Verano

Una de carcajadas y bostezos

Las compañías de teatro pugnan por venir a este Festival de Comedias de El Puerto que homenajea cada año nada menos que a Pedro Muñoz Seca. Eso es cosa sabida. Diecisiete años dan prestigio, pero también merecen un respeto, y, desde luego, los descuidados decorados de 'Mentiras, incienso y mirra' no estuvieron a la altura de un encuentro teatral de esta envergadura. Sencillamente no se puede presentar una obra con una tramoya tan deficiente y una iluminación tan simplista. Aforar un espacio escénico al aire libre tiene una dificultad enorme, pero eso no es excusa: el interior de la casa moderna del protagonista, donde se desarrolla toda la obra, dejó mucho, pero mucho que desear. No pedimos un plató de cine, pero tampoco lo que vimos el sábado. Dañaba la vista y desmereció el trabajo de unos artistas estupendos. Así de claro y así de sencillo.

Vamos con ellos. Seis personajes sin necesidad de buscar a un autor. Tres hombres y tres mujeres que se reencuentran como cada año por Reyes (el escenario no da la menor pista de las fechas en la que se desarrolla la acción. Pifia mayúscula) en casa de Ramón (Jordi Rebellón). El tiempo ha ido pasando y con él, como una máquina reveladora de antiguas fotografías, salen a relucir lo defectos y las virtudes de los seis. Y es precisamente eso, la personalidad llena de aristas lo que hace saltar la convivencia. Sí, los seis amigos se ven de año en año, pero ni en un encuentro festivo se dan tregua, lo cual es ciertamente paradójico. Se supone que los amigos que se ven poco, sólo por una horas donde comparten mesa, mantel y regalos, no tienen porqué discutir. Aquí la chispa salta enseguida, las diferencias entre ellos se afilan y se da una situación que deja algo perplejo al espectador. No se enfadan dos o tres entre ellos, se enfadan todos, se cabrean todos y se insultan todos.

Es verdad, los amigos se dicen las cosas a la cara, pero el texto, sobre todo en la recta final de la obra, está cargada de ácida ironía y aun de crueldad. Y choca, choca un poco tanta desavenencia, aunque al final la amistad impere y devuelva las cosas a su sitio.

En lo actoral sería complicado destacar a alguien del elenco en especial. Ahora bien, nos pareció acertadísima la interpretación de Ángel Pardo, un homosexual que ahorra todos los tics y los amaneramientos que pueblan teleseries y personajes de otras obras. Divertidísima también Elisa Matilla, vis cómica en estado puro en el papel de una medio enganchada a los porros y a la medicación compulsiva.

El texto, ingenioso a veces, aburrido otras, hace un repaso, aunque somero, a los programitas del corazón. También habla de las drogas, a las que no vamos a decir que pone en un pedestal, pero tampoco las censura; más bien al contrario. Y tacos. Algunos exabruptos completamente fuera de lugar. Que sí, que no estábamos viendo un musical de Disney, pero no terminamos de entender porqué han de emplearse ciertas palabrotas para decir cosas con gracia. Para eso ya están los actores que son muy capaces de hacer reír sin el empleo, a veces gratuito y excesivo, de un lenguaje soez que al teatro, salvo contadas excepciones, no le hace ninguna falta.

Como mensaje, la soledad del ser humano y también el egoísmo y la mentira a pesar de estar rodeados de los que más queremos. Todo dicho en casi dos horas de teatro que arrancó carcajadas pero también algún que otro bostezo.

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