El nacimiento de la Marina de la ilustración

  • El nombramiento de José Patiño y Rosales como intendente general, un punto de inflexión

El 28 de enero de 1717, Felipe V nombró al más laborioso e inteligente de sus colaboradores, José Patiño y Rosales, intendente general de la Marina de España, superintendente del Reino de Sevilla, y presidente del Tribunal de la Contratación.

En lo tocante a lo primero, quedaron fijadas sus ingentes funciones: construcción de los bajeles, su carena y composición; acopios de víveres y pertrechos; razón del consumo; cuenta y razón de los caudales que se distribuyeran para estos fines y en la paga de la gente de mar y guerra; asiento de los oficiales, soldados y marineros; fábricas de artillería, jarcias, lonas, betunes…; cuidado de los almacenes; surtimiento de las armadas, flotas y escuadras; promoción y conservación de montes y plantíos para la construcción naval, etc.

El nombramiento de Patiño como intendente general puede considerarse el acta de nacimiento de la nueva Marina española, destinada a la protección de las costas en el océano y el Mediterráneo, y del tráfico marítimo; en particular del comercio de Indias. Todo lo perteneciente a la Armada quedó absolutamente separado de la Casa de la Contratación.

Guillén. Guillén.

Guillén.

Con el objeto de desarrollar los nuevos planes navales, el Rey dispuso que toda la atención y el cuidado se pusiera en el Puerto de Cádiz; ciudad a la que pasaría el intendente general para fijar su residencia. Patiño dio muestras inmediatas de su proverbial actividad y, muy poco después de su nombramiento, en el Cabildo municipal celebrado en la mañana del jueves 11 de febrero, el procurador mayor dio cuenta de que se esperaba llegase a la ciudad en el mismo día. Para cumplimentarlo, se nombró una representación de capitulares.

A la sazón, las competencias de los asuntos de Marina e Indias estaban asumidas por la Secretaría de Estado y del Despacho de Guerra, desde que la Secretaría del Despacho de Marina e Indias había sido suprimida en abril de 1715. Y así continuaron hasta su restablecimiento en enero de 1721.

La Real Compañía de Caballeros Guardias Marinas

Nada más llegar a Cádiz, el verdadero fundador de nuestra Armada naval del siglo XVIII trató de establecer una Compañía con nombre de Guardias Marinas, donde recoger a "la nobleza de España sin carrera, poco aplicada a seguir ninguna, y en una crianza que no se le distinguía de la plebe".

Para ingresar, se exigió a los aspirantes la hidalguía de sus cuatro apellidos; que contasen entre los 12 y 18 años; y que supieran leer y escribir.

Si bien se desconoce la fecha precisa de la fundación de la Compañía, la lista de los admitidos fue comunicada el 1º de febrero de 1717, a los que se les tomó asiento seis días más tarde. El 26 del mismo mes se pasó revista a los primeros cadetes, que embarcaron en Pasajes rumbo a Cádiz y arribaron el 22 de marzo.

En las siguientes semanas fueron llegando más jóvenes, hasta alcanzar a ser 129, que conformaron la primera promoción. El mayor número, 55, lo proporcionó Andalucía, seguida de Guipúzcoa y Navarra con 39. En el mes de mayo los guardias marinas fueron embarcados en los navíos de la Armada de Levante destinados a la conquista española de Cerdeña, donde recibieron su bautismo de fuego. Mientras tanto, entre junio y diciembre de 1717, continuaron afluyendo a Cádiz nuevos cadetes.

Su uniforme y fornituras fueron idénticos a los de las Reales Guardias de Corps, con galón dorado en lugar del plateado de éstas. En septiembre de 1719, la Real Compañía de Guardias Marinas fue igualada a los Regimientos de las Reales Guardias Españolas y Walonas; y, en mayo de 1729, a las Reales Guardias de Corps.

Patiño instaló a los guardias marinas en el Barrio del Pópulo, "en unas casas que fueron de la morada del Sr. D.. Juan de Villavicencio, que están a espaldas de la Cárcel Real", ampliadas con los cuartos que anteriormente habían usado los gobernadores; según la petición realizada por el intendente general al Ayuntamiento, y a la que se accedió. Sirvió de medianera la muralla medieval.

Durante algo más de medio siglo la Real Compañía de Caballeros Guardias Marinas subsistió en la ciudad de Cádiz, y pasó a la villa de la Real Isla de León cuando se trasladó el Departamento Marítimo en 1769. Años más tarde, la primitiva Casa Capitular y la Posada de la Academia quedaron unidas en el nuevo edificio consistorial.

Los Batallones de Marina

El 28 de abril de 1717, Miguel Fernández Durán, secretario de Estado y del Despacho de Guerra, quien lo había sido de Marina e Indias, trasladó a Patiño las "Instrucciones para la formación y establecimiento de los Batallones de Marina": un Cuerpo de Tropas destinado a efectuar "el servicio de mar y tierra en los bajeles, puertos y plazas donde fueren destinados". Las instrucciones tuvieron fuerza de Ordenanzas.

