Pastor: tradición y oficio casi en peligro de extinción

  • La media de edad de los ganaderos ronda la cincuentena · Cuesta encontrar relevo generacional en el pastoreo, una labor muy sacrificada, aunque hay excepciones

El villamartinense Joaquín Salguero, conocido como 'el gastoreño', ha sido pastor trashumante, de los de colada y cañada real. Era de los que cogía el petate para volver tres meses después a casa. De los que ya no quedan. Aprendió el oficio junto a su padre: una profesión dura, de 24 horas al día. Todos los días del año. Ahora, a sus 36 años, está en paro y echa una mano a su hermana Isabel, ganadera desde hace cuatro años, que dejó un día los estudios de Derecho, que cursaba en Sevilla, para entrar en un sector que conoce prácticamente desde la cuna pero casi vetado para las mujeres. Ambos son la excepción en un oficio que, a duras penas, tiene relevo.

La mayoría de los pastores que se echan a diario al monte en los pueblos de la Sierra de Cádiz roza o supera la cincuentena. Y cada vez quedan menos ante una profesión arraigada a la tradición de pueblos como Grazalema, Villaluenga del Rosario y Benaocaz. Es hasta ahora la única manera de explotar económicamente el medio natural de estas zonas agrestes y montañosas para el sustento de cientos de familias. Y encima, son piezas indiscutibles para la conservación del ecosistema.

Por eso, el sector ganadero serrano ha acogido de buen grado la iniciativa que abandera el Ayuntamiento de Villaluenga del Rosario de impulsar una escuela de pastoreo con vocación autonómica para dinamizar este sector productivo. "Será difícil la incorporación de los pastores consagrados. Pero muy interesante para los que se inicien", aseguran desde la Asociación de la Oveja Merina, que agrupa a 33 ganaderos dedicados en cuerpo y alma a proteger y ampliar la raza merina pura con una cabaña actual de 5.000 cabezas.

Antonio Barea lleva tres décadas pastoreando en las montañas payoyas. Lo del proyecto de la escuela lo ve con buenos ojos. Todo sea por mejorar las condiciones de un modo de vida, que no pasa precisamente por sus mejores momentos con costes de producción por las nubes y con el mercado en picado. "Cuando empecé hace 30 años, los cabritos y corderos valían más que ahora".

Él representa a esa parte del sector que se dedica a la actividad extensiva, donde el rebaño rústico pasta y duerme al aire libre en el área del Parque Natural de Grazalema. Esta modalidad se salva en cuanto a rendimiento con relación a otros ganaderos que viven en zonas de campiña. Porque el tirón de la producción de los quesos artesanales en pueblos como Villaluenga, El Bosque y Grazalema ha auspiciado, en los últimos años, una leve subida de la leche de las razas autóctonas, que salva un poco los números.

Con todo, Barea describe el pastoreo como un oficio "muy sacrificado" y "vocacional". Y que lo digan: su ganado pasta en mitad del monte, hasta donde llega cada día andando o en caballería para ordeñar. Los accesos son casi impracticables.

"Necesitamos que se acondicione el campo, que la administración se vuelque para que no se pierda la tradición", apostilla. De momento, ya hay algún remedio. Por ejemplo, la administración ha empezado a facilitar 'ayudas de suplencia' a cooperativistas en caso de que el pastor necesite ser sustituido por otra persona ante una enfermedad o días de asueto.

En el otro extremo de la Sierra, en Villamartín, tiene su negocio Isabel Salguero, 38 años, ganadera y madre de dos hijos. Junto a su marido Manuel Conde, pastor de oficio, gestiona su propia cabaña de ovejas de la raza Assaf. Unas 160 cabezas.

Isabel, que heredó la labor de su padre y su abuelo, no se achanca ante los problemas y resiste en un sector complicado, que es más difícil, si cabe, para conciliar la vida laboral y familiar de las mujeres. Matiza que es ganadera pero conoce a la perfección el oficio de su casa, la del pastor, quien está a pie de cañón "llueva, ventee o haga calor". Ella está implicada a base de esfuerzo y de llamar a muchas puertas en sacar adelante su ganadería y en un futuro su proyecto para elaborar quesos. Pero no es fácil. "Ayudas nulas" y el "panorama muy negro", sostiene.

Pese a ello, reivindica la adaptación de la profesión. De lo contrario, "lo llevamos claro. Al ganadero se le ha considerado siempre como a un palurdo, un cateto... Sin embargo, hoy en día, hay que estar atentos a cada novedad, gestión, papeleo y otras muchas cuestiones que atender", afirma. Cree que la iniciativa de abrir una escuela profesional de pastoreo en la Sierra puede ser una "herramienta para defendernos", concluye este mujer.

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