Alécio de Andrade y el arte de mirar

  • Santa Catalina acoge la muestra fotográfica 'El Louvre y sus visitantes' · El artista brasileño exhibe con un lenguaje amable y cargado de humor la relación establecida entre el público y la obra que contempla

Una obra de arte no es solo por la destreza del que pinta o moldea. También se mide en cuanto a la capacidad de cautivar a su público. De este vínculo entre obra-espectador y de la fragilidad del instante en que conectan o dejan de hacerlo para los restos, supo imbuirse el fotógrafo brasileño Alécio de Andrade (Brasil, 1938-Francia 2003) en el marco de uno de los museos más emblemáticos del mundo, El Louvre.

El Louvre y sus visitantes es el título de la muestra que ayer se inauguró al Castillo de Santa Catalina, de la mano de la alcaldesa de Cádiz, Teófila Martínez, el concejal de Cultura, Antonio Castillo, el responsable de la Fundación Caja Rural y director de Otoño Cultural Iberoamericano, Jaime de Vicente y la viuda del desaparecido artista, Patricia Newcomer. La segunda exposición que se abre al público con motivo de la celebración del año de la Capitalidad Iberoamericana de la Cultura de Cádiz.

Juntos alabaron la obra de un artista que supo imprimir de arte una mirada. Lo hizo recorriendo una y mil veces este laberinto creativo que es el Louvre, a lo largo de los 39 años que vivió en la capital parisina. En total se hizo con 12.000 instantáneas, "solo una parte, un borrador de lo que realmente hizo. Porque detrás de cada historia hay un sinfín de imágenes", explicaba su viuda, a la hora de hablar del talante del artista integral que era su marido, a su vez poeta y músico, "que llegó a París animado por sus amigos artistas".

De esta colección se exhiben en la fortaleza gaditana un total de 62 instantáneas, en una exposición que brilló con luz propia en Photoespaña 2011.

Las imágenes que la integran se antojan como pequeñas escenas teatrales en las que Alécio no exprime tanto las afamadas colecciones que atesora el Louvre, como las reacciones de su público al contemplarlas, convirtiéndolo en verdadero protagonista de la escena en pleno museo.

El resultado es una exposición amable y preñada de humor que sabe conectar rápidamente con el espectador. Una gran fotografía del brasileño a mandíbula batiente invita a disfrutarla.

A disfrutar del contraste entre la quietud e inmortalidad de la obra y la vida de quienes la miran. Así se presenta, por ejemplo, a un aburrido guardia de seguridad ante una esplendorosa Gioconda; la curiosa estampa de tres monjitas mirando Las tres gracias o la fortaleza de Eros y psiqué frente a la desaliñada estampa del joven que lo admira.

En definitiva, una oportunidad para espiar las reacciones de las "miles de personas que habitaron sus salas desde 1964 a 2003", puntualizó Castillo, de la mano de un artista brasileño que extendió su arte a París. Porque, como dijo su viuda, "el puente entre América Latina y Europa era muy importante". Como lo es ahora entre España e Iberoamérica, entre Cádiz y Brasil.

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