¿Ojo por ojo?

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Parece descabellado poner puertas al campo de la violencia en un mundo con más de veinte países en guerra y donde una simple discusión de tráfico puede acabar en tragedia. Funcionamos por impulsos desde la más tierna infancia y las pautas culturales que vamos recibiendo se encargan de aplacarlos para humanizar nuestra condición animal, una misión imposible en casos como el de los irreductibles miembros de ETA, cuyo plañidero entorno sigue consolidando la vieja sospecha de que los caraduras tienen la mandíbula de cristal.

Lo de irrumpir maza en mano en la herriko taberna del pueblo y destrozar el televisor y el surtidor de cerveza -dos puntos clave de todo bar que se precie por siniestro que sea- responde a la vieja Ley del Talión, de la que ya hay constancia en el Código de Hammurabi, uno de los primeros conjuntos de leyes en la antigua Mesopotamia que data del año 1760 antes de Cristo. Esto del ojo por ojo, diente por diente aparece hasta en la Biblia, en labios de Moisés, y aunque suene arcaico, nació revestido de progresismo: trataba de evitar que la venganza no fuera desproporcionada respecto a la ofensa.

Nuestros dirigentes políticos han estado ahora a la altura de las circunstancias del siglo XXI. Dicen que no está bien eso de que cada uno se tome la justicia por su mano, pero remarcan que comprenden lo de la maza. Suena a aquiescencia. No es para menos, que los de la herriko taberna se han quedado sin cerveza y sin tele, pero es que unos cuantos centenares de personas se han visto privados de padres, madres, hijos, brazos, piernas... y nunca han devuelto la moneda. Lo que da fe de que este es un país más civilizado de lo que parece y ya ha perdido de vista el ojo por ojo con ETA, que bien se cuece en la olla del desprecio generalizado.

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