I Premio Federico Joly | Anne Hidalgo

La última esperanza del socialismo francés

  • Su carrera política creció al lado de Martine Aubry, hija de uno de los padres de la nueva Europa, Jacques Delors. Ahora vuela sola

A la boda de Anne Hidalgo en 2004 con Jean Marc Germain acudió una representación de sus amigos de San Fernando. Algunos de ellos observaban la nómina de invitados con la boca abierta. Casi todo el socialismo francés estaba allí congregado, con Jospin, Aubry y Hollande a la cabeza. Tanto Jean Marc como Anne formaban parte del círculo más cercano de Martine Aubry, por entonces alcaldesa de Lille. Aubry es hija de uno de los fundadores de la Europa moderna, Jacques Delors, y la novia aquel día era la persona de máxima confianza de Bertrand Delanoë, el político que había conseguido arrebatar a la derecha la alcaldía de París. Aquella novia hoy es el principal cargo institucional de lo que queda del socialismo francés tras la presidencia de François Hollande, lo que queda de un partido que en las últimas presidenciales sufrió la humillación no ya de perder unas elecciones, no ya de no alcanzar la segunda vuelta, sino de quedar quintos en la primera vuelta con poco más de un 6% de los votos con un candidato irrelevante, Benoit Hamon. Benoit Hamon ya no está en el Partido Socialista. Tampoco lo está el que fue su rival en la Administración, el catalán Manuel Valls. ¿Qué le queda al socialismo francés? Anne Hidalgo.

Inspectora de Trabajo, Hidalgo era una joven procedente de Lyon con inquietudes políticas de formación muy técnica y brillantísimo curriculum académico. No se afiliaría al partido hasta 1994, cuando ya contaba 34 años. No venía de las juventudes, que es la cantera de una organización que, como ella misma declaraba en 2001, "en los años ochenta sólo se hablaba de las personas como futuras detentadoras de cargos". Era el socialismo de François Mitterand, casi un monarca, el primer presidente socialista de la V República. Y a Hidalgo el socialismo de Mitterrand le causaba un profundo rechazo. Pero ocurrió el gran batacazo, otra humillación del socialismo francés. En las legislativas de 1993, el centro derecha alcanzó más del 80% de los escaños en la Asamblea Nacional. El líder socialista, Pierre Bérégovoy, ex primer ministro de Mitterrand, todavía presidente, se pegó un tiro en la sien un mes después. Era una metáfora. Aquel suicidio, dejó "sonado" a Mitterrand. El viejo socialismo, patriarcal, ensimismado, machista, recreado en las glorias de una poco investigada Resistencia, agonizaba.

Fue entonces cuando apareció el relevo. Martine Aubry y Lionel Jospin iniciaron un movimiento de regeneración desde dentro. Desde dentro porque ninguno era un desconocido en el socialismo francés. Jospin era el jefe del partido bajo la presidencia de Mitterrand y fue ministro suyo. Aubry, como se ha dicho, era hija de uno de los ideólogos de Maastricht, Jacques Delors. La música del mensaje jospinista sonaba mejor a los oídos de la idealista y feminista Hidalgo. Tan crítica ella con el socialismo, empezó a pensar que "la crítica podía hacerse desde dentro del partido, que ahí sería más útil. El discurso de Jospin era sobre la proximidad, sobre el cómo volver a acercar la política al ciudadano", ha recordado en entrevistas Hidalgo.

A Aubry le sorprendió de la nueva militante su capacidad de trabajo y su seriedad y se la llevó con ella cuando Jospin, nombrado primer ministro en 1997, contó con Aubry para realizar reformas claves desde el Ministerio de Trabajo. Aubry fue la artífice del PACS, un pacto de igualdad entre hombres y mujeres en la administración y de la jornada laboral de 35 horas. Hidalgo fue fundamental a la hora darle cuerpo jurídico a esas transformaciones. Hidalgo, por tanto, estaba en el momento clave en el que se realizaban las mayores contribuciones del socialismo francés en los últimos treinta años.

Eso le dio pedigrí interno, pero pocos franceses conocían quién era esta inspectora de Trabajo andaluza que había llegado a París con el ideal de conocer a Sartre y a Simone de Beauvoir. No los conoció, pero sí conoció a un hombre nacido en Túnez, reconocido homosexual, que iba a acceder al mayor despacho de toda Francia. Se encuentra en el Hotel de Ville, como se conoce al Ayuntamiento de París y allí estaba el sillón que acababa de abandonar Jacques Chirac. Era Bertrand Delanoe y él había escogido como su número dos a Hidalgo, la mujer que había puesto en pie la letra de las reformas de Aubry.

