Crítica de Música

Más teatro que academia

  • Nuria Rial desarma por la forma de decir, por la elegancia de cada frase, de cada acento.

La soprano Nuria Rial junto a los músicos de Accademia del Piacere en el Espacio Turina. La soprano Nuria Rial junto a los músicos de Accademia del Piacere en el Espacio Turina.

La soprano Nuria Rial junto a los músicos de Accademia del Piacere en el Espacio Turina. / juan carlos muñoz

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El mundo de la interpretación musical está tan sujeto a las modas como cualquier actividad humana. En el universo barroco hace tiempo que soplan aires de libertad. Muchos grupos y solistas se plantean recrear las obras del pasado más que someterse a la dictadura académica de la rigurosa letra escrita. Son hijos de Jordi Savall y su estilo vitalista, fresco y de aire improvisado.

En España, la Accademia del Piacere, el grupo sevillano de Fahmi Alqhai, ocupa un lugar preeminente dentro de esta tendencia. Alqhai ha logrado con sus músicos algo nada fácil y de notable mérito: personalidad. Sea en las glosas de las danzas barrocas o en los acompañamientos a obras vocales, sus maneras resultan reconocibles. Hay un deseo indisimulado de conectar con el público, y eso lo logran apostando por un sonido poderoso, un lenguaje muy articulado y una voluntad manifiesta de combinar la exuberancia en el color con la intensidad expresiva.

Nuria Rial desarma por la forma de decir, por la elegancia de cada frase, de cada acento

Son muchas veces ya las que el conjunto ha presentado sus variaciones sobre jácaras, folías, marionas, canarios o fandangos, y aunque los habituales conocen ya muchas de sus fórmulas, la variedad en las instrumentaciones y sobre todo el tratamiento del ritmo y el virtuosismo solista siguen resultando arrebatadores.

Las piezas instrumentales eran esta vez complemento a un programa dedicado a la música teatral de Sebastián Durón. Y eso es lo que ofrecieron Alqhai, su grupo y la soprano tarraconense Nuria Rial: puro teatro.

Rial, que llevaba mucho sin venir por Sevilla, mantiene la naturalidad y claridad de su emisión, la homogeneidad de sus registros y una forma de decir la música que desarma por su fluidez, por la elegancia de cada frase y cada acento, sin que haya un gesto exagerado o fuera de sitio: las arias patéticas sonaron más tiernas que trágicas y las alegres, de un júbilo nunca desbordado. Fue en los matices, en el tratamiento de la retórica (el llanto, el sosiego, los nudos amorosos, los suspiros...), en los ornamentos (especialmente lucidos en los melismas de las dos breves piezas italianas) y en los delicados acompañamientos, con dos violas sopranos haciendo de forma admirable las veces de los violines, donde residió la esencia dramática, sinuosa y sutil, de una música no siempre igual de inspirada.

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