Joselillo deja una grata impresión en su confirmación

  • El vallisoletano consigue la primera oreja de San Isidro, que corta al sexto toro de Dolores Aguirre, cuyo encierro fue descomunal en volumen y mansedumbre

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El toricantano José Miguel Pérez Joselillo se alzó como triunfador del cuarto festejo de la Feria de San Isidro, cortando una oreja al toro que cerró plaza y dejando una grata impresión en su confirmación de alternativa, que supuso una auténtica prueba de fuego para el torero vallisoletano. Se enfrentó con agallas a dos descomunales toros con más de 600 kilos cada uno y salió ileso milagrosamente en la durísima batalla que mantuvo con el complicado Comadroso, toro de la efeméride. El diestro arriesgó mucho con ese primero, un zamacuco que abrió plaza, tan largo y alto como manso y peligroso, al que hizo frente con coraje. El espada fue enganchado peligrosamente al término de un muletazo, saliendo ileso de milagro. El toro lo lanzó por los aires, metiendo el pitón entre las piernas y cayendo el torero sobre el lomo del animal, antes de estrellarse contra la arena. Todo quedó en un susto. Joselillo, muy dispuesto, continuó fajándose con el peligroso morlaco, al que cazó a la primera y su actuación ante esa difícil papeleta se puede concretar como digna. Mejor nota sacó ante su segundo, un toro de respeto tanto en trapío como en intenciones, al que ganó la partida. Bicharracho, mirón, que midió bastante. Joselillo, asentado, tranquilo, consiguió un par de buenas series marcadas por el temple. La estocada contundente fue la rúbrica precisa para ganar el único trofeo del espectáculo en el que la otra noticia fue la mansedumbre de los toros de Dolores Aguirre, cinco de los cuales fueron pitados en el arrastre por su exagerada mansedumbre.

Fernando Robleño se las vio con un mal lote. Ni pudo lucirse con su primero, una mole mansa. Ni tampoco consiguió nada positivo con el cuarto, un pavo, cinqueño, de perchas tremebundas, muy abiertas, y morfología totalmente distinta a la que debe poseer el toro bravo. Un volumen y una anchura de sienes descomunales, como descomunal fue el primer puyazo que le endilgaron. Toro de respeto que siempre midió y se midió en sus embestidas y que en la muleta se quedó más parado que el caballo de un retratista.

Sergio Aguilar quiso hacer las cosas bien con un lote imposible, valiéndose de una buena colocación y firmeza con un lote imposible para ello. Se la jugó sin aspavientos con su primero, un manso que se quedaba corto y le buscaba. Y no pudo sacar partido del quinto, otro manso que iba a su aire y no obedecía y al que comenzó a torear en la muleta con unos arriesgados estatuarios y despachó con una contundente estocada.

La tarde se cerró con la vuelta al ruedo del toricantano Joselillo, un nuevo valor que paseó una merecidísima oreja en su primera tarde como matador de toros en el importante escaparate de Las Ventas y que puede servirle de lanzamiento para su incipiente carrera.

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