Nadie se angustia por el pasado

IBARRETXE, alias raca-raca, ha añadido un par de detalles a su repetitivo y pesadísimo Plan a partir de un razonamiento bastante lógico: si el Gobierno hizo una oferta a ETA para lograr la paz, ¿por qué van a negarle esos avances a un partido tan nacionalista como democrático? Como el PNV estuvo en Loyola, igual que el PSE y Batasuna, dispone exactamente del mismo borrador, cuya interpretación es definitivamente menos manipulable cuando lo confeccionan tres actores en vez de uno.

En ese texto, sólo en poder de los señores del feudalismo político, Zapatero, alias El Improvisador, habría ofrecido a la banda el derecho de autodeterminación del pueblo por el que dice luchar y una especie de solución light para que a medio plazo Navarra y el País Vasco puedan unirse sin que nadie se tire de los pelos. Ibarretxe, que cae mal y además es poco agraciado, no necesariamente debe ser tonto. Ha aprovechado el resquicio socialista para colar exigencias que evocan los más dulces sueños del separatismo. Y ahora -no podría ser de otra forma- la pelota bota y bota en Moncloa, donde nadie se angustia por el recientísimo pasado.

Pero el caso es que el pasado, más o menos enmarañado según las diferentes versiones, debería contar. Aunque sea en un plano simbólico-ético. Aunque reine la impunidad de quienes mueven las fichas en el tablero. Zapatero, presunto máximo estratega en la negociación por la paz, ordenó a sus emisarios poner sobre la mesa cuestiones poco legítimas en forma y fondo. Es de cajón que la posibilidad de que dos comunidades autónomas se unan debería depender de la voluntad de ambas en primera instancia y del aval del resto del país (llámese Congreso) en segundo término. Habrá que suponer que el presidente, tal vez potente adivino, sabía cuál sería la postura de los navarros, encantados de hermanarse con sus vecinos aunque allí gane UPN, un partido nada sospechoso de predicar el panvasquismo.

Todavía turba más el hecho de que la oferta a los terroristas incluyera la autodeterminación. Menudo culto a la aventura. ¿Cree alguien en su sano juicio que ETA y los nacionalistas (en esto sí son equiparables) aceptarían un eventual no a la escisión? Ocurriría como en Quebec, cuyos políticos menos canadienses plantean puntualmente la cuestión con la esperanza de que cuele por aburrimiento. Quizás los propios españoles acabasen pidiendo la división de ese otro grupo de españoles nominales por pura salud mental.

A Zapatero no le importa haberse equivocado. De hecho, jamás lo reconocerá. Gajes de la soberbia presidencial. La izquierda tampoco le pedirá explicaciones. La izquierda goza en este país de una amnistía moral sin fecha de caducidad. Y, encima, ahí sigue el PP, empeñado en destrozarse, incapaz de moderarse, tan críticamente abatido que recuerda los espasmos de un cadáver.

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