Las Ventas | Novena corrida de la Feria de San Isidro Roca Rey, contundente y sublime

  • El limeño abre la Puerta Grande tras desorejar al sexto toro después de una grandiosa faena, con mando y ligazón, que cuajó tras salir de la enfermería, donde le operaron

Andrés Roca Rey, en su salida a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas. Andrés Roca Rey, en su salida a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas.

Andrés Roca Rey, en su salida a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas. / Efe

No cabía un alfiler en Las Ventas para la novena de San Isidro, con El Cid, López Simón y Roca Rey, quienes se enfrentaron a un encierro de Parladé, de juego variado. Llenazo propiciado fundamentalmente por Roca Rey, el torero más taquillero del momento, que triunfó a lo grande en su primera de las tres comparecencias que tiene en este San Isidro. Abrió la Puerta Grande tras una faena contundente y sublime, de primerísima figura del toreo. Lo hizo tras haber pasado por la enfermería, donde le habían operado de una cornada de 6 centímetros en el tercio superior cara posterior del muslo derecho.

Con vergüenza torera, Roca salió de la enfermería para enfrentarse al sexto toro, Maderero, un cinqueño, negro listón, que manseó en el capote, pero con mucho combustible en la muleta. El limeño se marchó a los medios. Con autoridad, con la diestra, alternó muletazos cambiados por la espalda con el público coreando oles. La faena estuvo encuadrada en la ligazón, el mando y la improvisación. Con la izquierda llegó a dibujar un natural interminable. Hubo remates torerísimos, con el público en pie. Unas bernadinas finales con los muletazos cambiados, continuaron disparando la locura del personal. Faena extensa, pero muy intensa, que se vivió al límite en lo emocional por parte del respetable. Tan extensa que sonó un aviso antes de entrar a matar. Silencio. El diestro se perfiló en la suerte suprema y se tiró con decisión extraordinaria para enterrar el acero. Comenzó a nevar en los tendidos, las gradas, las andanadas... y a los pañuelos del público, que gritaba “¡Torero, torero, torero!” se unió los del presidente para premiar con dos orejas una de las faenas más redondas de los últimos tiempos en Las Ventas. El toro fue ovacionado en el arrastre.

Roca Rey ya había ido a por todas antes. El tercero fue devuelto por su flojedad. Saltó un sobrero de Conde de Mayalde, castaño, complicado, que se acabó rajando. Roca, en los lances de recibo, se marcó una gaonera con apreturas, saliendo cogido y volteado duramente, con la taleguilla rajada. Volvió a torear por chicuelinas. Cojeando, brindó su labor a don Juan Carlos. En la primera tanda, por estatuarios, se escuchó un “¡ohhh!” escalofriante. En el trasteo, larguísimo –escuchó un aviso antes de entrar a matar– con un toro con muchos problemas, en el que hubo momentos mandones y muletazos en los que faltó limpieza. Mató de feo bajonazo y pasó a la enfermería.

Las Ventas, tras el paseíllo, había tributado una gran ovación a El Cid en su despedida en este San Isidro de la plaza madrileña, donde ha cuajado más de una docena de faenas inolvidables y donde desgraciadamente ha perdido también una decena de Puertas Grandes por el mal manejo de la espada, como le sucedió tras lidiar al primer toro, un ejemplar de preciosa lámina que tras intentar saltar al callejón resultó nobilísimo en la muleta. El Cid consiguió tres tandas diestras que tuvieron la virtud de la ligazón. Por el izquierdo, el animal tardeó en exceso. El saltereño falló con los aceros.

Al cuarto, bien hecho, noble y repetidor, le faltó motor y se apagó pronto. El Cid logró dos buenas tandas diestras aprovechando la inercia y otra tercera, relajado. Mató de pinchazo hondo y fue despedido con una gran ovación como tributo a su magnífico historial. El sevillano saludó muy emocionado.

Alberto López Simón, ante el segundo, un colorao, bajo, con prontitud, nobleza y entrega, concretó una faena que tuvo como máxima virtud de la ligazón. Una labor que comenzó con estatuarios y alternando muletazos por la espalda. Logró algunas series buenas con la diestra, entre las que destacó una de mano baja. Cerró con unas bernadinas arriesgando mucho, con el público entregado. Mató de estocada y fue premiado con una oreja.

Con el mansísimo y muy astifino quinto no tuvo apenas opción al lucimiento. López Simón recibió con una larga cambiada de rodillas al toro, en la que se tiró cuerpo a tierra para no ser cogido. El animal, un cinqueño de ¡626 kilos!, se rajó de inmediato. El madrileño se estrelló ante la pésima condición del parladé. Todo quedó en un arrimón en tablas.

Roca Rey, con autoridad, por una faena contundente y sublime, de mando, ligazón e improvisación, logró abrir la Puerta Grande de Las Ventas de manera categórica, con el público rendido y colocando el listón para lo que resta de San Isidro, muy, muy alto.

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