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El otro Hombre Nuevo

  • Sexto Piso presenta por primera vez en español una obra esencial de los maestros rusos de la ciencia-ficción

Arkadi (1925-1991) y Borís Strugatski (1933-2012), en plena escritura compartida. Arkadi (1925-1991) y Borís Strugatski (1933-2012), en plena escritura compartida.

Arkadi (1925-1991) y Borís Strugatski (1933-2012), en plena escritura compartida. / d. s.

El despecho, por decirlo de algún modo, con el que el sector editorial español ha recibido tradicionalmente la obra de los hermanos rusos Arkadi (1925-1991) y Borís (1933-2012) Strugatski es seguramente el mejor ejemplo de la desidia y, ay, la ignorancia con la que se despacha aquí el asunto de la ciencia-ficción. Cabe recordar que durante casi cuatro décadas el lector español únicamente ha tenido acceso a la novela más reconocida de los escritores, Picnic a la vera del camino (escrita en 1971 e inspiradora de Stalker, la película que dirigió en 1977 Andrei Tarkovsi con guion de los propios Strugatski), a través de la edición argentina (traducida del inglés) que el sello Emecé puso en circulación en 1978 con el título Picnic extraterrestre, hasta que la editorial Gigamesh lanzó en 2015 la primera traducción directa del ruso al castellano, con un jugoso prólogo de la recientemente fallecida Ursula K. Le Guin, bajo el título Stalker. Picnic extraterrestre. Es precisamente Gigamesh, en su catálogo orientado a la fantasía y la ciencia-ficción, la casa que en los últimos años mayor acogida ha dispensado a los autores con la publicación de otros títulos clásicos del dúo como Qué difícil es ser dios (1964, con una primera aparición en el mercado español de la mano de Círculo de Lectores allá por los años 80; y, por cierto, llevada también al cine a modo de testamento fílmico por Aleksei German en 2013), Ciudad maldita (1972) y Destinos truncados (1986). Con respecto a los Strugatski, lo poco que tenemos ha llegado demasiado tarde, de manera que para el lector de a pie en lengua española ambos son dos perfectos desconocidos.

Semejante carestía implica, sin remedio, que la visión de conjunto que este lector común puede esbozar de la ciencia-ficción como género histórico es únicamente parcial: los libros citados han dejado una huella más que profunda en los autores posteriores del género (y en algunos contemporáneos como Philip K. Dick, cuyo descubrimiento inevitablemente tardío de los Strugatski significó toda una revelación; para entonces, por contra, los rusos llevaban ya bastante tiempo siguiendo al autor de Gestarescala todo lo cerca que la clandestinidad permitía), pero, más allá del mismo, conviene reconocer en los Strugatski a los más inspirados herederos de la Edad de Plata de la literatura rusa como continuadores, en gran medida, del empeño creador de Mijaíl Bulgákov (cuya presencia en novelas como la dantesca Ciudad maldita resulta evidente). En los personajes rudos, perdidos, violentos y elementales de sus relatos, atados a las circunstancias más peregrinas y peligrosas con tal de seguir viviendo (o, al menos, de tener un motivo para ello), los Strugatski bordaron un retrato fiel del hombre que yace bajo el poder soviético: un hombre que se siente estancado en una realidad asfixiante sin dejar de ser consciente de que el mundo continúa evolucionando ahí fuera (Picnic a la vera del camino), que asiste impasible a la barbarie oficial mientras lucha por mantener en secreto un último hálito de indignación o de rebeldía como resto del ser humano (Qué difícil es ser dios) o que, sencillamente, vive en un infierno en el que son otros los que toman toda las decisiones respecto a su existencia (Ciudad maldita). La realidad aquí descrita no es menos impactante ni menos fidedigna que la que llegaron a describir Solzhenitsyn, Grossmann y Koestler sobre el estalinismo, si bien los Strugatski optaron por la ciencia-ficción para mantener la esperanza de ver sus obras publicadas. Tampoco ellos tuvieron suerte: la mayor parte de sus novelas se quedaron en el cajón de la censura hasta la Perestroika. Fuera de Rusia, como veíamos, han sido otros los agentes que han mantenido a los Strugatski en la sombra hasta hoy; dentro, la oposición frontal de Borís a la política de Vladimir Putin tras la muerte de Arkadi (ambos se mostraron siempre partidarios de un desarrollo plenamente democrático del país en sintonía con Europa) tampoco contribuyó a una normalización de su lectura.

De modo que cada nueva oferta editorial en España a la salud de los escritores rusos adquiere la categoría de hallazgo. Ahora, es el sello Sexto Piso el que pone por primera vez a disposición del lector en lengua española otra de las novelas fundamentales de los Strugatski, Mil millones de años hasta el fin del mundo, escrita en 1976 y considerada a menudo una rara avis en la producción de sus autores dados sus tintes de comedia negra. El protagonista, un astrofísico que cree estar a punto de desentrañar un enigma del cosmos que podría obedecer a una inteligencia superior y por el que podría ganar el Nobel, decide separarse de su familia y aislarse por completo para concentrarse en su trabajo. Sin embargo, lo que empieza con unas extrañas telefónicas termina siendo un ejército de obstáculos que le impiden avanzar en su proyecto, incluidas algunas visitas delirantes como las de una hermosa mujer que insiste en pasar la noche con él, un inspector (en representación del poder político) que le acusa de asesinato y otros científicos empeñados en advertirle de que lo que se esconde al otro lado de su ansiado descubrimiento puede resultar insoportable. Ciertamente, este astrofísico desesperado contiene todos los mimbres de una parodia de aquel Hombre Nuevo que quiso alumbrar la Revolución Soviética. El tono de comedia, eso sí, no evita los escalofríos. El Hombre Nuevo había nacido muerto de miedo.

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