Flotando en el espacio

Danzar es algo parecido a flotar, fluctuar o incluso volar. A veces tan inefable, que puede resultar increíble aportar una visión de la realidad a través del arte del movimiento. Sobre esta cuestión reveló algunos misterios Carmen Werner en su conferencia -no bailada, como se anunció en un principio, sino dialogada con el público asistente- en el templo del escenario del Teatro Falla. Más tarde, dentro de otra de las actividades dedicadas a la compañía Provisional, la bailarina Laura Marrero ofreció un trabajo unipersonal coreográfico en el Castillo de Santa Catalina, creado por ella misma. Se trata de una pieza muy personal donde optimiza su propio físico, en especial su figura esbelta aunque un tanto desgarbada, además de su hermosa y larga melena de color castaño. Dentro del monumento, se escogió la sala alta San Juan de exposiciones, el ala izquierda. De este modo, el público se encontró con un espacio rectangular con varias filas de cojines, rematadas con otras de sillas, orientadas hacia el improvisado espacio escénico, aunque en cuanto empezó el espectáculo, el respetable optó por seguirlo de pie, buscando una mayor visibilidad. Como suele suceder cuando se lleva el baile a un ámbito no teatral, el lugar adquiere una nueva dimensión y perspectiva. De hecho, la secuencia inicia con una suerte de apropiación del espacio, buscando "donde agarrarse" o, al menos, apoyarse. Los cambios de estilo musical y la ruptura de la línea de trasvase de energía parecían representar los giros inesperados, para bien o para mal, de nuestra incierta vida normal, que nos obliga a mantener el equilibrio, que conseguimos a veces "por los pelos", como esa cabellera flotando en el aire durante veinte minutos de magia.

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