El ala dura planea sobre Rajoy

  • El desplante de San Gil ha desatado un clamor creciente contra la estrategia de Rajoy a un mes de la cita de Valencia

Hace no mucho tiempo, apenas dos meses, una lona de grandes dimensiones colgaba de un edificio de la Gran Vía madrileña, a los ojos del viadante. La lona reproducía una fotografía a gran escala con el gesto pretendidamente hosco de tres iconos de la oposición, a modo de escarnio colectivo. En primerísimo plano, aparecían Mariano Rajoy, Ángel Acebes y Eduardo Zaplana, ligeramente recostados en su escaño. Representaban la imagen largamente demonizada por el PSOE de hacer oposición. La factoría socialista contraponía esa instantánea con una imagen inferior en la misma lona de otro triángulo de poder, compuesto por Zapatero, De la Vega y Solbes, con la leyenda No es lo mismo. La derrota electoral introdujo una alteración drástica en la primera foto. Acebes y Zaplana, fieros y fieles escuderos de Rajoy la pasada legislatura, se fueron difuminando hasta desaparecer por completo de la imagen, dejando sólo a Rajoy, en una impecable metáfora de la soledad que ahora le envuelve. La abiertamente discutida estrategia de Rajoy pasa por romper tajantemente con el ala dura, símbolo del pasado, soltar lastre y emprender una arriesgada renovación de caras para suavizar imagen y discurso.

El nuevo rumbo de Rajoy, incipiente e incierto todavía, ha provocado la fuga consentida de una parte de la vieja guardia, herencia del ex presidente Aznar que paradójicamente él también encarna, de la que trata de deshacerse pero que planea sobre el líder. El último desplante a Rajoy, unido a las renuncias de Acebes y de Zaplana, ha sido el de un icono de la lucha contra ETA. Muy querida por las bases, el portazo de María San Gil no ha dejado indiferente a nadie en el PP. Un dirigente de los populares madrileños con una importante proyección pública en las últimas semanas habla ya sin tapujos de escisión: "El distanciamiento ha producido una fractura entre el partido y las bases, y también con el electorado que nos votó". "Lo de María San Gil marca un antes y un después porque es un referente moral y afectivo del partido", añade.

La catarata de reacciones de relevantes dirigentes del PP como Esperanza Aguirre, Ana Botella, esposa del ex presidente Aznar, o un siempre leal Acebes, amparando la decisión de la dirigente vasca no hace sino confirmar que la brecha de la renovación abierta por Rajoy no ha generado un entusiasmo unánime, sino que por la herida supura más bien un malestar que empieza a descontrolarse -Rajoy se vio obligado ayer a imponer silencio a sus subordinados-, una suerte de ruido de fondo que evoca la escena de la conjura contra César en los idus de marzo, que bien podrían ser los de junio para Rajoy en el cónclave de Valencia.

El descontento con la nueva línea, focalizado en primera instancia en la renovación de los equipos, se ha extendido también al ámbito ideológico con el portazo de San Gil. Un amplio sector del partido apuesta por no modificar la relación con los nacionalismos, cuestión que centra ahora la discusión interna, conservando el discurso de la pasada legislatura, confiados en que la periferia acaba siempre por acercarse en caso de victoria.

Entre los que pregonan un cambio de mensaje hay quien apuesta en privado por limitarlo "a cuestiones como la igualdad, la inmigración o los derechos civiles, en los que debemos ser menos dogmáticos". El dirigente que esto sostiene aboga, sin embargo, por la necesidad de priorizar la defensa de los valores de su partido aún a costa de postergar indefinidamente un giro en la estrategia que propicie una relación más amigable con el nacionalismo: "No debemos rehuir el debate con los nacionalismos, ni tenerle miedo". Otro sector, en cambio, apuesta por dulcificar el mensaje en enclaves como Cataluña, donde atribuyen los malos resultados a la excesiva carga antinacionalista del mensaje.

En esta dicotomía afloran también los dirigentes que apuestan sólo por una renovación de caras, no del mensaje. "El proyecto no tiene por qué cambiar, sino que hay que modular el mensaje, ponerlo en boca de personas claras y contundentes pero no agresivas", dice un cargo público. "El debate es más de forma que de fondo", expresa.

Este mismo dirigente insiste en que el Congreso de junio "tiene que renovar personas, formas y estilos, como los mensajes que se lanzan a sectores como el de la mujer o los inmigrantes". Defensor a ultranza de las primarias, pide un cambio en la elección del candidato a la Presidencia del partido para que las bases voten directamente al líder. Opina que es la mejor salida para apaciguar las aguas revueltas en el PP y para que el líder recupere su autoridad: "Rajoy necesita legitimarse como candidato, como un líder que puede ganar a Zapatero". La iniciativa de las primarias, apadrinada por el madrileño Íñigo Méndez de Vigo, ha cosechado hasta el momento más de 2.000 adhesiones entre la militancia.

Aunque desdramatiza la situación actual, ya que "en periodos congresuales los partidos se ocupan más de los temas internos que de hacer oposición", este mismo dirigente habla, sin embargo, de la necesidad de otra refundación, al estilo de la que Fraga concibió en el Congreso de Sevilla en 1990. "El PP tiene que hacer una segunda refundación, lo necesita", afirma.

Independientemente de si la gravedad de la crisis requiere o no de otra refundación, lo más llamativo de la división interna del PP es que el clamor contra la estrategia de Rajoy, que no se ha explicitado aún contra su figura, continúa creciendo públicamente a sólo un mes de la cita de junio, donde la frágil autoridad de Rajoy podría verse aún más mermada de cerrarse el congreso en falso, algo que apuntan algunos dirigentes. Aunque no se perfilan candidaturas alternativas, el desplante de San Gil ha descolocado a muchos ya que, como referente moral, condensa una buena parte de los valores del PP. La conjura contra César podría ser también la de Rajoy.

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