Macedonia de rutas', de Antonio Rivero Taravillo

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Cualquier adolescente en la época de la Transición experimentaba un doble y forzoso proceso de desorientación: la personal y la social. Una realidad de asideros cambiantes a la que se acerca José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963) en Vida nueva (Paréntesis), la segunda parte de su trilogía. Novela que el autor presenta esta tarde haciendo doblete con Antonio Rivero Taravillo y su Macedonia de rutas.

-Hablar con una voz narrativa tan cercana a uno mismo implica, imagino, más dificultad de la habitual. No tanto por el pudor sino por la distorsión que uno mismo pueda haber tenido de la realidad...

-La dificultad ha sido grande, porque se mueve uno en un nivel próximo a lo autobiográfico y hay que descartar lo no relevante. Hay un montón de cortes anecdóticos que se me han pasado por la cabeza al escribir y que luego han sido podados porque no me parecían adecuados para la historia. El pudor cuenta poco porque, aunque la textura autobiográfica es clara, el grado de invención es también grande. Los materiales son de primera mano pero están remezclados, ampliados o reducidos según la exigencia de la narración.

-¿Y cuál es ese núcleo que se ha pretendido salvar con la poda?

-Pues he intentado sobre todo ser justo con los personajes, hacia los que (a pesar de ser complejos) podemos dirigir una mirada comprensiva, de simpatía. No he querido erigirme en juez sarcástico que se ríe de estos chicos o de una época, aunque ya hay distancia suficiente para reírnos si quisiéramos, sino hacerlo de forma respetuosa y, sobre todo, comprensiva.

-Dice que elaborar una trilogía puede suponer un fracaso triple...

-Bueno, podría ser, espero que aquí no sea así. Esta trilogía precisamente se ha hecho a base de descartar cosas. Entre la primera entrega (Vacaciones de invierno) y esta segunda hay un intervalo de cinco años, aunque se hubiera podido buscar la novela de ese lustro, pero quería contar un episodio muy concreto que reúne por sí mismo los elementos imprescindibles en una historia. En el siguiente episodio, también habrá un salto considerable.

-¿Tuvo clara desde un principio la idea de la trilogía?

-Pues lo cierto es que comencé con la idea de un sólo un libro: hasta que no empecé el segundo título, no llegué a imaginar el que faltaba por cerrar. Cuando escribí Vacaciones de invierno no estaba pensando en una trilogía, la idea surgió ya con Vida nueva.

-¿Se reconoce o se rechaza en esa voz de adolescente que habla en el libro?

-Pues la verdad es que me ha costado reconocerme. Reconocerme en esos chicos es difícil porque, realmente, el salto mental que hay entre quienes somos hoy, tanto colectivamente o como individuos, y lo que éramos hace más de treinta años es complicado. Fue una época muy extraña donde el cóctel ideológico, sentimental, sexual incluso, que llevábamos todos en la cabeza era muy raro e impredecible. Y en parte porque hemos envejecido, y la madurez ya crea sus propios reajustes, y en parte porque el país ya ha evolucionado, pues todo aquello ya queda muy lejos, pero también por eso merecía la pena ir a buscarlo.

-En la historia está muy presente la idea de incertidumbre, de que cualquier incidente trivial podía sobredimensionarse...

-Y esa es justamente la parte que no me he inventado. Esos detalles tienen una gran labor de documentación, a la que no es ajena Diario de Cádiz, pero también hay cosas vividas. Este tipo de cosas sucedían: un chico con una ametralladora de plástico podía pasar por delante de un cuartel y provocar un zafarrancho. La trama policial y las referencias a la violencia en el ambiente son absolutamente ciertas.

-Afirma que la democracia española es casi un milagro porque se construyó con materiales y personas que, en general, tenían poco de demócratas

-Sí, mira. yo creo que las crisis económicas son terribles, que la miseria ambiental degrada mucho la alegría de vivir. Pero la crisis económica de los 70, en cierto modo (dicho con mucha reserva) contribuyó en algo a que ese milagro ocurriera. Procuró que una gran masa de la población estuviera muy apegada a la realidad y pendiente de que los asuntos se enfocaran desde la sensatez, que se recuperara el buen sentido y se buscara una fórmula de convivencia. Los discursos maximalistas de uno y otro lado se quedaron en eso, porque lo que exigía el verdadero estado de ánimo de la nación era mantener un cierto bienestar, acercarse al estatus vida europeo.

-En esa época, ¿creían que se estaban perdiendo algo por vivir en una ciudad de provincias?

-Bueno, ese será el tema de la tercera parte. Pero fue una época intensa porque cualquier lugar en el que hubiera cuatro personas que persiguieran esa intensidad era el centro del mundo. Luego, con las movidas 'lúdicas' (también las hubo en Vigo, en Gijón...), la sensación de que cualquier ciudad mínimamente grande podía tener peso podía palparse. A la altura de esta novela, sin embargo, aún no existía esa sensación.

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