Rock Festival de música independiente en El Puerto

Los viejos chicos de negro que arrancaron pucheros a los cuarentones bailones

  • The Wire, el grupo punk que se codeó en los 70 con todas las leyendas, entrega un concierto de impecable factura preñado de antigüedades · Los Coronas deslumbran con su sonido fronterizo y un abuelete llega del espacio interestelar

Si hay un país para viejos en este planeta, ése es el del rock and roll. No voy a decir, qué tontería, que la jornada inaugural del Monkey en el Monasterio de la Victoria fuera un geriátrico, sería excederme, pero mentiría si dijera que la chiquillería llenó el recinto. Primero, el recinto no se llenó; segundo, cuando The Wire, que ahora hablaré de ellos, ejecutaron el Underwater como su segundo bis, una canción de la clase media dentro de los himnos de principios de los ochenta, uno se vio rodeado de improvisados saltarines en un arco de edad entre los 35 y los 45. Luego vienen las toses, el uf, tengo que dejar de fumar y el ay, me duelen las piernas. Quienes les hacían brincar eran cuatro señores vestidos de negro que, por su cara, podían ser profesores universitarios que en sus tardes de sábado se despachan tés con canapés hablando de que esta juventud está perdiendo los valores.

The Wire competían en el año 78, y de esto hace treinta años, con la burguesía punkarra. Estaban lejos de la aristocracia que representaban los Pistols, los Clash o los Jam, pero rulaban con los Buzzcocks, los Vapors y los Boys. Lo suyo, sin embargo, no era de la encantadora simplicidad de sus contemporáneos y, cuando llegaron los ochenta, ellos se establecieron mucho mejor con sus alteraciones tecnológicas. Todo ese recorrido estuvo ayer presente sobre el escenario de La Victoria. Ese recorrido fue transitado por quienes lo vivieron como chavales, observando a estos señores agradables que pasaban de lo punk al tiquitiqui de la percusión ochentera, que fue la que, precisamente, mató al punk. Se vio a alguno emocionado. "Con lo que yo he sido...", reflejaban sus caras, sus barrigas y su pelo canoso. Y los jóvenes también se lo pasaron muy bien.

Pero si alguien quería más chutes de experiencia, espérense que les cuente lo de Silver Apples que, pese al nombre en plural, es sólo uno, un viejete que en 1968 se incorporó con un inseparable colega, ya fallecido, a la escena de la costa oeste psicodélica. Me figuro este momento en su casa, con su hijo diciéndole a sus nietos: "Decidle adiós al abuelo, que se va otra vez de gira". "¿Otra vez, abuelo? Llévate tus pastillas". Pues fue una revelación, así como lo oyen. Este hombre que ha pasado los 60 hace tiempo se encierra con sus artilugios electrónicos bajo una cortina de humo artificial y es capaz de crear melodías que nacen de los protones y los electrones con una admirable soltura. Un guitarrista que ha pasado por varios grupos de la provincia, Luigi, me lo comentaba al final de la actuación: "Es cuestión de cogerle la onda, pero, cuando se la coges, no sabes cómo, te envuelve. Te embelesa". Y así fue. El público lo siguió con un silencio respetuoso porque el abuelo no era un cualquiera, era un virtuoso.

El resto de la jornada tuvo sus picos y sus descensos. Tokyo Sex Destruction, cuyos componentes se llaman todos Sinclair para explicarnos que su devoción por MC5 es su seña de identidad, ofrecieron un miniconcierto compacto para lo bueno y para lo malo. Todo su torrente de sonido acudía como una marea, sin ocasión de descifrar las partes que lo componían. Cinco canciones buenas, tres indiferentes y una deliciosa, lo que tampoco es tan mal bagaje.

De Paco Loco Trío es fundamental decir que es lo menos parecido a un trío. Y lo menos parecido a un trío es cualquier cosa que no sea tres. Con dos baterías y tres espléndidas gogós -he aquí un trío-, entusiasmaron a sus incondicionales. Hay algo seguro: es un grupo que se lo pasa bien sobre el escenario y eso se transmite, lo que no tiene poco valor. Quizá ( y es una opinión tan tonta como cualquier otra) el repertorio necesitaría algo más de gancho, pero este comentarista también necesitaría algo más de muchas cosas y no es quién para criticar. Hubo división de opiniones. A unos les gustó mucho, a otros les gustó muy poco y punto, pero Paco Loco siempre se merece el respeto de quien ha sido capaz de agitar la escena musical desde su llegada al sur.

La noche se cerró con Los Coronas, madrileños recién llegados de México con una indumentaria charra que trasladaron desde el primer acorde a una actuación que era una piñata de guiños a los amantes de la música fronteriza. Fernando Pardo y los suyos, con su monólogo instrumental, tuvieron momentos de compenetración gloriosa para untarnos del polvo del desierto, ése que se impregna al sur del Pecos.

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