Un gallo mexicano con gran valor

  • Arturo Macías, ovacionado, se la juega en su confirmación y demuestra haber superado la grave cornada que sufrió en la pasada Feria de Abril · Miguel Abellán y César Jiménez fueron silenciados

GANADERÍA: Se estoquearon cuatro toros de Martelilla, uno de Navalrosal, en tercero, y un sobrero de Domínguez Camacho, en quinto lugar. Encierro muy dispar en hechuras; protestados por falta de trapío segundo, sin remate, y tercero. El primero, manso; segundo, parado; tercero, derrengado; cuarto, noblón y sin clase; quinto, deslucido; y sexto, muy parado. TOREROS: Miguel Abellán, de crema y oro. En el segundo, estocada que asoma y tres descabellos (silencio). En el cuarto, estocada y tres descabellos (silencio). César Jiménez, de blanco y oro. En el tercero, entera (silencio). En el quinto, dos pinchazos y un descabello (silencio). Arturo de Macías, de blanco y oro, que confirmó alternativa. En el primero, estocada (palmas tras un aviso). En el sexto, estocada (saludos). Incidencias: Plaza de toros Monumental de Las Ventas. Martes 11 de mayo de 2010. Lleno en tarde de viento y frío.

Es la historia de un gallo mexicano: Arturo Macías. Uno de los reyes en su tierra, que llegó este año a España para pelear en gallera ajena. Triunfó en Valencia, con cogida incluida. En Sevilla fue herido gravemente. Y sin haberse recuperado plenamente de la cornada de 20 centímetros en el muslo derecho, inferida por un toro de Palha en la Maestranza, llegó al reñidero de Las Ventas para ganar la pelea con su sangre ardiente, en espectáculo gélido. No tuvo lote. El de Aguascalientes, muy arropado por compatriotas suyos, que le apoyaron con gritos de aliento y banderas mexicanas al viento, demostró una actitud de entrega total, unida a un valor descarnado. Todavía le falta rodaje en algunos aspectos técnicos y apenas hubo limpieza en su variedad capotera. Pero con casta, atravesó numerosas veces la delgada y peligrosa línea que separa el valor de la temeridad. Incluso, su máxima disposición la demostró también a la hora de la verdad. Se tiró en ambos casos a ley, matando de sendas estocadas.

Con el manso que abrió plaza se la jugó a carta cabal. Este toro de la confirmación, castaño, número 26, de nombre Juntaollas dio mal juego. El torero hidrocálido, en los medios, de lejos, esperó al toro para intercalar un par de muletazos por la espalda con dos derechazos. Con la diestra sacó una tanda con la mano baja. Con el toro rajado, en tablas, se mostró muy firme, sacando una meritoria tanda, con ligazón y un fallero -pase por la espalda- de recurso. Cuando se echó la muleta a la izquierda, el toro lo enganchó y lanzó por los aires. Pasó sin contemplaciones sobre el diestro, que yacía en la arena, para atizarle un pezuñazo en el mentón. El torero se levantó sangrando, con un corte en la cara. Y, sin inmutarse, se puso delante del cornúpeta, obstinado por agradar, para una segunda cogida que no tuvo mayores consecuencias.

A partir de ahí la tarde transcurrió entre las protestas del público, fundamentalmente por el mal ganado. Pese a la frialdad climatológica y del festejo y un viento intratable para los toreros, el público se quedó hasta el sexto para ver de nuevo a Macías, que no defraudó. De nuevo, sus virtudes fueron un valor impactante y una voluntad férrea en busca del éxito. El toro, algo destartalado, llegó muy parado a la muleta. Se agarró al piso; que dicen en México. El diestro azteca comenzó en la distancia larga. Pero el animal no se entregaba. Con la diestra, parecía que llegaría el milagro: muletazos templados en una serie… con ligazón. Pero en la siguiente, el toro no se entregó y bajó la tanda en intensidad, añadiendo el diestro un martinete antes del pase de pecho para alargarla. Al natural, tanda entonada. Y en el cierre, dos manoletinas resultaron de infarto.

Miguel Abellán y César Jiménez no acertaron y se fueron de vacío. Abellán dejó una pobre impresión. Con su paradote primero, protestado por falta de trapío -con gritos del respetable de "¡miau, miau!"-, pasó sin pena ni gloria. Y con el cuarto, noblón, pero sin clase, dio muchos muletazos en una labor de escaso interés, en la que citó muchas veces fuera de cacho. Y Jiménez se las vio con un pésimo lote. El tercer toro, tras muchas protestas por su carencia de trapío, perdió las manos y fue devuelto. Se corrió turno y en su lugar saltó un toro de Navalrosal, cinqueño, sin entrega en los primeros tercios, derrengado en la muleta. Con el deslucido quinto, su trasteo pasó inadvertido.

La tarde tuvo un nombre: Arturo Macías, un gallo mexicano con gran valor que en el reñidero venteño peleó con garra en lo que resultó una más que digna confirmación.

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