Alejado de lo indiferente

No es Federico Guzmán un desconocido en el arte español. No podía serlo en un artista que desde los años ochenta viene ofreciendo muestras de un arte en abierta expansión y donde jamás ha anidado pacatas manifestaciones de pobres intereses. Por el contrario, la obra de este artista sevillano siempre ha estado planteada y llevado a cabo en los máximos esquemas de una modernidad que él, siempre, ha dado un feliz desenlace. De aquella pieza emblemática de los primeros años de la década de los 90 en la que una muñeca se encontraba cubierta con simples cintas de los primitivos ordenadores, hasta el botijo que llena el principal espacio de la galería malagueña, han pasado muchos años, el arte ha vivido tiempos complejos, convulsos y hasta paradójicos. En todo este tiempo, Federico Guzmán ha insistido en su faceta de artista a la vanguardia, ha quemado varias etapas y ha navegado con firmeza por un arte necesitado de mano diestra y de creer en lo que se hacía.

De Federico Guzmán, de su especialísimo trabajo, de su intensidad creativa, de su transitar por un arte valiente y sin cortapisas, se puede estar de acuerdo y se puede diferir abiertamente; pero nunca se le puede achacar que deje indiferente. Desde siempre ha sentado las bases para crear una realidad artística donde todo puede ser posible. Por eso, en esta comparecencia malagueña - un aplauso y la máxima consideración para el trabajo constante y sin fisuras de Javier Marín al frente de su galería de la calle Duquesa de Parcent- Federico Guzmán nos conduce por una obra de muy amplio sentido artístico, con planteamientos plásticos y estéticos de dispar naturaleza y desarrollos conceptuales muy bien llevados a la práctica.

Pintura colorista, semiatomática, con fuerte magnetismo, comparte espacio con un dibujo de profundo conceptualismo, gran economía de medios y fuerte expresionismo. También algunos objetos de aquellas series espectaculares que tenían como principio básico estructuras vegetales que abrían las perspectivas de una naturaleza con mayor longitud significativa que la que la mirada provoca. Y, además, dos especialísimas instalaciones en las que la realidad queda suspendida por infinitas circunstancias semánticas. Un gran botijo, a modo de fuente, que transporta a entrañables espacios domésticos, a la vez que provoca múltiples sensaciones visuales y auditivas. Al mismo tiempo, un particular corro de niños, muy bien estructurados formalmente con una clara intención de multiplicidad, se hace presente, teniendo como referente el impresionante Corro de la Wilaya, que el artista realizó en Artifariti, los encuentros de arte en los territorios liberados del Sahara Occidental.

Estamos, pues, ante una completísima exposición donde se pone de manifiesto la verdadera trascendencia artística de uno de nuestros más significativos creadores.

Afortunada, una vez más, la muestra que Javier Marín presenta en su galería; ese espacio que lleva diez años en la lucha heroica a favor del arte más comprometido

Galería J.M.

Málaga

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