Cada batallón debía componerse de 600 hombres, además de sus oficiales, repartidos en 6 compañías de a 100 individuos cada una: 10 sargentos, 16 cabos, 72 soldados, un tambor y un pífano. Además, en cada batallón habría un ayudante. Los capitanes de las compañías serían tenientes de navío, y los tenientes de las mismas alféreces de navío.

Tres eran las banderas: una, la de los capitanes-comandantes de cada batallón, moradas con las armas del Rey y un ancla en cada esquina; las demás, blancas con la Cruz de Borgoña y las cuatro anclas en las esquinas.

El vestido del soldado se compuso de casaca, chupa y calzón de paño azul, con vuelta y forro colorado, y botones de cobre dorados; medias coloradas; sombrero con el canto bordado con un galón de seda color de oro; camisa; corbata y zapatos.

Además del sombrero, todos los soldados, cabos, tambores y pífanos tenían una birretina de granadero del mismo paño azul, y su cartón al frente no muy levantado, guarnecido con piel de oso negra.

El vestido de los sargentos poseía, en la orilla de la vuelta, un borde de un galón de oro, y otro galón sobre la misma vuelta; mientras que en el vestido de los cabos sólo existía el borde del mismo galón en dicha orilla. Tambores y pífanos llevaban libreas, también de paño azul.

En cuanto al armamento, cada cabo y soldado portó fusil con bayoneta; un cinturón de ante; un sable corvo mediano; una bolsa granadera de vaqueta; y un hacha de mano.

El mismo año de 1717, siendo inspector general de Andalucía y presidios de África, Álvaro Navia Osorio, Vizconde de Puerto, reformó en Cádiz los segundos Batallones de los Regimientos de la Corona y Marina. Y, poco después, de los mismos formó el inspector de Marina, José de Vicaría, los dos primeros Batallones de Marina, con 12 compañías.

Cada batallón contó con una compañía de granaderos, formada por dos sargentos, 36 soldados y un tambor; mandada por el capitán y el teniente más antiguo. Al marchar el batallón, esta compañía distinguida lo hacía a la vanguardia con las armas terciadas, mientras que las demás compañías las llevaban al hombro. Las banderas eran portadas por los tenientes más modernos.

En lo correspondiente a su antigüedad, quedó establecido que los Batallones de Marina debían tomar "la inmediata al Regimiento de la Mar de Nápoles de que se formaron"; es decir, desde 1537.

Asimismo, el 28 de abril de 1717 se dieron las Instrucciones para el establecimiento de dos Brigadas de Artillería en la plaza de Cádiz, al servicio de la Armada.

El Real Arsenal de La Carraca

Los caños, islotes y marismas del fondo de la bahía gaditana sirvieron de lugares seguros para las invernadas y carenas de las embarcaciones de mayor porte, sobresaliendo el caño de Sancti Petri, el Puente de Zuazo con su Real Carenero, y los esteros de La Carraca.

Cuando la Junta de Guerra de Indias resolvía que se despacharan galeones y otras naos de Armada, se efectuaban reconocimientos para declarar los navíos que eran capaces de ser carenados, y los que debían quedar excluidos de servir para la guerra.

Seguidamente, a los bajeles que habían de aprestarse en la Bahía de Cádiz se les daba carena en los esteros de La Carraca, con preferencia a los demás sitios; donde acudían carpinteros de ribera, calafates y cabilladores, que trabajaban a las órdenes del capitán de las maestranzas y los respectivos maestros mayores. Los correspondientes materiales eran proporcionados por el tenedor de bastimentos.

En 1717, Patiño examinó todos los contornos de Cádiz; visitó los antiguos careneros y almacenes; y llegó a la conclusión que nada de lo existente podía servir para levantar un grande y moderno arsenal de Marina.

Señaló al Rey que era preciso emprender esta obra ex novo, en un lugar que no pudiera ser atacado por mar ni por tierra sino con extraordinarias dificultades para quien lo intentara. Y determinó que ese sitio fuera La Carraca.

Para comenzar inmediatamente los trabajos, el intendente general solicitó que a Cádiz se desplazara el ingeniero militar Ignacio Sala, destinado en Barcelona; pero su necesaria presencia en la misma hizo que se suspendiera su llegada. Sala continuó trabajando en la Ciudad Condal y, en el mismo año de 1717, le fue renovada la orden de pasar "a las obras de los arsenales de Marina de La Carraca y Puente de Zuazo".

Conocemos, gracias a la labor investigadora del doctor en Historia José Quintero González, la fecha exacta del comienzo de las actividades constructivas: "el día primero de junio de mil setecientos diez y siete", según se contiene en el testamento de Esteban Felipe Canales, del Consejo Real de Guerra, e intendente de Marina, conservado en el Archivo Histórico Provincial de Cádiz.

Otras fuentes documentales, de procedencias y características diversas, son igualmente concluyentes y confirman que el Real Arsenal de La Carraca empezó a erigirse en 1717.

Es, por tanto, el más antiguo de los grandes arsenales españoles del siglo XVIII; anterior a los de Ferrol, Cartagena y La Habana.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios