Un torero tocado por los duendes

  • Morante de la Puebla cuaja una gran faena en todos los tercios en Jerez a un toro de Núñez del Cuvillo y cautiva a los aficionados, que pidieron con fuerza el rabo

GANADO. Toros de Núñez del Cuvillo bien presentados, de juego variado, destacando primero y quinto. TOREROS: Finito de Córdoba, leve división y silencio. Morante de la Puebla, ovación tras aviso y dos orejas con petición de rabo. Salió a hombros. El Cid, silencio y palmas. INCIDENCIAS . Tres cuartos de entrada con nubes y claros.

Morante fue el lícito protagonista de la tarde, cuajando a un gran toro de Cuvillo en todos los tercios, con un manantial de toreo caro que embriagó a toda la plaza. A todos menos a tres. Ni a Finito de Córdoba ni El Cid, porque no estuvieron, y ni a la autoridad porque no se enteró. No sabemos que esperaba que hiciera Morante para darle el rabo que pedía el público -tal vez que hubiera picado personalmente el toro- y sin duda que lo matara de un estoconazo, que fue lo que no pasó porque la estocada, que hizo rodar al astado, se quedó en media.

Porque Morante hizo de todo. Está poseído de tal afición en este momento profesional que lo mismo luce con valor y capacidad frente al toro malo -recuerden lo del viernes- que quiere hacerle de todo al bueno. Y así fue porque al quinto toro de Núñez del Cuvillo, Gastador, un gran toro a mi juicio, le quiso torear en todos los tercios: meciendo la verónica en los lances de recibo, quitando con gracia y arte por chicuelinas, regalando las verónicas con el tercio cambiado, pareando con todo el ángel del mundo y dibujando el toreo soñado con la muleta. No se puede estar mejor. Como Dios ha tocado a este torero con una varita dotándolo de la cualidad de enloquecer al público, solamente podemos decir que ayer en Jerez, los duendes del toreo volvieron a tocar a José Antonio Morante Camacho.

Y entre el muestrario de suertes, el empaque y esa serena galanura para moverse por la plaza, para componer la figura... Un espectáculo que admite todos los adjetivos, ponga el lector el que quiera.

Ya electrizó a la plaza con las verónicas de recibo a su primero. El toro, suelto, sin fijeza y corretón en la brega, fue complicado y con peligro en la muleta. Muy molesto, el torero no se aburrió, oponiéndose a las maldades con firmeza y valor. El gazapeo del astado retrasó y malogró el remate con la espada, pero el torero estuvo lo que se dice bien con arreglo al toro.

Pero con el quinto fue otra cosa, por fin le embistió un toro, jabonero barroso de capa. Morante asombró a la verónica parando y perfiló la chicuelina -lance vulgar en muchas manos que la ejecutan hasta la saciedad- en un dechado de elegancia. Cambiado el tercio, ordenó a que no se bregara, fue para "Gastador", y le liga una serie de verónicas lánguidas y perezosas haciendo crujir otra vez la plaza. Para chillarle. Una barbaridad.

Ya estaba todo el circo conmovido cuando tomó los palos y se dispuso a banderillear. Tres cuarteos sobrios, citando en corto y despacio, adornándose y clavando en la cara, para salir con majeza de la suerte. Una belleza. Solamente faltaba un psiquiatra en aquel manicomio.

Y con la muleta... El toro alegre y el torero dispuesto, inspirado y genial. Una faena maciza que comenzó con el cartuchito de pescao cambiando el viaje y remató firmando con la muleta plegada: la primera estrofa al natural, la segunda por la derecha y las demás alternando las dos manos: todas abrochadas, muy despacio, muy cerca, la muleta tersa, el toro por los vuelos, la planta quieta, y ligando los remates por la barriga, ahora con el de pecho, ahora con la trincherilla y por último con el molinete invertido. Dejó el número de la zapatilla dibujado en la arena. Y con una naturalidad... No sé cómo contarlo.

Finito y El Cid estuvieron espesitos. El primero fue un gran toro y los restantes cierto es que tuvieron dificultades, pero nada que no pueda resolver una figura del toreo. A Finito se le fue ese primero y lo intentó con el cuarto, y El Cid, contó con el peor lote. Los duendes no tocaron a nadie más.

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