No llevaba ni un año en el cargo Delanoe cuando en la celebración de la primera noche en blanco de París, rodeado de miles de personas, es apuñalado por un desequilibrado, un fanático religioso que detestaba a los homosexuales. Durante su convalecencia Hidalgo se hace cargo de la alcaldía, pese a no tener experiencia de gestión. A su regreso, Delanoe ya tiene claro que cuenta con una sucesora. Pero los planes de Hidalgo son otros y en 2005 admite que le dice a Delanoe que está pensando dejar la política. Él la convence: "Tú sabes que esta ciudad es la ciudad de tu destino, aquí tienes que quedarte", dice ella que le dijo.

Y si no quería política iba a tener política de la buena porque a partir de ahí se desata una batalla a dentelladas en el socialismo francés, un avispero de descomunales proporciones. Se produce entre los años 2006 y 2008. E Hidalgo toma posición. Lo hace encabezando un demoledor manifiesto firmado por 143 mujeres, las "143 rebeldes", afeando a la candidata socialista Segolene Royal su frivolidad y su pasarela por los platós, recriminando que abanderar ser mujer necesita de hechos más que de poses. Al fin y al cabo, Hidalgo siempre ha dicho que en política ha encontrado más obstáculos por ser mujer que por ser española. Aquella disputa marcará una rivalidad que nunca se resolvería.

Por entonces, todavía es compañero de Segolene un dirigente más oscuro, sin aparente carisma, llamado François Hollande, que como secretario general del partido es el encargado de controlar el aparato de una organización que es un gallinero. Como era de prever, Sarkozy arrolla a la candidata socialista, con lo que la guerra por el liderazgo socialista nunca acaba.

Hidalgo, a la que se le conoce por tener un puño de hierro en guante de seda -"si no fuera luchadora, no estaría aquí"-, decide dar un paso al lado y sumergirse en la gestión local. Trabaja para lograr la alcaldía en las que iban a ser sus primeras elecciones como cabeza de cartel. No se antoja sencillo por la deriva que van a tomar los acontecimientos. Ya no están en liza los dos personajes que le provocan mayor distanciamiento, el ex director del FMI, Strauss-Khan, por el que siente repulsión, y Segolene Royal, su enemiga íntima. No ve que tenga nada que ganar entrando en ese ring y cuando Hollande no sólo sale triunfante de las primarias sino que alcanza la presidencia de la República lo saluda como un aliado. Un aliado que había derrotado a su mentora, Martine Aubry. Pero esa postura es pura cautela.

Así llega 2014, su momento. Y su momento es el peor momento. Hollande y otro español, el catalán Manuel Valls, como ministro de Interior, protagonizan una especie de cohabitación del mismo color y la popularidad de ambos está por los suelos. Hidalgo se desmarca y llega a afirmar que "la política nacional va mal y no oculto que tenemos un poco de angustia, pero creo que los parisienses no van a castigarnos porque el Gobierno lo esté haciendo mal", dice Hidalgo antes de su primera gran cita con las urnas. Hidalgo consigue la distancia con su partido en caída libre que le lleva la alcaldía.

Y como la venganza se sirve fría, Aubry, enfrentada a Hollande desde hace décadas, espera su momento para lanzar un manifiesto en un país de manifiestos. Lo llama "salir del impasse". Son los estertores de la presidencia Hollande, en 2016, y entre los firmantes está Bruno Julliard, el más cercano colaborador de Hidalgo. La alianza Aubry-Hidalgo, así queda claro, nunca se ha roto.

Enrique Rubio, corresponsal en París de la agencia EFE, lo explica así a petición de Diario de Cádiz: "Hidalgo es a día de hoy casi la única política del Partido Socialista que mantiene cierto capital de simpatía entre la ciudadanía. Eso parece hacerle apuntar a objetivos mayores. Diría que, para ser miembro de un partido absolutamente a la deriva, Hidalgo mantiene el tipo". Haciendo un símil con una religión en Francia, el Tour, parece que ha llegado la hora de que el co-equipier que nunca aspiraría al maillot amarillo ataque en el peor puerto posible para el socialismo francés. Ríanse del Mont Ventoux.

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