Una idea revolucionaria para el Canal

A través de los recuerdos de José Echegaray sabemos algo sobre las circunstancias en que se gestó el proyecto para el cruce del Canal de la Mancha. Hacia finales de 1862 se encontraba Echegaray en Londres, cuando recibió una llamada de Brockmann que, desde París, reclamaba urgentemente su ayuda. Al parecer, había comentado Leopoldo sus ideas con el marqués de Salamanca quién, ni corto ni perezoso, se apresuró a exponérselas a Napoleón III. El emperador dio un breve plazo para que presentara el proyecto, y en pocos días ambos amigos pergeñaron un proyecto, que Leopoldo quiso firmar conjuntamente con José; pero éste, no demasiado convencido del mismo rehusó el ofrecimiento.

El sistema concebido por el ingeniero portuense consistía, en esencia, en la preparación de una superficie de rodadura, extendida por el fondo del Canal, sobre la cual deslizaría un artilugio propulsado por hélices. Sobre este artilugio y por encima del máximo nivel del oleaje, se establecía una plataforma en la que cruzarían el canal tanto los pasajeros como las mercancías.

La vía, con una longitud de 31 kilómetros, debía discurrir entre el cabo Blanc-Nec, en la costa francesa, y el South Foerland, en la inglesa. El proyecto fue desestimado por una comisión nombrada por el emperador, aunque no podemos abstraernos desde los puntos de vista político y económico, que cualquier proyecto que se plantease en 1862 era sencillamente irrealizable. "Hoy sabemos mejor que entonces que el avance de la técnica necesita de soñadores, como Leopoldo Rockmann, que creen posible lo que a los demás nos parecen utopía", dicen muy acertadamente los ingenieros de caminos, canales y puertos Rodríguez Paradinas y Sáenz Ridruejo en su reseña de Historia y Cultura de la Ingeniería Civil.

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