Toros

Cuando el Mediterráneo también es bravo

GANADERÍA: Corrida de Jandilla-Vegahermosa, de desigual presentación y con complicaciones, con un sobrero, lidiado como tercero bis, que sustituyó a un astado descoordinado. TOREROS: Sebastián Castella, de teja y oro. Pinchazo arriba y gran estocada arriba (saludos). En el cuarto, estocada entera (saludos). José María Manzanares, de nazareno y oro. Pinchazo hondo arriba y estoca caída (saludos tras petición). En el quinto, estocada (oreja). Alejandro Talavante, de azul y oro. Tres pinchazos y casi entera (silencio). En el sexto, casi entera (saludos). Incidencias: Plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla. Viernes 6 de mayo de 2011. Decimotercera corrida de abono. Primer cartel de 'No hay billetes' en tarde bochornosa. Manzanares fue recibido con una gran ovación, con el público puesto en pie, tras su clamoroso éxito del pasado 30 de abril. Muy bien la cuadrilla de Manzanares.

No todos los días se pueden producir milagros. Como los toreros en capilla, soñábamos con faenas inmortales. El cartel invitaba a ello. Castella, ese gallo francés que habita en el Aljarafe. Manzanares, un alicantino que del toreo hace música. Y Talavante, el mago de Badajoz. Pero en la quimera, no contábamos con una corrida de Jandilla, de desigual presentación y juego, pero que ofreció bastantes complicaciones para el lucimiento artístico.

Manzanares, agua templada y salada del Mediterráneo, capaz de susurrar con el sereno e indeleble movimiento de sus muñecas una sinfonía de toreo a cámara lenta -como el pasado 30 de abril en Sevilla-, se convirtió ayer en la playa dorada de la Maestranza en oleaje bravo ante las embestidas ásperas y hasta furiosas de un mar que no era el suyo. El alicantino se abrazó a esa tauromaquia de firme lidiador, en la que también ha crecido y se crece, con solvencia de maestro y añadiendo ese temple insuperable con el que le ha premiado la providencia.

José María Manzanares cortó merecidamente la única oreja del festejo al quinto toro, bajo, de bella estampa, manso y difícil, sin clase alguna y que solía derrotar tras cada lance y cada muletazo. Si le toca este toro hace unas temporadas, el alicantino posiblemente hubiera naufragado. Pero ahora es torero en sazón y en estado de gracia. El diestro, tras lancear a un toro que echaba las manos por delante, se fue a los tercios y, sin probaturas, se echó la muleta a la izquierda. Nada hubo en esa primera y arriesgada apuesta. Pero con la diestra, tras engarzar algunos derechazos, llegó una serie en la que imantó al toro tras su roja franela. Y, con el recurso de perder un paso, fue ligando y ligando hasta que las palmas echaban humo. También consiguió otras dos tandas meritorias por el pitón izquierdo. Y los pases de pecho, ¡esos pases de pecho!, rotundos y macizos. Es posible que en su desmedido afán de agradar le sobraran las dos últimas tandas, en las que el funo, ya imposible para el lucimiento, le enganchó la muleta en varias ocasiones y hasta le desarmó. Mató de estocada entera y el puntillero ayudó al toro a resucitar. El animal tardó en caer y el público lo ovacionó, injustamente, en el arrastre.

En su primera faena, Manzanares también estuvo por encima del toro, con la virtud de esperar mucho en cada muletazo a un astado algo tardo y de escaso recorrido. Obra en la que también se respiró torería. Una tanda abrochada con un cambio de mano y el de pecho, deslucido al perder las manos el toro, o un natural larguísimo, fueron ovacionados de manera explosiva. El epílogo, rezumando empaque, fue de máximos quilates. El público estaba entregado y si el alicantino no fue premiado en esta ocasión es porque mató de una fea estocada, tras un pinchazo.

Sebastián Castella y Alejandro Talavante, que desestimaron compartir la ovación que el público dirigió a Manzanares cuando se rompió el paseíllo, no fueron precisamente convidados de piedra. Se la jugaron y hasta llegaron a soltar por sus poros olor a pólvora, sin que su pulsos se alterasen, con la frialdad de dos consumados artificieros.

Sebastián Castella no arrancó bien. Con el mansote, pero noble primero, fue incapaz de poner la chispa que le faltaba al toro. La faena, por ambos pitones, que no pasó de correcta, fue a más, para culminar con dos naturales bellísimos, con las plantas asentadas y una tanda con la diestra en la que embebió al animal con la muleta tersa. Como cierre, su especialidad: cercanías, con dos tandas de circulares invertidos que fueron celebrados como fuegos artificiales.

Donde el gallo del Aljarafe se la jugó sin trampa ni cartón fue con el rebrincado cuarto, que se frenaba en la muleta, medía y salía con la cara alta. Castella, que interpretó la chicuelina, a pies juntos, de manera mayestática en un quite, se fue a los medios. Citó desde el platillo para un muletazo por la espalda y allí, en lugar de embestir un toro desde las tablas, acudió un obús. Solamente del vendaval que levantó aquel cañonazo, más de uno hubiera arrojado la toalla. Pero el artificiero francés, arrollando, continuó impávido. Por la derecha tragó una barbaridad. En un par de viajes los cuchillos de Relator casi convierten en narración sangrienta la osadía del torero, quien aguantó otras dos coladas terribles con la tranquilidad de quien se toma un café.

Alejandro Talavante contó sólo con un cartucho, que fue pura trilita. Tras perder el tiempo con un inválido que sustituyó a un descoordinado tercero, el pacense se las vio con un toro mirón y peligrosísimo. Se la jugó con una serenidad pasmosa, aguantando todo tipo de miradas, de gañafones, de hachazos. El extremeño, además de redaños, llegó a dibujar algunos muletazos extraordinarios, mandones y con clase.

Así acabó la historia de la corrida con mayor expectación del abono -primer cartel de No hay billetes-, con el susto en el cuerpo. Una corrida en la que Manzanares, consagrado ya en la Maestranza, además de temple, nos contó que el Mediterráneo también conoce de la bravura y la casta torera.

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