Submarino amarillo

Presunto gol

  • Así se gestó y consumó hace 32 temporadas, a cambio de unos buenos millones de pesetas, el triunfo de la sospecha y de la salvación contra el Nástic en una campaña en la que el Cádiz iba a la deriva

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Pañuelito número uno. Feliz Navidad en Tarragona. Hablando de regalitos. Conviene recordar a los gimnásticos arrogantes y a los submarinistas envalentonados los extraños sucesos acaecidos hace más de treinta tacos en la cumbre de la nada. Los catalanes ya se encontraban hundidos en la tabla. Última jornada de la temporada 75-76. El Cádiz, que no había ganado fuera en toda la campaña, necesitaba los dos puntos (todavía no había llegado el eurosablazo ni la Liga de tres puntos) para evitar el descenso a Tercera y, al menos, medirse al Baracaldo en la promoción, que rimaba con salvación. Dicho y hecho. Y a lo hecho, pecho. Y un tupido velo, que casi nadie quiere mentar en su memoria esta surrealista página de la historia amarilla.

La temporada había resultado terrorífica, tenebrosa, tumultuosa, toda llena de tes, y a pesar de disponer de una gran plantilla, que el año anterior había firmado un quinto puesto y al año siguiente logró su primer ascenso a Primera con retoques de lujo, el Cádiz navegaba a la deriva. No tuvo suerte Vicente Alonso al frente del club, aunque siguió la estela de Gutiérrez Trueba y dejó la gloria a tiro a De Diego. Con fatiguitas, claro. Paco Perea, enciclopédico periodista que descubrió el pastel, el de la gloria y el de la miseria, relata lo acontecido. Mejor comenzar por el final, cuando el legendario Fernando Carvallo, el fino interior chileno que marcó una época, confesó al plumilla tras el encuentro, instantes antes de volver a Cádiz: "Qué vergüenza ganar así. Ya te enterarás". Se enteró todo Cádiz. Presuntamente.

Días antes del choque, los jugadores de ambos equipos habrían pactado ya un dos en la quiniela, con la condición de repartirse cuatro millones de pesetas de las de antes, de las de 1976, entre la plantilla tarraconense. Un jugador con bigote no nacido en Cádiz ejerció de intermediario. Ya habrá gente buscando los cromos para ver quién lucía mostachón. Los hay cotillas. Pero los directivos del Gimnástico, que entonces arrastraba aún la o al final, se percataron de la maniobra cadista, alguien filtró que los jugadores ya estaban primados a cambio de dejarse ganar, lo cual tampoco era muy complicado, y quisieron sacar tajada del vidrioso asunto. Dicho y hecho. Otra vez. Otros cuatro millones de por medio. Ocho en total. Un dinero. Hubo reuniones misteriosas, enigmas al sol, los directivos amenazaron con reventar el tema si no trincaban. Presuntamente, claro.

Así que los teléfonos echaron humo hasta la misma hora del partido. Y el dilema no se resolvió hasta bien entrado el segundo tiempo. A lo justo, oiga. Los mandamases de ambos clubes dieron el visto bueno a la operación cuando los jugadores simulaban un cero a cero bochornoso, a la espera de noticias desde el palco. Y desde el palco, una mano nada inocente sacó un pañuelo blanco, a modo taurino, y eso significaba ¡ahora!, y se escenificó el desenlace cantado de esta historia. El portero tarraconense, apellidado Zamora, como quien no quiere la cosa recogió un rechace y sacó directamente a los pies de Quetglás, el ariete amarillo también denominado el Tecla, que no tuvo más que empujar la pelota a la red, que besó las mallas, como se decía entonces. Un descaro.

Cuenta Perea que, de acuerdo con la investigación que publicó en el Diario, ambos clubes habrían suscrito un contrato por el cual se acordaba el traspaso de un jugador catalán al Cádiz, que extendió un cheque precisamente de cuatro millones de pesetas. Si los amarillos no reclamaban al futbolista antes del treinta de junio, la cosa quedaba en nada y los catalanes trincaban los cuatro kilos de billetes. Dicho y hecho. Nadie reclamó. Pa la buchaka.

Ya en el aeropuerto, el periodista se enteró de que el árbitro estuvo a punto de suspender el partido, se quedó el hombre con el cante y además escuchó una conversación que delató a los contendientes. Un jugador amarillo se tiró en el área, tras recibir una entrada de mentirijilla, y el árbitro no picó. Un jugador catalán llegó a decir al trencilla que pitase la pena máxima, que estaba todo atado, que tenían que perder por nones. Al parecer, los del Tarragona le echaron más cara que espalda. A Carvallo, un tipo íntegro y formal, honesto y cabal, le pareció todo una vergüenza, por eso pidió a Perea que investigase. "Yo no me lo creí del todo, pero luego até todos los cabos. Jugadores y directivos confirmaron la noticia, aun sin corroborarlo con claridad, y el presidente Alonso, al cabo del tiempo, nunca quiso entrar en el asunto". Ahí quedó. Todos fueron pero nadie lo hizo. Presuntamente. Preludio de años repletos de luces y sombras, gestas históricas y bochornos bochornosos, triunfos sonados y escándalos en do mayor.

Como la vida da miles de vueltas sobre sí misma, resulta que entrenaron al Cádiz en esa época Adolfo Bolea y Luis Escartí, santos y señas de la cantera cadista, glorias del club de ayer y de hoy. Uno dejó el Cádiz en la promoción y otro la ganó. Fue ante el Baracaldo. Otra historia para contar.

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