Bailar la luz con los sentimientos

Una buena cosecha es, sobre todo, cuestión de tiempo y perseverancia. Aunque no hay que olvidar el factor suerte, pues acechan sequías, granizos, inundaciones y otras calamidades. En el arte, la siembra y la recolección, a veces, se han extendido a lo largo de varias generaciones y hoy en día, quizás sea el flamenco el mejor exponente de nuevas semillas que crecen a partir de raíces profundas. Farruco, flamante figura -que no la última- de un linaje antiguo, nos presenta su visión particular en un espectáculo aún en proceso de creación. Antonio Fernández Montoya -rebautizado Farru por el público gaditano- es carne de escenario desde la más tierna infancia, y tanto en la disposición como en el esquema que sigue en los distintos fragmentos, muestra su respeto por todos los elementos que intervienen en la danza flamenca

Los tres cantaores, y el conjunto musical -cuyos nombres no se citan, por falta de información en el programa de mano- conformado por dos guitarristas, una batería de percusión integrada por cajón, caja, darbuka y crótalos, además de la intervención de un violín, no son "los de atrás"; por el contrario, una vez que la música y el cante han creado un espacio sonoro que nos envuelve, entonces irrumpe el baile como un elemento más, aunque con el poderío de "los gitanos de verdad", como grita un espectador. El bailaor despliega un estilo "por derecho", potente y varonil, donde se funden rasgos contemporáneos con gestos de su abuelo -del que toma su apodo- y líneas familiares. El aleteo de brazos y manos, es igualmente firme, como si atrapara las notas para hacerlas suyas; el juego de pies, por su parte, nos asombra con las variaciones infinitas que es capaz de crear con esa combinación aparentemente simple del "golpe-punta-tacón". La descripción del taconeo, queda gráficamente expresada por la espontaneidad de la espectadora, que presa del delirio, grita, "¡Quillo, que tengo hasta taquicardia!". La herencia oriental, por otro lado, se remarca con las intervenciones del violín y un contoneo de caderas, sensual y masculino a un tiempo, que hubiera dejado en pañales a la pelvis del propio Elvis. El vestuario juega con blanco y negro, raso y pedrería, en contraste con otros materiales más sencillos y es apropiado para cada momento, mientras que como elemento escenográfico, simplemente se juega con un diaporama de fondo que cambia de color indistintamente, sin ninguna intencionalidad estética, lo que habría que mejorar de cara al desarrollo del espectáculo. No se debe dejar de sembrar, no sólo en su progresión o en la presentación de nuevos valores, como en la sorpresa final, en la que se introduce una jovencísima promesa. También es labor del público, como esa voz anónima que desde la oscuridad, alienta a un chiquitín que aún balbucea, "¡venga, dile ole!".

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